13 ene. 2014

LA BATALLA NAVAL DE ALALIA

Y mientras los focenses estaban haciendo sus pinitos comerciales con gran éxito, por Oriente llegó una nueva convulsión. Un nuevo y gigantesco imperio se había organizado: el de los persas. Tras las duras dominaciones de asirios y babilonios, todos los pueblos habían aclamado a los nuevos señores como sus libertadores. Los mismos judíos, que sufrían la "cautividad de Babilonia", se deshicieron en alabanzas al "siervo de Dios, el rey Ciro" (léase al profeta Isaías). Pero los focenses tenían otro punto de vista: cuando los persas se presentan ante los muros de sus ciudades, cuenta Herodoto que:

"... los sitiados, que no podían llevar con paciencia la dominación extranjera, pidieron un solo día para deliberar, con la condición de que entretanto se retiraran sus tropas. Mientras las tropas se mantuvieron separadas de las murallas, los focenses, sin perder un momento, dispusieron sus naves y embarcaron en ellas a sus hijos y mujeres, con todas sus alhajas y riquezas, como también los adornos de sus templos. Puesto a bordo todo lo que podían llevarse consigo, se hicieron a la vela y los persas ocuparon la ciudad desierta de sus habitantes".

Desde allí se trasladaron a Córcega, donde se instalaron en la ciudad de Alalia, fundada por ellos mismos veinte años antes. Pero los cartagineses no pudieron soportar su presencia en las aguas que ellos frecuentaban y mucho menos los vecinos etruscos, que veían en ellos una amenaza que les disputaría la pesca en el mar Tirreno. Sesenta naves reunieron entre ambas potencias para plantar batalla a los recién llegados que, en teoría contaba con otras tantas. Pero la victoria quedó del lado griego, si bien su escuadra quedó deshecha y tuvieron que abandonar igualmente el país. Los focenses que cayeron en manos enemigas fueron conducidos a las costas de Etruria y muertos a pedradas.
Tal fue la batalla de Alalia (535 a.C.) y tuvo como resultado que etruscos y cartagineses se repartiesen las respectivas zonas de influencia. Para los primeros quedó el Lacio, Campania y Córcega. Para los segundos, el sur de España, Cerdeña y Sicilia. Nuevos combates entre cartagineses y focenses en las costas Peninsulares, en los que Abdera (Adra) cayó en manos púnicas y Mainake fue arrasada, yuguló definitivamente las relaciones que unían a los focenses con los tartesios. Como veremos, esta ruptura marcó el inicio de la decadencia del reino tartésico.
Pero los focenses no se arredraron ante sus adversarios y en adelante conservaron sus esfuerzos en desarrollar las colonias que se habían salvado de la catástrofe (incluso se las ingeniaron para absorber gran parte del metal del norte de Europa y del interior de la Península que llegaba a manos púnicas a través de los tartesios). Mientras tanto, Cartago iniciaba una etapa imperialista que duraría tres siglos y culminaría enfrentándola abiertamente con Roma. Entretanto, los griegos prmanecieron en las costas levantinas aculturizando a su manera a la población indígena. Fue en esta época cuando comenzaron precisamente a adquirir personalidad propia los pueblos ibéricos.

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