28 abr. 2014

ECONOMIA Y SOCIEDAD EN LA HISPANIA ROMANA VI: LA BALANZA DE PAGOS, EL FISCO Y LA IMPORTANTE FAMILIA SÉNECA

Como decíamos, las cantidades pagadas por los artículos importados se fue reduciendo conforme se desarrollaron las industrias y el comercio locales, hasta reducirse a unos cuantos artículos de lujo. La principal partida de salidas la constituían los impuestos recaudados en las provincias hispánicas por el cada vez más centralizado fisco imperial. Estos impuestos eran variadísimos. Limitándonos exclusivamente a los recaudados en dinero o en especie, la lista de los mismos resulta abrumadora. Citaremos algunos de ellos, como el ya conocido stipendium, que se suprimía cuando las ciudades estipendiarias se convertían en municipios. El impuesto de bienes fiscales gravaba a los usufructuarios del "campo público", minas e industrias estatales. Los monopolios recaían sobre la sal, el cinabrio, el bálsamo y la acuñación de moneda. Los impuestos directos eran de varias clases: existía la capitalización (imponible a personas, animales y tierras según datos censales y catastrales) y el impuesto industrial (derechos de mercado, etc...). Entre los impuestos indirectos sobresalían, entre otros, los derechos de aduana, la quincuagésima, equivalente al 2% del valor de los artículos exportados.
Definimos como teórico el carácter favorable para las provincias hispánicas de su balanza de pagos pues la mayor parte de ganancias quedaban, por diversos motivos, en Italia, sobre todo en Roma, ya que los beneficiarios de aquellos negocios eran, por regla general, los capitalistas hispanos a quienes su condición de senadores obligaba a residir en Roma (la capital más cara del mundo antiguo) y a adquirir sus bienes en Italia. El absentismo de estos individuos hacía que la riqueza de las provincias no revirtiese en su propio provecho, sino que se destinase a mantener el lujoso tren de vida que se llevaba en la capital (y al que obligaba el estatus social de este reducido grupo de privilegiados). Al cabo de pocas generaciones, los ricos hispanos afincados en Italia entroncaron con las familias locales y se fundieron con la nobleza romana hasta no tener otro recuerdo de su origen que las rentas que, regularmente, les proporcionaban sus posesiones en la Península.
Destacaron entre éstos Lucio Anneo Séneca, miembro de una rica familia en la que descollaron también su padre, el retórico Anneo Séneca, autor de obras como Las Controversias y Las Suasorias. Su tío fue prefecto en Egipto; su hermano, Lucio Anneo Novato (que luego cambiaría su nombre por el de Lucio Junio Galión, al ser adoptado por otro literato de origen cordobés), siendo procónsul de Acaya tuvo ocasión de conocer al apóstol San Pablo y de intervenir en su proceso, como sabemos por el capítulo XVIII de los Hechos de los Apóstoles. Sobrino suyo era el poeta Lucano, del que pronto hablaremos.
L. Anneo Séneca se dedicaba a la política desde tiempos de Calígula. El emperador Claudio lo desterró a Córcega, atendiendo a la acusación de adulterio con una hermana de Calígula que pesaba sobre él. Posteriormente fue nombrado pretor y encargado de educar al futuro emperador Nerón, que contaba entonces con tan sólo once años. Séneca destacó como uno de los mejores pensadores estoicos (pensamiento filosófico fundado en Atenas en el 300 a.C. por Zenón consistente en la práctica de la virtud por medio de la aceptación voluntaria del orden universal de la naturaleza). La obra literaria de Séneca (de la que se conservan doce vigorosos diálogos filosóficos, un interesante epistolario, un "espejo de príncipes" titulado De Clementia, varias tragedias y algunas obras más) refleja plenamente el espíritu moralizante del estoicismo y está llena de un humanismo tan depurado que los cristianos llegaron a ver en él una especie de "cristiano secreto" e inventaron incluso una correspondencia epistolar suya con San Pablo, que se tuvo por auténtica durante toda la Edad Media.
No hay que creer, sin embargo, que la vida de Séneca fue consecuente con sus hermosas enseñanzas. Él mismo reconoció su excesivo amor al poder. Lo cierto es que, durante parte del reinado de Nerón, Séneca fue la eminencia gris que inspiró los actos de su discípulo. Posteriormente colaboró a la depravación del príncipe, alentándolo y consintiendo algunos de sus excesos (tal vez por temor). Finalmente, desengañado, se alejó de la corte para dedicarse por completo a la filosofía y a la práctica de la usura. Acusado de complicidad en la conjura de Pisón, que tramaba el asesinato del emperador, fue obligado a suicidarse en el año 65. Por el mismo motivo hubieron de suicidarse después sus dos hermanos, L. Anneo Mela y L. Junio Galión, así como su sobrino Lucano.

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