8 abr. 2014

HISPANIA, PROVINCIA PACIFICADA

Desde que las legiones romanas desembarcaron en la costa catalana en aquellos lejanos días de 218 a. de C., comenzó para los habitantes de la Península Ibérica un proceso de transformación que acabaría integrándolos plenamente en la vida material y espiritual del mundo mediterráneo.
Los contactos que los indígenas de la periferia levantina y andaluza mantuvieron desde siglos atrás con los colonizadores felnicios y griegos habían preparado el terreno en que Roma comenzaba a sembrar su cosecha. Igualmente, la presencia de mercenarios peninsulares en los ejércitos de las potencias mediterráneas (griegos, cartagineses y romanos) había puesto en contacto con otras culturas a un importante y dinámico sector de la población. Ahora bien, a pesar de estos positivos antecedentes, la transformación cultural de la Península, por obra de Roma, no pudo ser acometida seriamente hasta que no fue pacificado el territorio a finales del siglo I a. de C.
Apenas comenzada la conquista se registraron pactos y tratados entre romanos e indígenas, actos que significaban la aceptación por parte de los peninsulares de formas jurídicas y organizativas típicamente romanas. En general, los pactos incluían la integración económica de los aliados en el sistema monetario romano y también la participación de los indígenas en el ejército, en calidad de auxiliares o mercenarios. El contacto personal entre unos y otros dentro de los cuadros del ejército dio ocasión a un intercambio de ideas, modas y gustos del que unos y otros salieron ampliamente beneficiados. Así, mienras que los romanos recibieron de los peninsulares algunos elementos de la técnica y el vestuario militar los indígenas, por su parte, modificaron sus técnicas industriales, adoptando, por ejemplo, los multicolores trajes romanos y, en especial, se empaparon de otros muchos aspectos de la cultura romana, antes incluso de haberse integrado plenamente en sus estructuras políticas, sociales, administrativas, etc...
No debemos imaginar, no obstante, que la romanización fue una implantación súbita de una civilización exótica (lo que llamaríamos una "aculturación"), sino que consistió en un lento proceso en el que indígenas y romanos pusieron en común sus respectivas riquezas, si bien los últimos tuvieron mucho más que ofrecer que los primeros. Tampoco sería exacto creer que Roma comunicó una cultura totalmente elaborada, una organización y unas instituciones que ya habían madurado por completo. Roma fue un organismo vivo y en constante crecimiento, en cuya evolución total participó Hispania en la medida en que sus gentes se fueron incorporando a la vida misma de Roma.
De ello hablaremos en las próximas entradas.

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