19 may. 2014

ATAÚLFO: COMIENZA LA INVASIÓN DE HISPANIA

A Alarico le sucede Ataúlfo, ya con toda seguridad en calidad de rey. La elección estuvo facilitada por el parentesco que le unía con Alarico, de quien era cuñado. La personalidad de Ataúlfo emerge poderosa y atractiva, a pesar del corto tiempo que reinó (410-415). el historiador coetáneo, Pablo Orosio, enaltece al mismo tiempo su valor y su inteligencia. Pronto se verá puesto a prueba. Parece ser que, al principio, Ataúlfo pensó continuar la política nacionalista de Alarico, llevándola a sus últimas consecuencias. Lo que bullía en la mente de aquel poderoso joven no era ya sólo constituir un pequeño estado para los godos, sino crear otro que dominase todo el Imperio romano, regido por él. La Gotia sustituiría a la Romania. Ataúlfo conservaba en su poder a Gala Placidia. Casarse con ella suponía vincularse a la familia real del Imperio, hecho que legitimaba sus aspiraciones a gobernar no sólo a los godos, sino también a los romanos.
Pero no tardó Ataúlfo en convencerse de la imposibilidad de realizar este proyecto. Aunque la fuerza estuviera de su parte, percibió la desigual preparación que existía entre su pueblo y el romano para las tareas de gobierno. Convencido de que los godos serían incapaces de sustituir a éstos, decidió cambiar de táctica y pactar con el Imperio, al que prestarían su apoyo militar a cambio de una tierra estable.
Honorio convino con él la entrega de una zona en las Galias, a cambio de lo cual había de cumplir ciertas condiciones, entre ellas la devolución de Gala Placidia.
Una vez más los godos hubieron de ponerse en movimiento hacia la tierra que se les había asignado. Pero cuando habían llegado a Narbona, Ataúlfo había cambiado de opinión, negándose a entregar a la hermana del emperador, por lo que otra vez se halló enfrentado a Honorio. Sobre éste pesaba, además, la influencia del general romano Constancio, que estaba dedicado, por su parte, a obtener la mano de Gala Placidia. Las peticiones de Honorio para que ésta fuera devuelta eran cada vez más insistentes. En contra de todo ello, Ataúlfo decidió desposarse con la princesa romana. Después de logrado su consentimineto por medio de Candidiano, un oficial romano, se celebró la boda en Narbona, en enero del 414, en medio de grandes solemnidades, de acuerdo con el ritual romano. El mismo Ataúlfo se vistió para la ocasión con brillante vestimenta al estilo romano.
Este acto, que podía parecer el comienzo de la fusión entre los dos pueblos, no hizo más que separarlos. Honorio lo consideró un ultraje, y necesitó esforzarse poco para lanzar contra él al burlado Constancio. Aunque Ataúlfo quiso entrar en negociaciones, no le fue posible. Entonces optó por el camino más corto, que fue nombrar otro emperador, Atalo, el mismo a quien Alarico había dado la púrpura años atrás, establecido ahora en Burdeos, y negociar solamente con él. Constancio, entretanto, fue cortándoles los suministros de víveres a base de ocupar los puertos del sur de las Galias, por los que les llegaban.
Los godos se vieron obligados una vez más a abandonar la zona que ocupaban y buscaron refugio en la Tarraconense. Se apoderan de varias ciudades, entre ellas Barcelona, donde Ataúlfo establece su residencia (415). Allí tienen lugar sucesos importantes. Al poco de llegar nació su hijo (concebido con Gala Placidia), al que le puso el significativo nombre de Teodosio, todo un símbolo. En medio de tanta mezquindad y tanta lucha absurda en que se deshacía el Imperio, aquel niño, que unía en sí la sangre romana y goda, sería sin duda el nuevo Teodosio que realizaría la definitiva unión y reconciliación de ambos pueblos. Pero el niño murió a los poco días y no tardó en seguirle Ataúlfo, herido de muere por un miembro de su séquito. Aunque de manera transitoria, los godos habían realizado así su primera entrada en España. La desaparición de Ataúlfo contrinuyó a aumentar la inestabilidad y el desconcierto de las relaciones con Roma. Para sucederle, los elementos más exaltados elevaron al trono a Sigerico, rabiosamente antirromano, que descargó su furia contra Gala Placidia, a la que hizo maltratar ignominiosamente. Por instigación de Valia, fue asesinado a los ocho días de reinar. Fue sólo un breve paréntesis entre Ataúlfo y Valia, su verdadero sucesor. Pero sirvió para demostrar la pujanza que la tendencia nacionalista tenía entre los visigodos. Valia aprendió la lección, y su primera empresa fue perseguir de nuevo el sueño africano que había conducido a Alarico al sur de Italia. Ahora va a intentar el paso por el estrecho de Gibraltar. En la entonces Tulia Traducta (hoy Tarifa) una avanzada del pueblo godo se embarcó hacia las tierras africanas. Pero de nuevo la tempestad aniquiló la expedición, lanzándola contra las rocas. No volvieron a intentarlo más. Definitivamente, el destino los llevaba en otra dirección. Acosados por el hambre y la falta de abastecimientos, no les quedaba otra alternativa que pactar con Roma. El tratado del 416 entre Honorio y Valia es uno de los más importantes para la historia de España (véase que hemos dejado de decir Hispania). En él se acordó que, previa devolución de Gala Placidia y entrega de rehenes visigodos, éstos serían abastecidos con víveres de los almacenes del Imperio (annona) y, a cambio, recibirían la misión de pacificar en la Península los pueblos bárbaros que, desde hacía años, la enseñoreaban.

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