15 oct. 2014

DECADENCIA ALMORÁVIDE

A finales del siglo XI y primeros años del XII la ofensiva almorávide en España se encontraba en su cénit. En su segunda venida a Al-Ándalus, llamado por los débiles taifas, Yusuf ben Tashufín parecía irresistible. A fines de 1090 ocupó Granada; en marzo de 1091 se le sometió Córdoba; después sitió Sevilla, que caía en septiembre del mismo año junto con su refinado rey, Al-Mu'támid, exiliado por los conquistadores en Marruecos, donde murió. En esta primera etapa, todo el sur de la Península quedó incorporado al imperio almorávide. En una segunda cayeron Badajoz (1094) y Valencia (1102).
A pesar de su superioridad militar en el campo, los almorávides demostraron ser incapaces de dominar efectivamente las zonas hasta entonces en poder cristiano, ya que éstos habían seguido la política de repoblar las tierras abandonadas con la ayuda de mozárabes emigrados de Al-Ándalus. Esta incapacidad la demostrarían en el infructuoso sitio de Toledo, ciudad que asediaron con enorme ímpetu entre agosto y septiembre de 1109 después de su entrada en Talavera, Guadalajara y Madrid. Por fin, en 1150 (504 de la Hégira) había caído Zaragoza, con lo que el poder almorávide habría de alcanzar su máxima expansión peninsular, sin que el reino castellano-leonés, demasiado ocupado con la guerra civil que se desarrollaba en su seno, pudiera tomar la contraofensiva, que corrió a cargo de Ramón Berenguer III y Alfonso I el Batallador, quienes, libres de cualquier otro problema interior, tomaron a su cargo la iniciativa en la lucha contra los invasores norteafricanos. Como ya se ha dicho, éstos sufrieron sucesivas pérdidas, que culminaron en la derrota infligida por Alfonso I en la localidad aragonesa de Cutanda, que permitió ocupar Calatayud.
La toma de la antedicha ciudad supuso el comienzo de la agonía del Imperio almorávide, enfrentado a la vez con muy graves problemas internos de matiz religioso. Los beréberes, oficiales y soldados, a su llegada a Al-Ándalus se pusieron en contacto con un mundo extremadamente culto y refinado, menos importante políticamente que el ya fenecido califato de Córdoba, pero con una altura intelectual que estaba en su culmen. La intransigencia de los africanos, alterada por la de los alfaquíes malikíes, pronto se debilitó, llegando a romperse la cohesión que les daba la austeridad y rigidez típicas de su medio ambiente estepario. Con esto los oficiales superiores comenzaron a perder el control sobre sus subordinados, debilitándose así el sistema político.
En otro orden de cosas la población andalusí comenzó a agitarse. Si en un primer momento había aceptado a los almorávides, que hacían derroche de intolerancia y rudeza, fue debido a la protección y seguridad que suponían frente a los agresivos reinos cristianos del norte, ante quienes los débiles reyezuelos musulmanes se encontraron totalmente indefensos. Sin embargo, cuando comenzaron a sufrir los nuevos señores sus primeras derrotas, y sobre todo al caer Zaragoza, no hubo nadie capaz de hacer comprender a los habitantes de las ciudades islámicas de España la necesidad de mantenerse unidos y soportar el yugo que se les había impuesto.
Quienes primero hicieron sentir su descontento de forma ostentosa fueron los núcleos mozárabes, que por su condición de andalusíes cristianos hubieron de sufrir doblemente la intolerancia mozárabe, sobre todo a la subida al trono de Alí, más deferente con los alfaquíes que sus antecesores. Debido a estas causas, la comunidad mozárabe inició una revuelta. La comunidad granadina, la más numerosa en aquel momento, solicitó en 1125 la ayuda de Alfonso I ofreciéndole la entrega de la ciudad.
En aquel mismo año el monarca bajó en ayuda de los sublevados, llegando a la ciudad granadina, que no pudo tomar, pero llevándose varios miles de mozárabes consigo. Esto le ayudaría en gran manera a paliar el problema de la repoblación de Zaragoza. Además, varias unidades almogávares quedaron en Andalucía como fuerzas en retaguardia encargadas de saquear y evitar la reorganización interior, logrando incluso batir a un ejército almorávide en Lucena.
