20 ene. 2014

ORGANIZACIÓN SOCIOPOLÍTICA IBÉRICA

Los pueblos ibéricos aparecen aglutinados en comunidades tribales, de cuyas denominaciones y distribución ya hablamos en una entrada anterior. La tribu, como estructura social, agrupaba a sus miembros según lazos de parentesco que los relacionaban con un antepasado común, real o supuesto. Un fenómeno semejante se observa entre los antiguos griegos y romanos que, por otra parte, no constituyen una excepción dentro del cuadro general mediterráneo.
La aparición de la "ciudad" contribuye, por su parte, a la creación de un nuevo tipo de vínculos que interrelacionan a los individuos en virtud de unos criterios diversos a los estrictamente trivales. Del influjo de la ciudad en este cambio también hemos hablado. Pasemos a profundizar en cómo eran estas ciudades en el mundo ibérico.
No todos los núcleos urbanos ibéricos presentan una misma fisonomía. Los situados en zonas litorales, en las encrucijadas de las principales vías de comunicación y en las regiones especialmente prósperas, eran verdaderas ciudades abiertas a todos los aires que circulaban en la época. Pero son muy pocos los centros de ese tipo que conocemos directamente. Su escasez puede ser debida a que no hubo demasiados, a que muchos fueron destuidos para aprovechar sus materiales en nuevas construcciones o a que fueron absorbidos por culturas subsiguientes.
Viene muy al caso el ejemplo de Tarragona, cuyas murallas ibéricas todavía hoy se consevan casi en su totalidad, sirviendo de soporte a los muros que edificaron encima los romanos y las gentes de las edades Media y Moderna. Su perímetro, calculado en más de tres kilómetros, nos da una idea del tamaño de aquella ciudad.
En amplitud y riqueza debieron destacar las ciudades andaluzas, aunque para saber algo de ellas nos tengamos que remitir a los autores clásicos. De Astapa (Estepa, Sevilla) sabemos por ejemplo que poseía una plaza pública, a manera de ágora o foro, detalle muy importante por cuanto significa que existía una conciencia pública de comunidad entre sus habitantes, que los límites caseros del particularismo privado habían sido superados y que existía asimismo un esfuerzo por alcanzar la prosperidad comunal.
No entraremos (al menos, hoy no) en un listado de localidades ibéricas procedentes de asentamientos megalíticos anteriores o residuos de la legendaria Tartessos. Sirva esta entrada como mero anticipo de otras en las que profundizaremos todavía más en las peculiaridades de otros emplazamientos ibéricos para así hacernos una mejor idea sobre cómo estaba organizada la Península cuando cartagineses y romanos pugnaron por ella.

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