19 dic. 2012

LAS VILLAS ROMANAS (II)

La villa debía atender tanto a las necesidades de la explotación como a fines más suntuarios relacionados con la comodidad y el bienestar de los propietarios, con ese ideal tan romano de aunar el decor y la utilitas.  Para ello, era fundamental cuidar de una manera extrema la elección del emplazamiento: los factores determinantes para escoger el sitio eran fundamentalmente la salubridad del clima, la fertilidad de las tierras, la proximidad a fuentes de agua y las buenas comunicaciones.  Se buscaba que el emplazamiento de la villa estuviese en el lugar más saludable del pago, para lo que antes de construirla se estudiaban detenidamente la dirección y cambios de vientos, las variaciones climáticas y meteorológicas y todos aquellos factores que pudieran influir en la salubridad del lugar.
Los agrónomos romanos aconsejaban construirlas sobre un pequeño promontorio, en la ladera de una colina o en el aterrazamiento de un río, en lugares de horizonte natural abierto, aunque lo suficientemente protegido como para evitar la heladas invernales y los fuertes calores estivales.  También desaconsejaban su construcción en lugares demasiado altos como la cima de montañas, a fin de evitar la violencia de los vientos y las lluvias, o los demasiado bajos junto a un río, en previsión de posibles inundaciones, así como los terrenos embalsados o pantanosos, por insalubres (Varrón I, 12, 2; Columenala, I, 5,6).  Los escritores latinos aconsejaban asimismo asesorarse de antemano sobre la calidad de las tierras y los distintos cultivos a que podía dedicarse, sobre las formas específicas de cultivo  en la zona y muy especialmente buscar las proximidades de acuíferos con que atender las necesidades de la hacienda.
Una vez considerados estos factores fundamentales en la elección del emplazamiento, también habían de tenerse en cuenta otros, tales como las posibilidades de acceso a buenas comunicaciones.  Generalmente lo ideal era que hubiese una vía romana lo suficientemente próxima al fundus como para facilitar el transporte y distribución de los productos que en él se generaban, pero que se hallase lo convenientemente alejada de la villa como para evitar las molestias causadas por la atención a los transeúntes, muy especialmente las tropas del ejército, cuya atención era obligada por ley.  Además de observar estos aspectos útiles en la elección de los emplazamientos, debían tenerse en cuenta aquellos que podían proporcionar a la villa amenidad y deleite, como la proximidad a sotos, arboledas, fuentes o bellas vistas panorámicas.
En general se puede decir que las villas romanas de Hispania siguieron con fidelidad estos preceptos de los agrónomos latinos, lo cual no es sorprendente, pues son normas regidas por el sentido común y la experiencia en la edificación.  Aunque sus consejos son útiles para conocer las características generales de estas casas y las formas de explotación agropecuaria romana, de poco sirven las villas hispanorromanas en concreto.  Varrón, Catón, Virtuvio o Columela no se refieren, salvo de pasada, a lugares geográficos concretos, dado el carácter general de sus obras, compendios de conocimientos amplios sobre agricultura o ganadería que se presumían aplicables y útiles en los lugares más diversos del Imperio.  El género de literatura agronómica permaneció fiel a sus intereses durante siglos: los libros sobre el tema -titulados invariablemente De re rustica- muestran poca o nula variación en planteamiento y estilo a lo largo del tiempo.  Columela, pese al probable origen hispánico de su nacimiento, no tiene mayor interés en ofrecer datos sobre las villas hispanas sino en proporcionar datos de utilidad general; la obra de Palladio, escrita tres siglos más tarde que la de aquél, no manifiesta una diferencia sensible en intereses ni en su aproximación al tema.
Si hubiéramos de restringir nuestro conocimiento a las referencias de los autores latinos, sabríamos poco más que algunos datos aislados: que Marcial tenía una villa cerca de Bílbilis (regalo de una admiradora) a la que se retiró cuando las cosas se empezaron a poner "delicadas" en Roma; Ausonio, una finca en Navarra; Paulino de Nola, otra próxima a Complutum (Alcalá de Henares); Prudencio menciona la casa de campo donde fue recluida santa Eulalia por sus padres.  Escuetas noticias comparadas con el número y la abundancia de las ofrecidas por las excavaciones arqueológicas.  Éstas, sin embargo, deben tomarse con las debidas precauciones, a riesgo de malentender lo que fueron las villas en realidad.  Pues toda construcción romana aislada en el campo no es necesariamente una villa: puede ser un mausoleo, un fanum, un vicus, una mansio, un sacellum, un asklepeion, unas termas o edificios diversos derivados no necesariamente de la explotación agrícola o campestre.
Hoy, por buscar algunos equivalentes contemporáneos, no consideraríamos como masía, cortijo o casa de labor a una ermita, ni a una posada, ni a un sanatorio, ni a un club de golf, ni a una iglesia o monasterio.  Desafortunadamente, los arqueólogos han hecho gala de una cierta laxitud en el empleo del término, limitándose a considerar villa a todo enclave romano aislado en medio del campo.  A esta imprecisa concepción han contribuido otros factores relacionados con las deficiencias de la investigación arqueológica en España, que han dificultado la correcta valoración de esta importante parcela de investigación del mundo hispanorromano.

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