27 ene. 2016

REFORMAS MONETARIAS DE FELIPE III (II)

En 1604 se recogieron las monedas de cobre acuñadas en 1599. La mitad de ellas se guardaron para volver a acuñarlas con los valores de 1602 y la otra mitad se devolvió a los que la habían entregado, después de grabar en caa moneda con un troquel un dos donde antes ponía un uno, es decir, resellándola. Así pues los que habían entregado al Estados sus monedas de 1599, recibieron la mitad de las mismas solamente, pero con el mismo valor nominal que tenían todas las que habían entregado. Las Cortes, alarmadas, exigieron al rey en 1608 que se comprometiese a no acuñar más monedas de vellón en un periodo de veinte años. Entre 1599 y 1606, se habían llegado a emitir 22 millones de ducados. El rey prometió solemnemente no volver a hacerlo, y las Cortes, complacidas, le concedieron un subsidio de 17.500.000 ducados, como el monarca había pedido. Mas no duraron mucho tiempo las buenas intenciones de Felipe III. Pocos años después, como consecuencia de le recesión deconómicoa que siguió a la expulsión de los moriscos y de los nuevos compromisos que contrajo la Corona al implicarsee en la Guerra de los Treinta Años, no quedó más remedio que recurrir de nuevo a las emisiones de vellón. En sólo dos años se acuñaon cinco millones de ducados oficialmente. En realidad, fueron muchos más. El Estado obtuvo grandes beneficios con dichas maniobras; en ocasiones, nada menos que un 75%.
Como consecuencia de estas continuas devaluaciones, los precios registran en los primeros años del siglo XVII un fuerte tirón hacia arriba. En realidad, el alza de precios es solamente aparente, debida precisamente a la inflación de la moneda. Los precios reales entre 1600 y 1610 parecen estabilizarse. A partir de esta última fecha s observan incluso algunos bajones, de modo que, con relación a los precios de 1600, se pudieron apreciar las siguientes diferencias: en 1622 bajan un 90% con relación a 1600; en 1624, un 88%; en 1627, 113%; en 1630, 99%.
Es interesante constatar, sin embargo, cómo al miso tiempo que Castilla ve hundirse su economía al compás de esta crisis, otro Estado, Portugal, involucrado en problemas semejantes, pudo salvarse del esastre y orientar positivamente su economía. Los economistas de la época ya trataron de explicar este fenómeno, relacionado con un complejo entramado de factores peculiares de Castilla. Entre ellos se anotaron, por ejemplo, los siguientes: vinculación de la propiedad en mayorazgos y la acumulación de tierras en manos de la Iglesia, que aumentaron enormemente la mano muerta; grandes latifundios dejaron de producir en la proporción que habría sido necesaria para satisfacer debidamente las demandas del país y del comercio exterior. Las apetencias nbiliarias llevaron a los españoles, por una parte, a invertir sus riquezas en la compra y aumento de sus bienes raíces y a huir del trabajo y de las artes liberales; la paralización de las actividades agrícolas e industriales provocó la aparición de numerosísimos vagos y ociosos, que acudían a las ciudades y eran alimentados por la caridad mal orientada e indiscriminada, mientras que los pocos que aún trabajaban eran esquilmados por un sistema tributario opresivo. A estos factores pueden añadirse otros más, como el pavoroso descenso de la población, en el que incidieron, especialmente, las siguientes causas: grandes epidemias que se cebaron en el país entre 1599 y 1601, el hambre que acometió a Andalucía y a Castilla por estos mismos años, la expulsión de los moriscos (de la que pronto hablaremos) en 1609, la emigración masiva hacia América de la juventud, el enrolamiento, igualmente masivo, en los ejércitos que luchaban en el centro de Europa... Todo ello privó al país de una cifra de población que podríamos calcular en torno a un 10% de sus efectivos. Al mismo tiempo, la competencia de la agricultura y la industria extranjera (en especial holandeses, franceses e ingleses) y los vicios y corruptelas de la administración contribuyeron en no menor medida a la progresiva ruina del país.