31 ene. 2014

EL IMPERIALISMO CARTAGINÉS

El año 241 a. de C. fue para Cartago uno de los más aciagos de su historia. Fue el año en el que terminó la Primera Guerra Púnica. La última escuadra que habían logrado reunir los cartagineses en ayuda de sus posesiones en Sicilia había sido destruída por el cónsul romano Catulo. Poco después se firmaba una paz humillante que dejaba a Cartago al borde de la ruina. ¿Cómo había sido posible que una opulenta potencia marítima como Cartago hubiera sido vencida por una federación de pueblos itálicos dirigidos por Roma? Responder a esta cuestión nos llevaría a bucear en los orígees y en la evolución de cada uno de estos pueblos y a describir, aun a grandes rasgos, la cultura diversa que inspiraban los actos de cada uno de ellos.
Cartago había sido un pequeño establecimiento, llamado Útica, fundado por los navegantes sidonios en la costa africana en torno al siglo VIII a. de C. Un par de siglos después, un grupo de tirios exiliados por motivos políticos entre los que figuraban gentes de alta alcurnia, desembarcaron en aquel lugar siendo muy hospitalariamente acogidos por las gentes de aquella colonia, quienes les ayudaron a fundar una nueva colonia: Kart-hadast ("Ciudad Nueva"). Los griegos la conocerían con el nombre de Karkedon y los romanos con el de Cartago. Al parecer, entre los inmigrantes figuraba un personaje de cierta relevancia, tal vez miembro de una de aquellas familias poderosas que se habían disputado el trono de Tiro. Tal personaje fue idealizado por la leyenda con el nombre de "la reina Dido", a la que se atribuyó el mérito de haber fundado la nueva ciudad. Su triste historia (que aquí no reproduciremos por falta de espacio) fue cantada por Virgilio en la Eneida, en boca de la diosa Venus.
En toda la costa africana era difícil encontrar un puerto natural mejor que el que se eligió para Cartago. Prueba del acierto que tuvieron los fenicios es el hecho de que, a pesar de las sucesivas destrucciones que la misma padeció, ha sido reedificada una y otra vez en el mismo lugar: hoy la llamamos Túnez.
Su situación en el centro del Mediterráneo era inmejorable, a casi medio camino entre Fenicia y las Columnas de Hércules, etapa pues obliatoria para los buques que surcaban el Mediterráneo y que, recordemos, navegaban paralelos a la costa, huyendo del mar abierto. Sicilia e Italia estaban al alcance de la mano y, cuando los fenicios de Tiro se sintieron presos del poderío asirio, Cartago no tuvo demasiados problemas en independizarse económicamente de la metrópoli, iniciando una política de protectorado sobre las colonias fenicias de occidente.
Las colonias cartaginesas punteaban toda la costa mediterránea de África, desde Tripolitania hasta Gibraltar, continuando por la costa occidental africana hasta la desembocadura del río Senegal y enlazando con la cadena de ciudades y colonias fenicias de la costa meridional de Hispania, entre Cabo San Vicente y Cabo de Palos. También poseían otras, diseminadas por las islas Baleares, Cerdeña y Córcega. En Sicilia habían logrado establecerse sólidamente, llegando incluso a ocupar gran parte de la isla.


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