21 may. 2014

LA GRAN INVASIÓN: SUEVOS, VÁNDALOS Y ALANOS PENETRAN EN HISPANIA II

Los cronistas contemporáneos - Hidacio, Pablo Osorio...- describen el paso de los bárbaros adornándolo con toda clase de plagas y calamidades. Dondequiera que entraban los bárbaros, sus habitantes eran pasados a cuchillo y sus casas incendiadas, los campos arrasados y las provisiones robadas. Los cadáveres contaminaban el aire, y la peste hacía estragos entre aquellos que había respetado el hierro enemigo. Las fieras descendían a los poblados, atraídas por los despojos humanos. Sólo los hombres carecían de qué comer. El fantasma del hambre se apoderaba de ellos y disminuían las reservas, por lo que eran más fácilmente presas de la peste, enloqueciéndolos hasta el extremo de que se llegaron a alimentar de sus propios muertos. Y aún se dice que hubo madres que se alimentaron de sus propios hijos. Era como si los cuatro jinetes del Apocalipsis (el fuego, la peste, el hambre y las fieras) se hubieran enseñoreado de aquellas tierras indefensas. ¿Estamos ante una imagen retórica, montada sobre modelos bíblicos, aplicada a los pueblos bárbaros? Parece ser que sí. Los pueblos germánicos no tenían ninguna intención de destruir el Imperio ni sus ciudades. Ellos iban en busca de tierra fértil donde establecerse y punto. Si hubo atropellos y calamidades a su paso, éstos fueron los propios de toda expedición militar.
Como tantas veces, la verdad quizá esté en el término medio. La población hispanorromana fue, sin duda, duramente castigada en los dos años que duraron aquellas correrías. Agotados sus recursos por los impuestos de Roma, sufrían ahora la rapiña de los bárbaros y, en muchos casos, la destrucción de sus cosechas y demás bienes. El Imperio, ocupado en sus luchas internas, los abandonaba a su suerte. En estas condiciones debieron contemplar con alivio la decisión de los bárbaros de establecerse de forma duradera, repartiéndose en 411 las provincias hispanas entre ellos. Los suevos y los vándalos asdingos ocuparon Galicia; los alanos, la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos silingos, la Bética. Sólo la Tarraconense quedó libre de las invasiones. Esta división debió suponer para los hispanos la pérdida de parte de sus tierras, que pasarían a los recién llegados; pero, al menos, conservaban una relativa paz, y también, a juzgar por lo que luego veremos en el reino suevo, la autonomía de las ciudades y lugares importantes. Era lo más a lo que podían aspirar por el momento.
Entretanto, Honorio (ver imagen representativa de su edad cuando llegó al poder) lograba consolidar su posición en Occidente, donde su general Constancio obtenía éxitos importantes. Esto le permitió dirigir su atención a los problemas de la Península y se propuso reprimir los desmanes que estos pueblos habían cometido. Su instrumento, como ya vimos, va a ser el pueblo visigodo, conducido ahora por Valia.
Valia va a obtener importantes éxitos en la misión encomendada. En el año 418 aniquila prácticamente a los vándalos silingos, cuyo rey, Fredibalbo, es conducido prisionero a Roma. Igual suerte corrieron los alanos, una vez desaparecido su rey Adax. Cabía suponer que ni los suevos ni los vándalos asdingos se hubieran salvado; pero el jefe visigodo fue llamado por el emperador Constancio (nombrado Augusto por Honorio en el 421), no se sabe si a conjurar algún otro peligro o porque estaba celoso de sus éxitos, obligándole a interrumpir su campaña.
Los residuos de los pueblos aniquilados buscaron refugio entre los vecinos, huyendo hacia la región gallega. Sobre esta tierra quedaban, pues, dos únicos pueblos, los suevos y los asdingos, que no tardarían en pelear entre sí por poseerla. La batalla tuvo lugar en la zona montañosa entre León y Asturias, en los montes Erbasos. La victoria favoreció a los vándalos, mandados por Gunderico; pero, perseguidos por las tropas romanas del conde de las Españas, no les quedaba más remedio que marchar hacia el sur, donde consiguen derrotar a un ejército romano, gracias a la defección de los visigodos que combatían a su lado.

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