2 abr. 2016

EL PROBLEMA DEMOGRÁFICO EN LA ESPAÑA DEL XVIII

El siglo XVIII observa el tránsito de uns tasas de crecimiento demográfico primitivo a lo que se va a llamar en toda Europa el ciclo demográfico moderno. España, de una forma lenta e irregular, se sumará al ritmo de crecimiento europeo, sobre todo a partir del año 1750. Europa pasa de 130 millones de habtantes en el año 1700 a 182 millones en 1800. Representa esta cifra un aumento del 40%; parecido es el porcentaje del crecimiento español.
La mortalidad, producida por la falta de alimentos, las epidemias y las guerras, será reducida por el progreso económico, la mejora de las condiciones higiénicas y una disminución de las actividades bélicas.
España iniciará un despegue demográfico sostenido hasta bien entrado el siglo XX, todo ello a raíz de la Guerra de Sucesión. A pesar de su resultado humillante, España, realistamente, se verá reducida a sus límites naturales. Cronológicamente, éste será el punto de partida deuna política demográfica definida. La época borbónica intentará liberarse del imperialismo militar y colonizador de los Austrias.
Los "reformistas" del siglo XVIII dirán que ya están cansados de aquellas guerras insensatas en Italia, Países Bajos, África, Hungría y otros lugares; que los ríos de oro y plata americanos pasan por España, y no sólo no son aprovechados, sino que sellan una decadencia. Jovellanos, más modesto, entenderá "por felicidad, aquel estado de abundancia y comodidades que debe procurar todo buen gobierno a sus individuos. En este sentido, la provincia más rica será la más feliz, porque en la riqueza están cifradas todas las ventajas políticas de un Estado", y añadirá que "el metal indiano sólo es factor de enriquecimiento cuando llega como contrapartida de un tráfico recíproco. Así, lo que verdaderamente importa es el trabajo productivo".
En estas definiciones, mezclas bien hechas de política, sociedad y economía, pondrán sus metas los hombres ilustrados del siglo XVIII.
España, desde la época romana hasta comienzos del siglo XVIII, mantiene unas cifras muy similares, en torno a los siete millones de habitantes. Durante el siglo XVIII, se puede decir, en líneas generales, que casi se duplica la población. Cabe insistir que el fenómeno es universal. Retrocendiendo al siglo XVII, buscaríamos el punto más bajo en torno al año 1650, cuando, tras la terrible peste bubónica, la población del país se redujo a poco más de cinco millones de habitantes. Durante la Guerra de la Independencia España perdería cerca de un millón de personas. Quizá la cifra sea algo abultada, aunque no tanto si tenemos en cuenta las bajas de guerra, las víctimas producids por las represalias políticas, las epidemias, el hambre y la falta de higiene. Solamente los emigrados afrancesados y liberales superaron los 100.000.
Por las cifras dadas, constatamos un crecimiento razonable para una sociedad preindustrial y que no cuenta aún con una medicina moderna. La cota más alta hay que buscarla entre 1747 y 1768. Entre estas dos fechas, el crecimiento anual es del 15%. Bien es cierto que algunas de estas cifras suelen ser siempre puestas en tela de juicio, pero no hay duda de que la segunda mitad del siglo XVIII supone un crecimiento incuestionable, vertiginoso a partir de la década de 1760 y con una disminución de impulso, coincidiendo con la crisis de finales del siglo XVIII y principios del XIX.
A este despegue demográfico de corte moderno se le pueden poner todavía serias advertencias: continúan todavía las pésimas condiciones sanitarias; hay escasez de agua potable; la evacuación de aguas residuales es nula; abundan las epidemias y la mortalidad infantil es altísima. En el terreno de los hechos, cabe referirnos a las hambrunas de 1709 y a las fiebres palúdicas de 1784-87 y 1790-92, así como a la peste amarilla de 1800, que arrasó fuertes contingentes en Andalucía.
Aquí debemos hacer una importante salvedad: las epidemias acometían principalmente a la gente pobre, y hasta que no se hacían generales no tocaban a los poderosos. Éste es un fenómeno importante en toda la Historia: hasta que la mortalidd no llega a las clases altas, los cronistas y demás fuentes oficiales no se sensibilizan. Lo que, hasta cierto punto, demuestra que los relatos históricos reflejan en ocasiones los prejuicios de quienes los escriben.