19 may. 2015

FERNANDO EL CATÓLICO, REY DE NÁPOLES (II)

La epidemia de malaria también se llevó por delante al mariscal de la Tremouille, que hasta su muerte había mandado las tropas francesas, y fue sustituido por el duque de Mantua. Todos estos contratiempos hicieron que los franceses retrasaran su avance hacia Nápoles, perdiendo en el camino un tiempo precioso. Cuando se conoció la elección de Julio II, Luis XII ordenó proseguir hacia Nápoles. Pero a mitad de camino los estaban esperando las tropas comandadas por el Gran Capitán.
Al conocer la proximidad de los franceses, Gonzalo de Córdoba ordenó levantar el sitio de Gaeta y se retiró hacia el valle del río Garellano, que desemboca en el golfo de Gaeta. En la orilla izquierda del río se levantó una fortificación. Los franceses, en su marcha hacia Nápoles, no podían dejar a sus espaldas a un enemigo tan peligroso. Así pues, trataron de expugnar sus reductos, pero al no conseguirlo fueron descendiendo por el valle del Garellano hsata un lugar no muy distante de la desembocadura, llamado Torre del Garellano, donde había una pequeña guarnición española.
El ejército español también se movió hacia abajo al mismo ritmo que el francés para impdirle el paso del río. Los soldados que guarnecían la Torre del Garellano se defendieron valerosamente, pero al fin se rindieron. Dominada así la orilla izquierda, los franceses tendieron sobre el río un puente de barcas y se disusieron a pasarlo. La infantería española atacó duramente. Los franceses tuvieron que replegarse a la orilla derecha, pero el puente quedó en su poder, así como un reducto defensivo en la orilla izquierda.
Aquel otoño las lluvias se habían adelantado. El río bajaba muy crecido; el campo español estaba completamente empantanado. La situación del ejército de Gonzalo era de franca inferioridad. Además, la flota francesa estaba fondeada en la desembocadura del Garellano. Algunos capitanes propusieron a Gonzalo replegarse hasta Capua, pero él se negó. Varias veces intentaron los españoles destruir el puente de barcas, pero no les fue posible.
El 25 de diciembre de 1503, día de Navidad, Gonzalo lanzó su ofensiva. Su plan consistía en atravesar el río por dos lugares distintos. Parte de sus tropas, mandadas por el capitán Andade, cruzarían un antiguo puente situado aguas abajo del Garellano. El jefe de la vanguardia, Bartolomeo d'Aviano, se encargaría de tender u puente nuevo aguas arriba, por donde pasarían sus hombres seguidos del grueso del ejército mandado por el mismo Gonzalo. Los franceses serían atenazados por ambos flancos en el lugar donde estaban acampados, cerca del puente de barcas.
Durante la noche, en medio de una tempestad, los zapadores españoles tendieron un puente. Cuando los franceses se percataron de la artimaña, el ejército enemigo ya estaba formado en la orilla derecha y avanzaba cauce abajo rápidamente. El marqués de Saluzzo, que mandaba las tropas en sustitución del duque de Mantua, dio la orden de retirarse a Gaet. Precipitadamente, levantaron el campamento y comenzaron el repliegue, hostigados por la caballería ligera española. Gonalo los perseguía al mismo tiempo, hasta que los alcanzó en el puente de Mola de Gaeta. Allí, la rotura de algunos de los carros que transportaban la artillería obstruyó el paso e hizo que se produjese una gran confusión. Después de dos horas de encarnizada lucha se presentaron las tropas de Andrade, que, como estaba previsto, habían cruzado el río por el puente viejo.
El ejército francés se desmoronó. Cada soldado escapó por donde pudo. Toda la artillería, las banderas y la impedimenta delos franceses cayeron en manos de los españoles. Muchos de los fugitivos lograron refugiarse en Gaeta, tan demoralizados que, antes de que Navarro terminara de emplear su artillería frente a la fortaleza, se rindieron. Gonzalo les ofreció generosas condiciones. Hubo intercambio de prisioneros y se permitió a los vencidos marchar libremente a su país.
Hubo príncipes que pidieron a Fernando que expulsara a los franceses del norte de Italia, donde se habían apoderado de Milán. Pero se negó; las tareas de consolidar el reino que acbaba de ganar y las de pacificarlo y reorganizarlo eran para él mucho más importantes. Así pues, aceptó las propuestas de paz de Luis XII. Se firmó el Tratado de Lyon el 11 de febrero de 1504 con el que se puso fin a las hostilidades y se restablecieron las relaciones comerciales entre ambos países, con la única excepción de Nápoles.
A esta época corresponde el asunto conocido como "las cuentas del Gran Capitán". Apenas terminada la conquista del reino, Gonzalo se permitió tomarse algunas atribuciones que no le correspondían como virrey de Nápoles, sino que eran exclusivas del rey. Así, por ejemplo, distribuyó tierras y señoríos entre los capitanes que más se habían destacado durante la guerra, solicitó del Papa que confiriese beneficios eclesiásticos a quienes él propuso, etc. Es natural que los que se sintieron perjudicados por este reparto de beneficios se quejaran a Fernando el Católico de la conducta de Gonzalo y obtuvieran la apertura de una investigación, de la que se encargó Alonso de Deza, criado de la reina Isabel.
Se acusaba también al Gran Capitán de haber llevado a cabo por cuenta propia ciertas gestiones diplomáticas ante los cardenales y el emperador Maximiliano, no muy de acuerdo con las directrices de la política fernandina. Finalmente se le acusó de malversar los fondos que con destino a la guerra se le enviaban desde España.
El rey hizo llamar incluso al interventor general, Juan Bautista Espinelo, para que le informase detalladamente. La conclusión que se obtuvo fue la siguiente: mientras que las rentas totales del reino de Nápoles apenas llegaban a los 450.000 ducados anuales, los gastos superaban los 850.000, prueba evidente de que la acusación hecha contra Gonzalo era plenamente calumniosa. Molesto por la desconfianza que los reyes le habían mostrado, Gonzalo presentó su dimisión, pero no fue aceptada, sino que debió permanecer todavía en Nápoles, perfeccionando la obra que acababa de comenzar.

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