31 may. 2015

EL SALTO DEL ESTRECHO Y LA CONQUISTA DE ORÁN

La amistad que existía entre Fernando el Católico y Luis XII de Francia desde que ambos firmaron el Tratado de Blois permitía al rey de Aragón volver su atención hacia uno de los aspectos más importantes de su política mediterránea. El viejo proyecto de hacer del Mediterráneo occidental un lago español, había cubierto tan sólo algunas de sus etapas: la de asegurar el flanco italiano mediante la conquista del reino de Nápoles. Determinadas circunstancias de las que ya hemos hablado impidieron la puesta en marcha de operaciones encaminadas a ocupar la costa norteafricana. No obstante, durante todos aquellos años no se había descuidado por completo el proyecto africano.
En 1497 se había dado el primer salto a la otra orilla del Estrecho. Pedro de Estopiñán, con una expedición financiada por el duque de Medina-Sidonia, se apoderó de Melilla. A poco de morir Isabel la Católica, el alcaide de los Donceles ocupó, en 1505, la plaza de Mazalquivir, cercana a Orán y situada enfrente de Cartagena, desde donde los piratas berberiscos solían saltar hasta el litoral español para robar y saquear. Un par de años después, el mismo alcaide, con los refuerzos que le llegaron desde España, hizo una incursión al interior del país; pero cuando regresaron cargados de botín fueron sorprendidos por tropas francesas, superiores en número, que les infligieron un serio descalabro.
Este incidente decidió a los españoles a buscar la revancha a toda costa, dispuestos a terminar no sólo con la amenaza pirática de los bereberiscos, sino también con el peligro que significaba la presencia francesa en el litoral norteafricano.
En 1508, el conde Pedro Navarro, a quien ya conocemos por las campañas en Italia, ocupó el Peñón de Vélez de la Gomera, isla fortificada a medio camino entre Ceuta y Melilla. Por aquellos días el rey Manuel de Portugal, yerno del Rey Católico, había acometido la conquista del reino de Fez. Ya eran suyas varias ciudades, como Ceuta, Tánger y Arcila. Según el Tratado de Alcaçovas, que recogía a su vez lo dispuesto en tratados anteriores, la corona de Castilla se había comprometido a no intervenir en la conquista de Fez, reino que había quedado, en consecuencia, en manos de Portugal. Ocupando el Peñón de Vélez de la Gomera, el rey Manuel denunció el hecho como una intromisión castellana cntraria a los pactos firmados.
Los preparativos de guerra que se hacían en Castilla no se interrumpieron por eso, antes al contrario, se aceleraron, en especial cuando se tuvo la noticia de la crisis que estaba atravesando el reino norteafricano. Yahya, hermano del rey de Fez, se había rebelado proclamándose rey de Tenes. Sus embajadores acudieron a Fernando el Católico, que se encontraba en Burgos, y allí concertaron con él una alianza por la que los españoles se comprometían a apoyas a Yahya como rey de Tenes y éste prometía ayudarles en la conquista de Orán.
Cisneros no disimuló su entusiasmo ante las perspectivas de evangelización de África que aquella ocasión ofrecía. Él mismo se ofreció a financiar la guerra con los fondos del arzobispado de Toledo; pero no fue necesario, porque el Papa concedió permiso para que se aplicaran a la empresa todos los ingresos que proporcionaba la bula de Cruzada. Así pues, en la primavera de 1509 zarpó de Cartagena una flota que transportó hasta la cabeza de puente de Mazalquivir un ejército de 10.000 infantes, 4.000 jinetes, un espléndido tren de artillería y provisiones suficientes para cuatro meses. Pedro Navarro dirigiría las operaciones militares, ayudado por Diego de Vera, al frente de la artillería, y otras muchas destacadas figuras. Cisneros mismo acompañaba la expedición en persona.
No faltó quien observara maliciosamente que, mientras el cardenal andaba metido en milicias, el Gran Capitán se dedicaba a rezar el rosario en su retiro de Loja. En efecto, muchos, entre ellos Cisneros, pensaban que Gonzalo de Córdoba habria sido el hombre más idóneo para comandar aquel ejército, pero Fernando prefirió designar a Pedro Navarro.
El caso es que Navarro supo conducir sus tropas con una rapidez tal, que la campaña de África se convirtió en la más fulgurante de cuantas los españoles habían realizado hasta entonces. La acción coordinada de las tropas de tierra y las que oportunamente iba desembarcando la escuadra en el litoral, permitió la ocupación de Orán, Bujía, Argel y otras muchas ciudades costeras en pocos meses.
Toda la franja litoral comprendida entre el Estrecho y la frontera de Túnez quedó en poder de los españoles. No está claro el motivo que impidió la penetración española en el interior del país. Pudo deberse a un planteamiento erróneo del problema o a la decisión de limitar la conquista a lo estrictamente necesario para no deteriorar las relaciones con Portugal. De todos modos, el tiempo fue demostrando la inestabilidad del poderío español en la orla mediterránea de África.
La conquista resultó además altamente beneficiosa. No sólo supuso un paso adelante en la hizpanización del Mediterráneo occidental y una seguridad contra eventuales ataques turcos, sino que el tesoro real vio aumentar considerablemente sus ingresos con los tributos de las ciudades ocupadas o avasalladas. Paralelamente, los negociantes españoles llevaron a cabo operaciones comerciales de gran rentabilidad. Grandes cantidades de los már variados artículos fueron vendidos en las ciudades de África, donde había un alto poder adquisitivo. DE regreso, no volvían los barcos vacíos, sino cargados de esclavos que luego se vendían en España.
La repercusión internacional de aquellas victorias fue enorme. A nadie se le ocultaba que había llegado el momento de organizar una cruzada general contra el turco. El Papa quería formar una liga, en la que estaban dispuestos a entrar, además de la Santa Sede, Venecia y Maximiliano de Austria. Pero nadie se sintió más entusiasmado que el propio Fernando, que ya soñaba con la conquista de Túnez, Egipto y los Santos Lugares, meta anhelada de los cruzados antiguos y modernos. Los éxitos obtenidos decidieron incluso a las Cortes Aragonesas a sacar de sus bolsillos la mayor cantidad de dinero que jamás se había concedido a ningún rey, nada menos que 500.000 libras aragonesas.
Corría el año 1510 cuando Pedro Navarro dio a sus tropas la orden de marchar sobre Trípoli. El día de Santiago, la ciuad cayó en poder de los españoles. Fernando estaba dispuesto a realizar él solo la cruzada, con la condición de que se le concediesen todos los ingresos que pagaba la cristiandad entera para la cruzada y la décima parte de cuanto se recaudaba para la Iglesia. Sin embargo, aquel fantástico proyecto no saldría adelante. Circunstancias imprevistas hicieron a Fernando abandonar aquella gran ilusión. No fue la más grave y decisiva la derrota que poco después sufrieron sus tropas en la isla de los Gerves (30 de agosto de 1510), cuando por una imprudencia del duque de Alba (padre del que sería tan famoso en tiempos de Felipe II) los españoles debieron dejar el campo de batalla en manos del enemigo. Lo que obligó a paralizar las operaciones de África fueron los conflictos que estallaron por aquellos días en Italia y atrajeron la atención del monarca aragonés hacia nuevos problemas.

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