5 may. 2015

EL PROBLEMA DE LOS MORISCOS (III)

La conversión de los musulmanes la inició Talavera, el arzobispo, de una forma suave y respetuosa, la más humana que podemos imaginar si nos atenemos a las costumbres de la época. Bien es verdad que la situación económica y social de la gran masa de la población musulmana se aprovechaba como punto de partida para atraerles y que, en general, se entendía la conversión, sobre todo, como la recepción de las formas culturales de la ssociedad cristiana, como evidencian las siguientes palabras, tomadas de una colección de consejos que redactó Talavera para instrucción de los musulmanes que se iban convirtiendo:

"Mas para que vuestra conversión sea sin escándalo a los cristianos de nación y no piensen que aún tenéis la secta de Mahoma en el corazón, es menester que os conforméis en todo y por todo a la buena y honesta convesación de los buenos y honestos cristianos y cristianas en vestir, y calzar, y afeitar, y en comer y en mesas y viandas guisadas, como comúnmente las guisan, y en vuestro andar y en vuestro dar y tomar, y mucho y más que mucho en vuestro hablar, olvidando cuanto pudéredes la lengua arábiga y faciéndola olvidar, y que nunca se hable en vuestras casas".

No obstante, Talavera, a quien los musulmanes llamaban "el alfaquí santo", supo respetar la letra y el espíritu de los pactos y sintió verdadero amor y admiración por aquellas gentes. Los métodos de Talavera, junto a los incentivos económicos que se ofrecían a los conversos, iban operando la paulatina transformación de aquella sociedad. Sin embargo no todos veían con buenos ojos esta forma de proceder. Muy pronto se elevaron protestas contra sus procedimientos por parte de otros sectores que consideraban demasiado lento el proceso de conversión de los musulmanes. Y esos impacientes fueron los que, finalmente, impusieron su criterio a los reyes.
Efectivamente, apenas consumada la conquista, empiezan a observarse los primeros síntomas de que no se pensaba respetar en la práctica el estatuto pactado. De momento, las rentas que bajo el régimen musulmán se destinaban al sostenimiento de las mezquitas y los ministros de culto, los hospitales, las instituciones de enseñanza y asistencia, etc..., es decir, los llamados "bienes habices" (habuses), fueron incautados y transferidos a las instituciones similares que fue creando la administración castellana. De este modo pudieron erigirse nuevas iglesias y dotar a los ministros que debían regentarlas; se abrieron manicomios y hospitales, y se costearon los ornamentos, objetos de culto, campanas, órganos y demás complementos de las iglesias. Todo ello en perjuicio de los ministros musulmanes y de la población vencida en general, cuya prosperidad decayó hasta reducir a la pobreza y a la inasistencia a un gran número de sus miembros.
Paralelamente se estimuló la conversión, entregando dinero y bienes a los que se bautizaban, lo que les permitía recuperar de alguún modo, un decoroso nivel de vida. La práctica de la religión musulmana se fue así reduciendo hasta el ámbito exclusivamente doméstico.

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