8 abr. 2015

EL OFICIO DE "NAVEGANTE Y DESCUBRIDOR" (y IV)

La guerra económica que enfrentaba aespañoles y portugueses en sus respectivas carreras de descubrimientos por las costas occidentales de África presentaba algunos aspectos que la asemejan extraordinariamente a la pugna que en nuestros días sostienen las grandes potencias mundiales por superar las respectivas ventajas en armamento. Los estados pagaban agentes para que espiaran los secretos científicos del adversario, averiguaran las rutas que frecuentaban o los centros donde se proveían de materias primas, o para que eliminasen,sin más, a los "cerebros" que trataba de pasarse al enemigo. La Crónica de Juan II de Portugal, de Rezende, cuenta el caso de un piloto y dos marineros portugueses que lograron pasar la frontera dispuestos a ofrecer sus servicios al rey de Castilla. El portugués envió un grupo de comandos que los raptaron cuando ya estaban en territorio castellano. La Santa Hermandad, que les seguía los pasos, los acorraló en un bosquecillo. Entonces ellos mataron sus caballos para que no los descubrieran con sus relinchos; cortaron las cabezas a los dos marineros, para presentarlas al rey, y, amordazando al piloto, pudieron burlar a sus perseguidores. Una vez en Portugal, el rey ordenó que el piloto muriese descuartizado.
Trambién se acudió con frecuencia al Papa, para que con su autoridad castigara a quienes tratasen de practicar el intrusismo comercial en las zonas que los portugueses consideraban exclusivas. Así, en 1454, el papa Nicolás V envió a don Enrique el Navegante una bula por la que se prohibía a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, competir con los portugueses en las costas africanas. Por si la excomunión no era lo bastante disuasoria, los barcos portugueses vigilaban los mares con orrden de echar a pique a cualquier nave castellana que encontrasen, "sin más orden ni figura de juicio". En una ocasión, un corsario portugués llamado Polenço, atrapó una carabela. Sus tripulantes fueron encarcelados en Portugal, y a un genovés, vecino de Sevilla, que iba con ellos, el rey ordenó que le cortasen las manos.
De cuanto llevamos dicho ya se habrá entendido suficientemente que, entre todos los países de Europa de finales del XV, ninguno se encontraba mejor preparado para acometer periplos oceánicos que los reinos peninsulares de España y Portugal. La experiencia adquirida por los marinos mediterráneos fue aprovechada tanto por los portugueses como por los castellanos, que a su vez enriquecieron el acervo recibido con sus propias experiencias en dos siglos y medio de comercio por el cercano océano.
La unificación de Castilla y Aragón en las personas de los Reyes Católicos y la incorporación de Granada, coinciden con la pacificación interior del reino y con una organización que permitiría encauzar hacia nuevas empresas las energías que el país había acumulado. De ahí que no podamos considerar la expedición colombina como fruto de una afortunada casualidad, sino como consecuencia necesaria de todas las premisas coyunturales que hemos venido exponiendo. Todos los caminos, pues, llevaban a América.

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