17 sept. 2013

LA ARMADA INVENCIBLE

Con el gran poder colonial y marítimo que la conquista de Portugal puso en manos de Felipe II, le fue posible enviar una expedición contra Inglaterra para vengarse de la reina Isabel.
El odio que Felipe II sentía hacia Isabel de Inglaterra se debía principalmente a que ella era la más ardiente defensora de los protestantes, a los cuales había ayudado en la sublevación de los Países Bajos.  Por otra parte, protegía a los piratas y corsarios que atacaban las naves españolas y causaban grandes daños y pérdidas a las colonias españolas en América.
El más importante y célebre de los corsarios que atacaban las naves españolas fue Drake, quien compartía con la soberana inglesa el botín de sus depredaciones.
Francis Drake, nacido en 1540 de padres pobres, sirvió al principio en la marina mercante de su país.  Arruinado por los españoles en el Nuevo Mundo, se lanzó contra ellos a las más arriesgadas empresas, entre ellas la de haberse presentado en la bahía de Cádiz en 1585 apresando y destruyendo todas las naves cargadas con oro procedentes de las Indias.
Más tarde, Drake asaltó y saqueó la ciudad de Cádiz, atacó la Coruña y causó otros desmanes tanto en la Península como en las distintas colonias españolas.
Finalmente murió en el mar cerca de Portobello en 1596 a consecuencia de "un vómito de sangre".  Su nombre va unido a la importación de la patata a Europa.
Felipe II decidió destruir el nido de piratas conquistando Inglaterra, para lo cual mandó venir de todos los lugares del Imperio un gran número de navíos que se fueron reuniendo en el puerto de Lisboa, formando la mayor escuadra conocida hasta entonces, por lo que se la llamó la "Invencible Armada".
Se componía de 130 bajeles con 60.000 toneladas, cerca de 2.500 cañones y 30.000 hombres de desembarco (entre los cuales figuraba Lope de Vega), que con otros 30.000 más que tenía en Flandes Alejandro Farnesio, formaría un ejército de 60.000 personas.
Pero las tropas preparadas en Flandes no pudieron ser recogidas, por haberse interpuesto las escuadras inglesa y holandesa.  La ingente expedición fracasó, siendo deshecha por las tempestades y por las naces inglesas que iban bajo el mando del audaz y experto Sir Francis Drake.
La Invencible la mandaba, por fallecimiento del marques de Santa Cruz, el duque de Medina Sidonia, soldado valeroso, pero no experto marino. El mismo duque de Medina Sidonia lo confesó con verdadera modestia, diciendo cuando recibió el nombramiento por parte del rey:
-Ni por mi conciencia ni obligación puedo encargarme de este servicio, porque siendo empresa tan importante, no es justo que la acepte quien no tiene ninguna experiencia en el mar.
Fallo del rey.
Después de esta franca y leal declaración, no se comprende la obstinación del monarca en mantener tal nombramiento a favor de un hombre que, siendo inepto para tal empresa, perdió en ella, según escribe fray Juan de Victoria, la honra, reputación y fama de España y la de su persona y casa, "teniendo cobradía y continuo pavor y miedo de morir".
Y así, de esta forma, fue menospreciado por todos, le corrieron y afrentaron, baldonaron por todos los caminos, y aún incluso, le apedrearon los muchachos de Medina del Campo y Salamanca.
En la desgraciada expedición formó parte también el inteligente y valeroso Miguel Oquendo, natural de San Sebastián, el cual después de asistir con su nave propia a la jornada de Orán y a la batalla de las islas Azores o Terceras, terminó su carrera en la expedición de la Invencible.
Tanto le afectó a Oquendo el descababro, que al llegar a Pasajes murió el 12 de noviembre de 1588 sin querer ver a su familia.
Los restos de la Invencible (66 buques) regresaron a la Península por distintos caminos.
Al tener noticia de la derrota de la Armada en que tantas esperanzas había puesto, dicen que Felipe II exclamó: 
-Yo envié a mis naves a luchar con los hombres y no contra los elementos.
En medio de los reveses como ante los halagos de la fortuna, Felipe II conservó siempre inalterable su grandeza de ánimo.  Por éste y otros muchos casos semejantes, se ve que el monarca era uno de los hombres que más educaron la voluntad, con el fin de mantenerla en constante subordinación al deber.
Evitada la temida invasión, Inglaterra no sólo se había salvado, sino que a partir de entonces conquistó el predominio sobre el océano.

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