11 mar. 2015

LAS ISLAS CANARIAS Y SU PROBLEMÁTICA (I)

En los primeros años del siglo XV se produce un cambio sustancial en la política naval con respecto al Atlántico: el paso de la fase itálico-catalana a la castellano-portuguesa en lo que a dominio de las rutas africanas se refiere. Dos hechos pueden ser considerados como los símbolos de esta transformación: la ocupación de algunas de las islas Canarias a cuenta de la Corona de Castilla y las exploraciones lusitanas, animadas por don Enrique el Navegante.
Una serie de factores van a incidir en este fenómeno. En primer lugar, la preparación del terreno a cargo de algunos viajeros en la plenitud del Medievo, e incluso antes (recordemos las exploraciones de los vikingos en el Atlántico Norte), que han despertado en el hombre europeo la curiosidad por salir de su estricto ámbito geográfico. Los viajes de Marco Polo o de Pian Carpino son una buena muestra. Al lado de ello hay que tener en consideración otros extremos: los adelantos técnicos (brújula, astrolabio, mapas portulanos, navíos más perfeccionados, como la carabela y el varinel...) y los factores de tipo económico derivados de la progresiva ocupación del Mediterráneo oriental por los turcos, que, consiguientemente, habrá de provocar un basculamiento de los centros de gravedad de la navegación hacia los países atlánticos. Las viejas ciudades comerciales del Mediterráneo (Venecia, Génova, Barcelona...) ven rebajada su importancia en cuanto este mar va perdiendo paulatinamente su importancia de tradicional vía mercantil.
La situación geográfica e histórica de Portugal y el reino castellano-leonés va a suponer para estos dos estados una ventaja singular en la carrera descubridora a lo largo del siglo XV. Particularmente el reino lusitano reunía condiciones óptimas: una amplia fachada atlántica, una Reconquista ya concluída tiempo atrás con la ocupación de los Algarves; una burguesía en torno a las ciudades de Lisboa y Oporto, que ya desde el siglo XII había mostrado ciertas tendencias expansionistas, al participar de las corrientes comerciales que se desarrollaban en el Atlántico europeo, y una dinastía nacional, la casa de Avís, de la que surgirá una figura, el infante don Enrique, hijo de Joâo I, que va a ser el gran impulsor de la política de exploraciones en el periplo africano. Mitad caballero y mitad mercader, el infante reúne en su persona el espíritu medieval de cruzada: reconquistar Tierra Santa mediante el enlace con el Preste Juan de las Indias, y la inquietud científica y utilitaria de los hombres del Renacimiento: explotación mercantil de los terrenos explorados.
El periplo africano bajo el infante portugués se inicia en 1415 con la toma de Ceuta. Hasta 1435 se cubren las etapas que llvan a los marinos lusos a las islas Madeira, Azores y cabo Bojador, alcanzao por Gil de Eanes, y en el que se había cifrado buena parte de la mitología marítimo-terrorista del Medievo. Siguen unos años de crisis hasta 1441, marcados por el fracaso portugués ante Tánger. Desde esta fecha hasta 1449 las exploraciones cobran un nuevo impulso: Nuño Tristâo llega a Cabo Blanco, y luego a la desembocadura del río Senegal. Oro, marfil y esclavos son los productos básicos que van sosteniendo estas operaciones. Hasta 1460, fecha de la muerte del infante don Enrique, el hecho más importante desde el punto de vista exploratorio viene marcado por la llegada a las islas de Cabo Verde de dos venecianos al servicio de Portugal: Cadamosto y Usodimare. Las bases para la penetración en el golfo de Guinea quedaban establecidas. Sin embargo, estos años están también marcados por la rivalidad hispano-lusitana a causa de la posesión de las islas Canarias.
El control de las rutas del litoral africano dependía en gran medida de la posesión de cuatro archipiélagos: Azores, Madeira, Cabo Verde y Canarias. Los tres primeros quedaban en manos portuguesas, pero ante el último los lusitanos no cosecharon más que fracasos. La presencia castellana en el archipiélago canario, aunque de una manera un tanto informal a lo largo del siglo XV, constituyó para los navegantes lusos un obstáculo poco menos que insalvable. El interés por las islas, y en general por las rutas atlánticas africanas, se ha hecho arrancar de la caída de San Juan de Acre, última posición de los occidentales en Tierra Santa, en 1291. La primera noticia, aunque cargada de leyendas, de la que tenemos mención, se refiere al viaje de dos italianos, los hermanos Vivaldi, que organizaron una expedición de la que se perdió todo rastro. Algunos años más tarde, un genovés, Lancelotto Malocello, se estableció en una de las Canarias, a la que dio su nombre, viviendo entre los indígenas en torno a 1312-1335. En 1344, el papa Clemente VI concedió una bula por la que se otorgaba el reino de las islas a Luis de la Cerda. Este personaje no organizó ninguna expedición para hacer efectivo su título. Por el contrario, castellanos y portugueses expresaron su protesta, por considerar que este espacio del Atlántico correspondía a su esfera de influencia política.

2 comentarios:

MiánRos dijo...

Que alguien pare a este hombre por Dios y por la Virgen. Va a desenterrar la historia hasta llegar a la carta que mandó a mi abuelo a filas.

Fuera bromas. Me parece un trabajo encomiable el que llevas a cabo, muerto por la envidia por la mía. Yo en historia un 2, y raspao, jeje.

Un fuerte abrazo,
Mián Ros

FRANCISCO GIJON dijo...

Hola Mián,

Pues estaba revisando la carta que le llegó a tu abueo y es posible que te llame a consultas porque no me queda claro el matasellos (no se ve la fecha).
Je je je....

Muchas gracias por tu seguimiento. Cuando a uno le apasiona algo, tampoco es tan difícil. No tiene ningún mérito.

Un abrazo