4 ago. 2012

EL SINDICALISMO CATÓLICO

La subida al solio pontificio de León XIII supuso una renovación de los planteamientos de la Iglesia referentes a la lucha obrera.  Desde ahora los medios católicos trataron de suavizar las relaciones entre trabajo y capital mediante la atracción de la masa obrera a círculos católicos, que les ofrecían asistencia médica y ayuda económica en las enfermedades, facilidades de empleo y, en último caso, funcionaban como sociedades de entierro.   Los fondos procedían tanto de las cuotas obreras como de los socios honorarios, aunque éstos no acudiesen en la medida que hubiera deseado la jerarquía.
El alma de esta nueva actividad sería el padre Vicent, cuyo ideario, ya le había llevado en 1864 a fundar en Manresa el primer círculo obrero.  En su obra podemos leer:  

"El fin principal de los círculos obreros católicos es remediar la apostasía de las masas, del individuo y de as naciones, ya que el principal origen del socialismo y del anarquismo es la apostasía de la religión católica del individuo y de las naciones, así como haber sustituido la doctrina infalible de Jesucristo por la falible del hombre.  Pues bien, la nota característica de los círculos es la religión católica, su fin principal es el religioso... Hemos establecido cuatro comuniones generales al año para los socios...  El que no cumple con la Iglesia no puede pertenecer al círculo...  Ejercicios espirituales todos los años..."

Como se ve, frente a las pretensiones socialistas y anarquistas de transformación de la sociedad en beneficio de los oprimidos, los círculos católicos plantearon la salvación espiritual de éstos.  Su influencia en las zonas industriales fue prácticamente nula.  En las zonas agrícolas, totalmente desunidas por las otras organizaciones obreras, fueron asentándose por una errónea interpretación de las tesis marxistas sobre el papel del campesinado en la revolución.  En 1908 cuentan ya con 254 centros obreros, 166 sindicatos agrícolas y 253 Cajas de Crédito Popular, aunque con sólo diez sindicatos industriales.
Las zonas de expansión del sindicalismo agrario católico fueron aquellas en que predominaba la pequeña propiedad: Navarra, Castilla, Cataluña, donde funcionaron, más que como sindicatos, como cooperativas.  Los primeros círculos en Andalucía funcionaron a partir de 1877 y tuvieron una vida efímera.  Tanto es así que, después de varios altibajos, desaparecieron a raíz de la represión de "La Mano Negra".
Las agrupaciones católicas resurgirían a partir de 1890, destacando al lado de los círculos la actuación del conde de Torres Cabrera que intentó la creación de una sociedad, a la que llamó "La Caridad", puesta bajo la advocación de San Rafael y el patronato de San José, y que quería ser un camino intermedio entre los círculos y las sociedades obreras.  "La Caridad" fue rechazada por los obreros, por los patronos e incluso por el propio clero.
Estas experiencias y la necesidad de atraerse de algún modo al obrero llevaron a la creación de sindicatos en los que la Patronal no estaba presente, al menos de una forma explícita.  En 1909 surgió la Federación de Sindicatos Católicos de Valencia.  En 1910, las de La Rioja y Burgos.  En 1912, las de Madrid y Álava, y en 1915, las de Valladolid y La Mancha.
La pujanza inicial llevó incluso a pensar en la creación de la Unión General de Trabajadores Católicos de España.  También surgieron otros núcleos en Barcelona.  Se crearon los Sindicatos Católicos Libres, opuestos a los restantes sindicatos católicos y a los círculos, por considerar que estaban controlados por la Patronal.
Por último, el sindicato creado en Bilbao en 1915 con el nombre de Solidaridad de Obreros Vascos revive, junto a una clara inspiración cristiana, las aspiraciones autonomistas vascas, por lo que estaba estrechamene unido al Partido Nacionalista Vasco (P.N.V.).

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