5 jul. 2013

JUANA LA LOCA... DE AMOR

Se dice que la muerte de su esposo Felipe el Hermoso volvió completamente loca a doña Juana.  Para unos, el origen de esta demencia fue la pasión de los celos.  Otros, sin embargo, sostienen que doña Juana nunca estuvo loca, sino que la hicieron pasar por tal, a fuerza de malos tratamientos, su marido y su hijo respectivamente, para arrebatarle el cetro.
Desde el primer momento sintió doña Juana por su marido una pasión morbosa, tanto más intensa y agudizada cuanto mayores eran los desprecios y liviandades de él.  Los devaneos del archiduque no cesaban, y, lo que es aún peor, se mostraba cruelmente desenfadado, no teniendo para con su mujer ni siquiera la piedad del disimulo.
Se cuenta que Felipe el Hermoso buscaba concubinas entre las damas de la Corte, haciendo presenciar a su esposa el espectáculo de sus ofensivas preferencias. En cierta ocasión la desgraciada infanta sorprendió a su esposo en flagrante intimidad con una de sus damas. Sintiéndose herida, doña Juana cercenó las doradas trenzas de la amante y se las mostró a él diciendo:
-¿Conocéis estos cabellos?
Felipe, hermoso pero no caballeroso, reaccionó brutalmente, golpeando a su esposa.
Con su instinto de madre, la reina Isabel I presentía algo sobre los sufrimientos de su hija, pero le escribía cartas en vano pidiéndole noticias. Juana no las contestaba nunca.
Sin embargo, al morir el príncipe don Juan y quedar su hermana Juana como heredera de los reinos de Castilla y Aragón, era necesaria su presencia para ser jurada por las Cortes.
Por fin, entre ruegos y gracias a las gestiones del embajador Gutierre de Fuensalida, Felipe el Hermoso y su mujer doña Juana llegaron desde Amberes a España por Fuenterrabía. Los Reyes Católicos salieron presurosos para coincidir en Toledo, donde pudieron abrazar a su hija.  Allí fue donde doña Juana le contó a su madre el angustioso relato de su calvario matrimonial. 
Después de muerta doña Isabel, don Felipe el Hermoso y doña Juana la Loca, que se hallaban en Flandes, retornaron a España para reinar, si bien por poco tiempo (1504-1506). Felipe el Hermoso fue un mal gobernante, despreocupado de cuanto no le concerniese en su persona tan sólo atendía a sus aprichos y placeres, olvidando a su esposa, ya en plena vesanía. Residían en la Casa del Cordón, en Burgos.
Cuando Felipe murió, su esposa se negó a admitir la realidad afirmando que estaba profundamente dormido. De no haber estado ya loca, hubiese perdido la razón ante tan duro trance. Consintió que guardasen el cuerpo en un ataúd, pero no toleró que lo enterraran, y dispuso que quedara depositado en la Cartuja burgalesa. Y allí iba todas las semanas la doliente doña Juana. Hacía abrir el féretro, y abrazaba y besaba con frenesí el cadáver putrefacto.
Tres veces hizo esto, hasta que la reina loca se decidió a emprender una larga caminata para darle sepultura en Granada. Resultaba asombroso que la infeliz señora no derramase una sola lágrima. Ella misma se lamentaba de esta anomalía que le impedía el necesario desahogo emocional. Y en un extraño instante de lucidez le dijo a su más próxima cubicularia:
-Lloré tanto, cuando me convencí de las infidelidades de mi esposo, que el manantial de mis lágrimas quedó seco para siempre.
Los restos mortales de Felipe el Hermoso reposaban en un magnífico ataúd colocado en un carro, arrastrado por cuatro caballos negros. De tal guisa, el cortejo patético emprendió la marcha. Todos iban a pie, y acompañada por un séquito interminable de prelados, personajes y caballeros.  Caminaban de noche, por orden expresa de la enloquecida reina, y avanzaban lentamente, recorriendo más de media España camino de Granada. En los pueblos del tránsito se celebraban solemnes exequias, a la cuales no podía concurrir ninguna mujer.
Los celos, que fueron siempre tenazón de su espíritu, rebasaban todos los límites de doña Juana.  Un día, por error, en un convento que creyó de frailes, entre Torquemada y Hornillos, fue depositado el féretro. Hasta que, horrorizada la reina al saber que era de monjas, hizo sacar el cadáver al campo, permaneciendo ella con toda la comitiva a la intemperie, desafiando la crudeza de los elementos.
Cada vez en mayor inconsciencia, doña Juana vivió todavía 47 años encerrada en Tordesillas, donde murió a los 67.

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