18 sept. 2016

POLÍTICA EXTERIOR DE CARLOS III (I)

La época de Carlos III es una continua apertura a la política mundial.  El comienzo y final de su reinado se ve marcado por sendas guerras contra Inglaterra.  La política estará dirigida bajo un signo defensivo: sobrellevar y vigilar a los ingleses, hacer durar la paz todo lo posible, guarnecer y abastecer las plazas y puertos de las Indias, llevar miras largas a Jamaica, Menorca y Gibraltar y aumentar el poder de la escuadra.  Muchos de estos puntos determinarán, en realidad, una alianza con Francia.  Todo lo anterior va unido a la obsesión económica de fomento de la producción ultramarina, del tráfico y de la libertad de comercio.
Desde 1756 el mundo se hallaba en guerra.  Las potencias europeas ventilaban cuestiones de supremacía colonial o continental.  Austria, Prusia y Rusia luchan en el continente por la supremacía europea.  Inglaterra y Franca sostenian una guerra propiamente marítima y colonal.  Los objetivos políticos y militares de ambas guerras nada tenían en común.
Ya sabemos que en la Guerra de los Siete Años Fernando VI habá seguido manteniendo la neutralidad como sistema, con las ventajas y perjuicios que ello significaba.  En los últimos días de Fernando VI, Inglaterra y Francia maquinaban cerca de España para obtener su alianza.  Aunque Francia estaba en condiciones de forjarse mejores ilusiones, la fórmula era la política exterior, en 1758, seguía fiel al sistema de neutralidad.  Tanucci transmitía así el pensamiento inicial de Carlos III:

"El rey tiene bien firme la máxima de no hacer la guerra si no es necesaria, y esto en el último extremo, esto es, cuando no quede otro campo en el que defender sus derechos."

Mientras tanto, la marina inglesa quedaba dueña del Atlántico septentrional y las tropas inglesas alcanzaban resonantes victorias en Canadá, las Antillas y la India.  En tal situación, Luis XV intenta maniobrar cerca de Carlos III para sacarle de su neutralidad y atraerlo a la causa gala.  Le hace ver el peligro que corre la América española, al romperse el equilibrio entre el poderío francés e inglés en América.
Isabel Farnesio, reina madre, mientras llegaba su hijo Carlos III de Nápoles, había mandado al embajador español en Londres, Félix de Abren, que redactara un memorial de los agravios inferidos en el mar por los ingleses al comercio y la navegacón de los españoles.  Esta lectura pesaría en el ánimo del nuevo monarca.
Los acontecimientos se precipitan. Los ingleses toman Quebec. Carlos III encarga a Abren que felicite a Jorge II, pero haciéndole considerar que sus conquistas rompían el equilibrio en el Nuevo Mundo.  Los ingleses están resueltos a aprovecharse de sus triunfos obtendos en su lucha contra Francia, sin temor a los riesgos que su resolución implica.
La actitud de Luis XV era muy distinta respecto a la mediación española, y nada más lógico, puesto que se había adelantado a solicitarla. Los planes de Choiseul, ministro de Negocios Extranjeros de Luis XV, son los de salvar a Prusia, frente a Rusia y Austria.  Hace ver a Carlos III que una alianza austro-inglesa perjudicaría los intereses del rey de España en Italia y en América.  Pero, de momento, la actuación del miistro español, Ricardo Wall, deja a Francia desairada.
Carlos III, deseoso de la paz, había fracasado en su papel de mediador. Por ello, envía como observador a La Haya al hábl diplomático marqués de Grimaldi.  Su misión consistía en estadr al acecho de cuanto se discuiera, pues era difícil que Francia e Inglaterra se reconciliaran sin rozar los intereses españoles en América.  Cuando Grimaldi llega a La Haya, las relaciones están cortadas.  Choiseul ansiaba la paz a su manera.  Carlos III rearmaba a España artillando las principales plazas en América, reorganizando el ejército y aumentando el número de navíos.