7 ene. 2014

LOS "HOMBRES ROJOS" (2)

No sólo Grecia se vio afectada por estas grandes invasiones. Otros pueblos similares a los dorios cayeron sobre el "todopoderoso" Imperio Hitita y lo arrasaron, de modo que su memoria se borró del recuerdo de los hombres hasta que los arqueólogos decimonónicos lo sacaron del olvido. Invasores y fugitivos se lanzaron alocadamente a recorrer todos los rumbos del Mediterráneo, saqueando, robando y destrozando cuanto encontraban. Eran demasiado numerosos incluso para Egipto, donde los faraones tuvieron que hacer un esfuerzo supremo para rechazarlos por tierra y mar. Fueron los egipcios quienes dieron a estas gentes el nombre genérico de "Pueblos del Mar".
Muchos de estos pueblos, efectivamente, se dedicaron a ejercer la piratería por aquellas aguas. Otros, los llamados filisteos, se instalarían al sur de Canaán. Pero nuevas hordas semitas acudieron a las fértiles tierras de Canaán también: los hebreos, que estaban ansiosos de encontrar un lugar donde instalarse. Hebreos y Filisteos empujaron hacia el norte a las gentes oriundas de Canaán antes de enzarzarse entre sí en interminables guerras, de las que la Biblia no sólo ha dado noticias, sino también los nombres de algunos de sus protagonistas, como Sansón, Saúl y David.
Los cananeos se refugiaron entre la cordillera del Líbano y la costa mediterránea. Acuciados por la necesidad, excavaron hondos pozos para regar sus viñedos y olivares. El Líbano les ofreció la madera de sus bosques de cedros y el lino de sus laderas. Y esta gente laboriosa y avezada en el arte de sobrevivir en ambientes hostiles aprovecharon la desaparición de los hititas y la postración egipcia para botar magníficos barcos que atestaron de todo tipo de mercancías. Con ellos se hicieron a la mar, dispuestos a llenar con su presencia el vacío creado desde el momento en que la marina aquea quedó desarticulada tras la invasión doria. Ellos se daban a sí mismos el nombre de cananeos, pero en el mundo mediterráneo pronto se les conoció con el de "fenicios", que venía a ser lo mismo que llamarlos "hombres rojos", bien por el vivo color que le daban a su piel las brisas marinas y los rayos solares, bien por el color del barniz con el que solían pintar sus cerámicas.
Los fenicios, o cananeos, habían tenido la astucia de asentar sus principales ciudades en los arrecifes costeros, a salvo de eventuales asedios. Así ocurría por ejemplo con Sidón, Aradus o Tiro. Esta última se destacó especialmente desde el 1200 a. de C. por su ímpetu comercial. En el siglo XI ya había alcanzado su hegemonía sobre el resto de ciudades fenicias y no tardaron demasiado en comenzar a fundar, a costa de sus excedentes poblacionales, numerosas factorías por todo el Mediterráneo, com Utica (Túnez) y Lixus (Larache). Estos establecimientos tirios los componían un conjunto de instalaciones destinadas a apoyar la navegación de cabotaje (almacenes de víveres, talleres de reparación de barcos, etc...). Pero también había factorías industriales donde se elaboraban algunos de los productos destinados a la metrópoli. Y finalmente existía también la "ciudad-mercado", donde los comerciantes realizaban sus tratos con los indígenas que trabajaban a sus órdenes en las factorías.
Antes del año 1000 a. de C. los tirios ya habían monopolizado por completo las importaciones de estaño. El oro, el plomo y el hierro tampoco faltaban en las sentinas de sus cargueros. Pero el más fabuloso de los negocios se lo proporcionó el tráfico de la plata. En los tiempos en que Egipto había conquistado la franja sirio-palestina, todos los países de oriente utilizaban como instrumento de intercambio comercial la plata, excepto los egipcios, que como no poseían minas de plata, se decantaban por el patrón oro. Pero ahora, deseosos de integrarse en el juego económico internacional para dominarlo, incluso ellos tuvieron que adoptar la plata como patrón, abandonando su propio sistema. La plata se producía en el antiguo imperio hitita en cantidad suficiente como para abastecer el mercado oriental. Mas al hundirse los hititas ante la embestida de los indoeuropeos, la plata escaseó y los lingotes alcanzaron precios astronómicos. Los fenicios aprovecharon la coyuntura y zarparon en busca del preciado metal hasta los confines occidentales del Mediterráneo siguiendo el rastro de antiguas leyendas.
Otros muchos artículos completaban el fondo comercial fenicio: vasos de bronce y alabastro, tejidos de púrpura, vidrios egipcios, marfiles tallados, cerámica, joyas, grano, aceite, vino, esclavos, baratijas, telas... Algunas veces se trataba de productos legítimos, procedentes de manufacturas chipriotas, rodias o egipcias, pero otras veces procedían de factorías fenicias especializadas en a imitación y falsificación de toda clase de artículos. Obviamente tampoco faltaban productos procedentes del pillaje, como las urnas de alabastro halladas en Sexi (Almuñécar), procedentes del saqueo de las necrópolis del delta del Nilo, compradas por los fenicios a ladrones, retocadas chapuceramente y vendidas, finalmente, en nuestras costas.

La geografía y la historia contribuyeron de este modo a convertir a los fenicios en los únicos semitas dedicados a la navegación, si bien no fueron los únicos en dedicarse al comercio. Sus empresas, obviamente, no deben imaginarse como modelos de ética comercial. Los griegos, con los que tuvieron frecuentes contactos, nos dejaron claros testimonios del juicio que les merecieron. Valgan para ello las palabras de Homero cuando se refiere a los "taimados sidonios".

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