8 jun. 2012

GANADERÍA ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX

Los autores no se ponen de acuerdo sobre el problema ganadero del siglo que nos ocupa, debido a lo contradictorio de las estadísticas.  Mientras el geógrafo Ángel Cabo admite unos altibjoscon serias reducciones de la cabaña española, VicensVives admite un desarrollo progresivo de la ganadería española en el siglo XIX.  Nadal, por su parte, reconoce que el problema es de los más arduos, por el entredicho que pesa sobre las diversas estimaciones de 1799, 1859, 1865 y 1891.  Queda, entonces, la apreciación subjetiva: la extensión de los cultivos reduce pastos, perjudica el desarrollo ganadero y beneficia a los animales de labor.
El propio Nadal lo explica así en su imprescindible "El Banco de España; una historia económica":

"Que la riqueza pecuaria viene desde el cambio de régimen económico y político en nuestra patria en sucesivo y constante descenso, es un hecho por todos conocido.  La inmensa masa de bienes que la desamortización civil y eclesiástica hizo pasar a manos de particulares; la supresión de los baldíos y realengos, y las roturaciones de terrenos fueron cada vez con ímpetu más invasor estrechando la zona de pastos y abrigos en que la ganadería hallaba sostenimiento y vida.  Todo lo que los cultivos ganaban, todda la actividad que la iniciativa particular adquiría para convertir en tierras de labor los terrenos que sólo habían servido antes para el aprovechamiento de pastos, redundaba en perjuicio de la extensión de los ganados".

El comercio exterior constatará la disminución del ganado lanar.  La lana (que fuera otrora el petróleo del siglo XV), que desde la Edad Media ocupaba el primer capítulo de las exportaciones del país, cede su puesto a los vinos y a los minerales.  La histórica oveja merina española prolifera y mejora en Francia, Piamonte, Inglaterra, Sajonia, Argentina e incluso Australia.  España pierde el abastecimiento de la industria pañera inglesa, siendo sustituida por Alemania en 1827.  Las exportaciones de lana a mitad del siglo XIX son tres veces menores que un siglo antes.  No sólo esto, sino que ya en 1841 España importó lana sajona, y hubo años (1874 y 1876) en que las importaciones superaron a las importaciones.
España deficitaria en productos lanares.  Qué decisivo argumento para sostener la decadencia del rebaño de ovinos.  Pero la correlación entre exportación y producción no es forzosa, y lo prueba el que si España exportaba una media anual de 3.478 toneladas de lana durante el período de 1749-1793, en el lustro 1873-1877 sólo la industria pañera catalana consumía más de 6.000 toneladas de lana española.
También ahora, como en el siglo XVI, surge el típico problema: la mula o el buey.  Sabido es que la mula es fuerte, ágil, resistente y útil para la labranza, la carga o el tiro.  Sin embargo, es cara de compra y manutención; hace unas labores someras, atropelladas y superficiales, en detrimento del rendimiento de las cosechas.  El buey es torpe, pero pacífico y potente.  Mientras a la mula se la considera mala, pestilencial y perniciosa, proponiéndose el degüello general de tales bastardos, al buey se le califica (y valgan tantos calificativos) de bueno, útil y maravilloso.
En resumen: en el siglo XIX, ante la extensión de los cultivos y los rompimientos de nuevas tierras, el ganado mular adquiere esplendor y desarrollo vinculado en gran parte al campo castellano y andaluz.

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