2 feb. 2016

LA GENERACIÓN PACIFISTA DE FELIPE III (II)

En tiempos de Enrique IV, la industria francesa se recuperó, creando las bases de su ulterior y espléndido desarrollo. Las obras públicas se fomentaron; el comercio floreció ininterrumpidamente; se enviaron expediciones colonizadoras al Canadá, se pusieron, en definitiva, los cimientos del futuro imperio francés.
En estos años de paz forzada, España y Francia tratan de llevar a cabo un acercamiento mediante un doble matrimonio principesco. Ana, la primogénita de Felipe III, casa con el heredero de Enrique IV, Luis XIII; al mismo tiempo, el heredero de la corona de España, futuro Felipe IV, contrae matrimonio con la princesa Isabel de Borbón. Ana en Francia e Isabel en España bien podrían haber ayudado a crear un ambiente de cordialidad y entendimiento entre los dos reinos; pero aquí se manifiesta una ve más el carácter artificial de la paz reinante. En la intimidad de las conciencias, la tranquilidad que reina en los primeros años del siglo XVII no era más que una fórmula eventual, no un imperativo sentido y acatado.
En 1610, Enrique IV de Francia muere asesinado. Aprovechando la minoría de edad de su hijo Luis XIII y la regencia de su viuda María de Médicis, las fuerzas que en Francia se oponen a los progresos del absolutismo tratan de sacar partido de la debilidad del trono. Mas en estos momentos hace su aparición en el vecino país la impresionante figura del cardenal Richelieu, hábil político, cuya mano guía certeramente la nación francesa por los caminos de su reconstrucción y de la hegemonía que no tardaría en alcanzar.
España, entretanto, como hemos visto en el apartado anterior, cierra los ojos a la realidad. En apariencia, todavía es una nación poderosa, temida y respetada por todos sus enemigos. Toavía es la cabeza de la cristiandad y su máxima defensa. La reciente expulsión de los moriscos así parece darlo a entender. Pero, en realidad, ni bajo el goberno del duque de Lerma ni menos aún bajo el de su sucesor, el duque de Uceda, se logran poner en marcha los arbitrios, los planes necesarios para una verdadera reforma del país. Para España habría sido mucho más ventajoso liquidar de una vez sus compromisos en el norte de Europa y volver su atención a América, de donde realmente podía venirle la fuerza qeu necesitaba incluso para replantear su presencia en Europa. No ocurre así. España se empeña en mantener sobre los Países Bajos una soberanía que está próxima a serle devuelta al morir sin sucesión el archiduque Alberto. Con estas miras, toda su preocupación se centra en asegurar sus comunicaciones terrestres con los Países Bajos, de forma que cuando vuelva a España la soberanía sobre aquellas tierras, pueda contar con un cordón umbilical suficiente para suministrar tropas y dineros con que apuntalar su poder en aquellas latitudes.
Dada la imposibilidad de mantener sus comunicaciones con los Países Bajos por mar, no le queda a España otra posibilidad que hacerlo a través del corredor que, partiendo de Barcelona, pasa por Génova y Milán, entra en el Imperio y enlaza finalmente con los Países Bajos a través de la cuenca del Rin. En este sistema de comunicaciones hay un punto capital; entre milán y el Tirol, la ruta estratégica pasaba por el estrecho valle de La Valentina, habitado en su totalidad por católicos, pero sujeto a la autoridad de la Liga de los Grisones, moradores del Rin superior, que eran protestantes.

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