22 dic. 2013

REVOLUCIÓN NEOLÍTICA

Durante el Mesolítico el hombre vive en una atmósfera cada vez más cargada de presagios que conducirá inexorablemente a la revolución neolítica. A lo largo del Mesolítico la quiebra de la economía depredatoria se generalizó. El clima, cada vez más seco, hizo que el volumen de recursos naturales disminuyera paulatinamente. Por eso, el ser humano tuvo que aguzar su ingenio, conocedor de que la explotación predatoria habia tocado definitivamente su techo. Ahora no se podía limitar a "recolectar" para cubrir sus necesidades: se hacía necesario controlar la producción natural para garantizar la supervivencia del clan.
El Neolítico, pues, no es únicamente el nombre de una época identificable en el calendario, sino sobre todo un revolucionario descubrimiento que, naciendo en un tiempo y lugar determinados, se irá difundiendo por el mundo y sustituirá técnicas anteriores perfeccionándose a sí mismo y estableciendo los fundamentos económicos de una era que se habrá de prolongar hasta el siglo XVIII (sí, hasta la Primera Revolución Industrial).
Según los datos de que disponemos, los primeros vestigios de la revolución neolítica se situarían en Oriente Medio, en una región semimontañosa localizable en los actuales territorios de Siria, Irak y otras áreas colindantes. Si bien se discute todavía hoy sobre el primer foco de aparición del Neolítico, desde el cual, siempre en teoría, habría de irradiarse hacia el resto del mundo, está cada vez más extendida la opinión (que yo comparto) de que el orígen de la agricultura pudo aparecer independientemente en diversos lugares de modo casi simultáneo. Por ejemplo, en China y Japón se ha datado la primera agricultura en torno al 6000 a. de C., en el norte del Perú hacia el 2000 a. de C. fechas muy distantes y distintas que animan a la controversia, que siempre es buena.
También se discute si la ganadería apareció antes o después que la agricultura. Ciertamente no se puede dar una respuesta exacta a este dilema, si bien sabemos que la ganadería comenzó con las características de un elemental pastoreo. Es lógico: el hombre y las fieras compartían áreas restringidas donde la humedad hacía posible su supervivencia. No es de extrañar que el hombre interviniese tarde o temprano protegiendo a los hervíboros de sus predadores en su propio provecho. Aquellos hombres, hijos de una tradición cazadora que durante milenios había acumulado observaciones sobre las costumbres animales, conocían perfectamente sus hábitos alimenticios y los ciclos de reproducción. ¿Qué tiene de extraño que en adelante orientaran sus esfuerzos a propiciar el apareamiento y los protegiesen de forma inteligente y metódica, terminando por intervenir en hibridaciones y cruzamientos satisfactorios para sus necesidades?
No me resisto a comentar que, al parecer, el primer animal domesticado no fue un hervíboro, sino un carnívoro: el perro, que ya había hecho acto de presencia en la vida cotidiana del hombre durante el Mesolítico. Su selección fue definitiva para proteger a los rebaños de hervíboros de otros depredadores.
El gato, sin embargo (y cito a modo de curiosidad), parece haber sido domesticado mucho más tarde, cuando ya el hombre había aprendido a reunir sus cosechas en graneros y se había percatado de la voracidad de los roedores. Parece que fueron los antiguos egipcios los primeros en recurrir al felino en sustitución de la marta, el hurón o la culebra. De ahí que llegase incluso a simbolizar a la diosa Bastis. En Europa, no obstante, se le comenzó a conocer en época romana, como animal exótico y costosísimo.
Pero ya hablaremos más adelante de la dosmesticación paulatina de estos y otros animales.

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