13 mar. 2015

LAS ISLAS CANARIAS Y SU PROBLEMÁTICA (y III)

Hasta algunos años después, las Canarias no serán objeto de una atención más rigurosa. Cuando los portugueses inician su periplo africano, la presencia castellana en esta zona empieza a constituir un obstáculo.
En 1418, Maciot de Bethancourt cedió sus derechos al conde de Niebla, aunque reservándose para él la isla de Lanzarote. El de Niebla los transfirió a su vez, en 1430, a un armador sevillano, Guillén de las Casas.
El problema de las Canarias empezó a adquierir grandes magnitudes cuando confluyeron una serie de intereses: los de las distintas familias de conquistadores castellanos, enfrentadas unas con otras, y los de los potugueses. En dos ocasiones el infante don Enrique envió expediciones a la isla de Gran Canaria: una en 1425, al mando de Fernando de Castro, y otra en 1427. Ambas no cosecharon más que rotundos fracasos, al ser derrotadas por los guanches. Los castellanos habrán de tener más éxitos por estos años en la zona. Un lugarteniente de Las Casas pone pie en la isla de la Gomera y funda el fuerte de San Sebastián, desde el cual se procederá a una lenta ocupación del interior.
En 1434 Castilla consigue un éxito protocolario sobre Inglaterra en el Concilio de Basilea, gracias a la intervención de Alfonso García de Santa María, quien pronunció un famoso discurso en alabanza de su reino. Este éxito diplomático se vería reforzado dos años después al plantearse en el concilio el problema de las Canarias, sobre las que le infante don Enrique había alegado sus derechos, basándose en la fracasada expedición de Fernando de Castro. Alfonso García de Santa María preparó un nuevo discurso, las Allegationes. En ella se ponóa a Castilla como la auténtica hereera del viejo unitarismo visigótico y, por tanto, con más derechos morales que cualquier otro reino peninsular a tener una política exterior de grandes vuelos. Partiendo de la bse de que el Estado visigótico había tenido una provincia (Tingitana) al otro lado del Estrecho, las Canarias bien podían considerarse como parte integrante de este Magreb que Castilla reclamaba para sí. Dos bulas pontificias, la Romanus Pontifez de septiembre de 1436 y la Romani Pintificis de noviembre del mismo año, trataron de delimitar las esferas de acción castellana y lusa en el Atlántico. Si la primera concedía a los portugueses el derecho de ocupación de las Canarias no cristianas, matizando más aún, hacía hincapié en que ello fuera siempre que los intereses castellanos no sufrieran detrimento.
Las fórmulas, aunque se pudieran tomar como un relativo éxito para la Corona de Castilla, eran lo bastante vagas como para constituir en un futuro próximo toda una fuete de roces entre los navegantes castellanos y portugueses. En 1448, Maciot de Bethencourt hizo cesión de Lanzarote al infante don Enrique. Aunque la presencia lusitana en la isla no debió ser del todo efectiva, Cadamosto, en su diario, nos habla de haber recalado en las Canarias. Un año más tarde, Juan II concedía al duque de Medina-Sidonia una faja de tierra en el litoral africano, desde el cabo de Agüer al de Bojador. En 1454 Diego García de Herrera, que había recibido a través de su mujer, Inés Peraza, los derechos a la tenencia del archipiélago, habidos antes por Guillén de las Casas, intentó sin éxito la ocupación de Tenerife y Gran Canaria. Más productivas fueron las operaciones llevadas a cabo en 1476, cuyo resultado fue la fundación en el litoral africano del fuerte de Santa Cruz del Mar Pequeña.
Los logros castellanos en unos momentos en que los portugueses se encontraban explotando sistemáticamente sus éxitos en el golfo de Guinea, podían parecer muy parcos. Sin embargo, la presencia castellana en las Canarias constituirá siempre un serio obstáculo para la navegación portuguesa. En 1477, Diego García de Herrera e Inés Peraza renunciarán a las Canarias a favor de la Corona castellana, a cambio del título de condes de la Gomera. Dos años después, el litigio con los portugueses será definitivamente solventado en los acuerdos de Alcaçovas.

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