11 feb. 2014

LOS ORÍGENES DE ROMA

En el año 24 antes de Cristo, y por primera vez en su historia, el templo de Jano, en Roma, iba a cerrar sus puertas. Según prescribía una tradición antiquísima, las puertas de este templo debían permanecer abiertas mientras hubiese en cualquier lugar del mundo algún soldado romano empuñando sus armas y luchando por su ciudad. Pero en aquel memorable año, los últimos rebeldes, unos rudos montañeses del norte de Hispania, habían sido por fin subyugados tras una guerra implacable. El emperador Augusto dio, pues, la orden de cerrar las puertas del templo de Jano, en señal de que la paz reinabaa por fin en el mundo romano.
Inmediatamente se alzó un nuevo clamor no menos estruendoso que el de la guerra: eran los aduladores y panegiristas que, lira en mano, se alzaron a cantar entusiásticamente las glorias y alabanzas de la familia en que había nacido tan ilustre pacificador. El más afortunado de todos los poetas - y hay que reconocer que hizo no pocos méritos para serlo - fue Publio Virgilio Marón, cuya Eneida fue escrita precisamente con el fin de fabricarle un árbol genealógico creíble a su protector a base de injertar dioses, hombres y héroes troyanos entre sus antepasados. Hablamos de Octaviano Augusto, naturalmente.
En realidad, los orígenes de Roma fueron bastante más humildes. En los albores del primer milenio entraron en la península itálica algunos indoeuropeos: diversas oleadas de gentes rudas que conocían el uso del hierro y se establecieron en el país tras asimilar o desplazar a los moradores previos. Parte de ellos se establecieron en el valle del Tíber y en los cercanos montes Albanos. Eran los protolatinos, antepasados de los futuros habitantes del Lacio (que es la región que se extiende entre los mencionados montes y el mar). Se dedicaban preferentemente al pastoreo y de ellos sabemos que acostumbraban a enterrar las cenizas de sus muertos depositándolas en urnas de barro cocido que tenían la misma forma que las cabañas que habían habitado en vida. Otro grupo, los protosabinos, preferían sin embargo la inhumación. Este segundo grupo se estableció en la región de Umbría, al nordeste del Lacio, en el alto Tíber.
Unos veinticinco kilómetros antes de su desembocadura, el Tíber dividía sus aguas formando una pequeña isla y empantanando los parajes ribereños. En tan desolado lugar tan sólo sobresalían unos altozanos poco elevados, siete en concreto, formados por las cenizas que unos volcanes, apagados desde hacía siglos, habían esparcido por la región. Muy pronto, múltiples circunstancias iban a convertir aquel inhóspito lugar en el centro neurálgico del mundo antiguo...


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