19 dic. 2012

LAS VILLAS ROMANAS (III): URBS IN RURE

Los romanos consideraban sus villas como lugares de esparcimiento y de recreo, al margen de la rentabilidad económica que pudiera reportarles.  La villa era también un lugar donde el propietario podía retirarse para descansar del ajetreo de la ciudad, entregarse a sus actividades cinegéticas, dedicarse a la lectura o a otras actividades artísticas.  Este ocio no era incompatible con los usos agropecuarios del lugar, pero evidentemente exigía unas instalaciones diferentes a las requeridas para la mera actividad agraria.  En oposición a la villa rústica, los romanos distinguían la villa urbana.  Para entender las villas romanas es importante comprender cómo estas habitaciones reservadas al propietario varían en dimensión y funciones a lo largo del tiempo.  Catón en el siglo II a.C. aconseja que esa parte dedicada a vivienda tenga un buen emplazamiento y disponga de buenas edificaciones para que el propietario vaya a ella con gusto.  Columela, tres siglos más tarde, no se expresa de manera distinta y aconseja que se reserve al padre de familia la mejor habitación disponible, para que vaya al campo con frecuencia y permanezca en él gustosamente.  Estas noticias nos dan a entender que, durante bastante tiempo, el propietario romano fue en esencia un absentista que acudiría a su hacienda lo imprescindible para revisar las cuentas, dar órdenes al villicus o capataz, autorizar compras e inversiones en la finca, recoger los beneficios y regresar cuanto antes a su residencia habitual, normalmente en un centro urbano próximo.
Durante los siglos III y IV, las villas hispanas muestran un auge sin precedentes, que se ha creído consecuencia directa de la decadencia de la vida urbana, supuestamente acusada por los desórdenes traídos por la anarquía militar y las invasiones bárbaras de los años medios del siglo III.  Cualquiera que fuesen las causas, parece constatado por la arqueología que a partir de los años de la tetrarquía se produce un extraordinario florecimiento de las villas romanas en Hispania.  La explicación que tradicionalmente se ha venido ofreciendo a este fenómeno propone una huida más o menos generalizada de las ricas aristocracias urbanas hacia el campo, desvinculándose así de unas ciudades en ruinas, evitando cargos onerosos en la administración municipal y eludiendo la creciente presión fiscal.
De acuerdo con esta teoría, las clases pudientes habrían abandonado sus antiguas sedes y construido ricas residencias campestres en las que dedicarse a la supervisión de sus producciones agropecuarias y a formas más o menos exquisitas de ocio.  Habrían llevado consigo a sus nuevas viviendas todos los refinamientos que la ciudad podía ofrecerles, construyendo termas, piscinas, gimnasios, edificios ricamente ornados con peristilos, grandes salones de recepción, columnatas, etc... que constituye lo que ha dado en llamarse con cierta fortuna en la literatura especializada urbs in rure.
Sin embargo, esta visión del conjunto, aun conteniendo elementos a los que puede prestar apoyo la arqueología, es a la vez simplista  desenfocada.  Cabría preguntarse en primer lugar si la decadencia urbana del Bajo Imperio en Hispania fue un hecho cierto.  En segundo lugar, si esta supuesta decadencia conllevó necesaria y mecánicamente una revitalización del agro.  Y en tercer lugar, en qué medida afectó esta fuga aristocrática a los establecimientos rurales conocidos como villas.
El término urbs in rure es engañoso: propone que algo pueda ser una ciudad sin serlo.  Sin embargo, se ha aceptado corrientemente para definir el grado de comodidades y lujo que han podido documentar las excavaciones en las villas romanas.  Este nivel de riqueza que efectivamente muestran las villas a partir de finales del siglo III puede tener poco que ver con la supuesta decadencia de las ciudades; pero ya que hasta ahora así se ha venido explicando, preguntémonos por el avatar de las ciudades hispanas a partir de la reestructuración tetrárquica.  El panorama de decadencia generalizada de las ciudades hispanas del siglo IV, que ha venido admitiéndose normalmente entre los historiadores de la antigüedad tardía, está siendo matizado en diversos estudios recientes.
No parece que tras las revueltas, desórdenes e invasiones del siglo III, la vida urbana desapareciese ni mucho menos, ni que las ciudades se hallasen mayoritariamente en ruinas, ni que las aristocracias romanas hubiesen dejado de tener  en ellas las sedes de su poder y prestigio social. Las ciudades habían, es cierto, envejecido, pero eso no las hacía ni mucho menos inhabitables;  los cargos municipales eran sin duda onerosos, pero siempre lo habían sido, incluso en tiempos de prosperidad.  La presión fiscal era creciente, pero se ejercía tanto en las ciudades como en el campo, y en ocasiones prioritariamente sobre este último.  No parece pues, que éstas fueran las causas determinantes para justificar el supuesto éxodo de los ricos aristócratas hacia sus dominios rurales.

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