22 ene. 2014

RELIGIÓN DE LOS PUEBLOS IBÉRICOS

Uno de los aspectos más apasionantes de la cultura ibérica es el de su religiosidad. Los textos ibéricos conocidos no arrojan demasiada luz sobre este tema, por lo que nuestros conocimientos se ven limitados por el mudo lenguaje de los restos arqueológicos, epigráficos y las escasas referencias, siempre sesgadas, de algunos autores clásicos.
Estrabón nos cuenta que los íberos tomaron de los griegos el culto a Diana, la diosa de los efesios. El motivo más seguro de esa conversión masiva sería que los indígenas ya rindiesen culto a una divinidad femenina que los propios griegos identificarían con Diana o Artemisa en alguna de sus muchas advocaciones, que no dejan de ser advocaciones en las que se habría fragmentado la monolítica fe en la Tierra Madre o la Diosa Madre de la Fecundidad (por así llamarla).
La religiosidad ibérica parece pervivir en estas creencias de tanto arraigo en el mundillo mediterráneo, aunque no de modo exclusivo. Sabemos que en Tartessos se rendía culto a divinidades agrícolas, a serpientes (símbolos de la Madre Tierra) o a la Luna (culto del santuario de Noctiluca).
Podríamos relacionar esta corriente con algunas curiosas estatuas androcéfalas con cuerpo de animal y que suelen llevar diademas en la cabeza y plumajes en cuerpos a menudo de felino. No faltan grifos, quimeras, leones (las esfinges de Bogarra, el grifo de Redován...) como representaciones de carácter funerario que traen a la memoria cómo la Madre Tierrra acoge a los muertos en su seno.
El toro, animal al que los íberos rindieron culto, es un símbolo polivalente, que tanto se puede relacionar con la diosa del a tierra como con las divinidades del cielo, de la guerra o de la fecundidad. El culto al toro es de origen preindoeuropeo, si bien en la Península aflora en un periodo totalmente indoeuropeo. El mito de Gerión, las esculturas de los santuarios baleáricos o los toros de Guisando serían claros ejemplos.


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