A la vista de lo ocurrido, la posición de los intransigentes se endureció. Un alfaquí -el abuelo de Averroes- publicó una decisión legal o fatwa, en la que recomendaba la deportación de los mozárabes al Magreb, lo cual fue cumplido parcialmente. No fue ésta la única decisión que los alfaquíes lograron hacer efectiva; consiguieron igualmente que se quemasen en Córdoba y otras ciudades de Al-Ándalu ejemplares de la Ihya' 'Ulum Al-Din o "Vivificación de las Ciencias Religiosas de Algazel" y que se prohibiera su lectura bajo pena de muerte.
Mientras estos hechos tenían lugar en Al-Ándalus y Aragón, Castilla, en un momento en el que se dibujaba claramente la idea imperial, sustentada por Alfonso VII, juzgó propicia la ocasión de intervenir, por su parte, contra los almorávides. Ya conocemos los tratos de Zafadola, el reyezuelo de Rueda de Jalón, con el emperador castellano, para ponerese al frente del nacionalismo andalusí bajo el patrocinio de Alfonso VII. En 1132 dos ejércitos salieron de Salamanca y Toledo. En 1133 los propios Alfonso y Abu Ya'Far llegaban hasta cerca de Cádiz. Su objetivo era debilitar la resistencia almorávide, lo que favorecía el levantamiento de disidentes.
Acerca del significado de la invasión y ulterior establecimiento de los almorávides en Al-Ándalus se ha discutido considerablemente. Durante mucho tiempo se ha mantenido la opinión de que los almorávides eran unos semibárbaros que hundieron en la oscuridad la esplendorosa cultura andalusí, apoyándose en los alfaquíes fanáticos de mente estrecha y privando a los artistas de una libertad que les era muy esencial para su labor creadora. Esta opinión es muy de considerarse en su conjunto, pero es necesario hacer matizaciones sobre bastantes aspectos particulares, necesitados todavía de un estudio y una meditación profundos.
Es cierto que la población se levantó en un determinado momento, más también lo es que los datos llegados hasta nosotros proceden en su mayoría de la clase dominante anterior a la llegada de los norteafricanos. Esto no supone en sí una contradicción, como a primera vista pudiera parecer, sino más bien un hecho normal en casos semejantes que ha tenido no pocos paralelismos en otros momentos y situaciones de la Historia. Es verdad que en comparación con los refinados núcleos que se centraban en torno de las pequeñas cortes taifas, los almorávides, venidos de un país seco y pobre, sin muchas posibilidades para la gran creación artística, habrían de parecer bárbaros semisalvajes, imbuídos de una religiosidad fanática y sin sensibilidad alguna para apreciar las obras de arte que de improviso se presentaban ante sus asombrados ojos.
Esto, desde luego, no es inexacto del todo; ahora bien, en Al-Ándalus, como en la mayoría de los reinos islámicos, la cultura se centraba en torno a la corte, donde los mecenas eran los reyes y los grandes señores, quienes mantenían a sus expensas a toda una serie de artistas, encargados de realizar un arte, en el mejor de los casos, encomiástico. No se pretende menospreciar las producciones artísticas de la época de los primeros taifas, que son extraordinariamente importantes y desconocidos, sino constatar unos hechos. Como el gusto por el arte y el refinamiento se había extendido tanto entre las clases altas andalusíes, que muchos de los grandes personajes se contaban entre los artistas, no es de extrañar que las noticias legadas por ellos, protagonistas principales de estos acontecimientos, dejen entrever una doble oposición de la clase dominante hacia quienes les privaban no sólo de la actividad cultural, sino del poder que detentaron hasta ese momento. De hecho, hoy sabemos que durante la época almorávide tuvieron un gran desarrollo las artes plásticas, aunque no se haya conservado prácticamente ningún ejemplo, así como la música y la literatura populares.

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