13 oct. 2014

ALFONSO VIII

Pocas consecuencias políticas tuvo la llegada de Alfonso VIII a la mayoría de edad, ya que Nuño Pérez de Lara, que asumía la jefatura de la familia, siguió ejerciendo el gobierno efectivo de Castilla. Más importante para los años próximos fue el matrimonio de Alfonso VIII con la princesa Leonor de Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra, acordado por aquellas fechas y llevado a cabo poco después, en el verano de 1170. La bella princesa inglesa aportó en dote a Castilla el ducado de Gascuña. Pero más que esta herencia inalcanzable, la presencia de la esposa fiel y amante junto a Alfonso VIII supuso un entrañable lazo de unión entre Inglaterra, Castilla y Aragón. Esta boda fue resultado de la inteligente política de Ramón Berenguer, continuada a su muerte por los consejeros de su sucesor, Alfonso II, y de un modo muy especial por el senescal Guillermo de Moncada. En realidad, existía una confluencia de intereses de los tres estados, que poseían límites territoriales comunes en el mediodía francés. Contra los dominios ingleses y catalano-aragoneses, en Francia se movía cada vez más acosante el gobierno de París. Esto explica la alianza de los primeros, quienes, por razones obvias, deseaban una paz firme con su poderoso vecino de Castilla. En 1170 Alfonso II de Aragón y Alfonso VIII celebraron una entrevista en Sahagún, en la que acaso se concertó la boda de este con Leonor de Inglaterra y, desde luego, la del aragonés con Sancha, tía de Alfonso VIII. Pero además se procuró solucionar todas las diferencias habidas entre castellanos y aragoneses de la forma más amigable: cuestiones de fronteras, cuestión de las parias que pagaba el famoso Rey Lobo, cobradas hasta entonces por Castilla y recuperadas ahora por Aragón. Aunque no apareciese en ningún momento de las discusiones, se estaba dando un gran paso en el trato de plena igualdad entre los dos estados, que, por propios merecimientos, se estaban convirtiendo en los dos polos de atracción de los reinos cristianos españoles. Muy pronto Aragón, jurídicamente vasallo de Castilla, iba a obtener los frutos con tan buen tacto preparados.
Después de las vistas de Sahagún, ambos monarcas se encaminaron a Aragón, donde el castellano había de recibir a Leonor y contraer luego con ella matrimonio en Tarazona. Esta larga convivencia entre ambos monarcas, aún adolescentes, debió facilitar un acuerdo total en todas las cuestiones que afectaban a los dos reinos.
Próximos estaban los más fuertes ataques de los almohades, y mientras Castilla y León guarnecían sus fronteras con la instalación en ellas de órdenes militares propias, Alfonso II tomaba posiciones apoderándose de Caspe, los valles de Alfambra y Guadalaviar y la ciudad de Teruel. Pero el asunto más espinoso en aquellos años fue la cuestión de Navarra, con la que tanto Castilla como Aragón habían firmado paces desventajosas en 1167 y 1163 respectivamente. Éstas habían permitido a la primera quedar en posesión de parte de La Rioja y de algunas tierras de Burgos. Como antaño tras el Tratado de Tudillén, también ahora actuaban conjuntamente castellanos y aragoneses. El interés de éstos últimos estaba en asegurarse el derecho de la conquistas musulmanas por el sur, derecho que en parte habían tenido que ceder a los navarros, los cuales podían cerrarles el paso. El peligro no era puramente teórico, sobre todo desde que el caballero navarro, Pedro Ruiz de Azagra, se había establecido en Albarracín, probablemente como consecuencia de los acuerdos anteriormente citados, y, como señor de esa plaza, desconocía la soberanía del rey de Aragón. La guerra contra Navarra, acordada por castellanos y aragoneses, debía incluir por tanto entre sus objetivos la cuestión de Albarracín. La lucha se mantuvo a intervalos entre 1173 y 1176, hasta que decidieron someter los problemas con Castilla al arbitraje de Enrique II de Inglaterra, quien, tras analizar detenidamente los alegatos de las partes, sentenció que el navarro debía devolver a Castilla todo lo qeu le había arrebatado durante la minoría de edad de Alfonso VIII. Sncho VI de Navarra aceptó, al fin, esta sentencia en 1179. En el asunto de Albarracín, en cambio, Pedro Ruiz de Azagra siguió poseyendo la ciudad como señor absoluto de la misma.
La buena armonía castellano-aragonesa iba a dar sus mejores frutos al final de esa década en los acuerdos firmados por ambos Alfonsos durante el sitio de Cuenca en 1177 y en Cazorla en 1179. Ya con anterioridad el Tratado de Tudillén, firmado por Alfonso VII el Emperador y Ramón Berenguer IV en 1151, había echado las bases de las actuales negociaciones. Se había determinado entonces, además del reparto del Reino de Navarra, nunca llevado a efecto, la asignación de las respectivas zonas de influencia de ambos reinos en la Reconquista. Ramón Berenguer se había atribuído Valencia, Denia y Murcia, pero con la obligación de prestar por ellas vasallaje a Castilla, con lo que el emperador daba a entender que a él le correspondía la suprema potestad sobre todas las tierras de la Península. Sin embargo, semejante condición, que hubiera hecho de Aragón un vasallo de Castilla, iba en contra de las corrientes igualitarias que venimos describiendo, razón por la cual se hacían difícilmente sostenibles, ya que los monarcas aragoneses harán cuanto esté de su parte por eludirla. Y lo conseguirán a través de los dos tratados antes mencionados.

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