24 ene. 2016

LOS VALIDOS: LA ARISTOCRACIA AL PODER

Los tratadistas de la época comprendieron que aquel nuevo cargo que de hecho creaban los reyes al poner validos al frente de la administración era algo incompatible con la monarquía absoluta. Para ellos, secretarios o ministros eran cargos útiles cuando solamente compartían con el rey el trabajo; sin embargo, eran perniciosos cuando también compartían el poder. En verdad, el valimiento había aparecido cuando, en virtud de una amistad personal entre el rey y un súbdito, éste se entrometía en el ejercicio de facultades que no le eran propias y aquél las abandonaba voluntariamente. Atemorizados por las consecuencias que podría acarrear para el país aquella abdicación práctica del rey en sus propios validos, los escritores políticos, al no poder impedir que los hubiese, trataron al menos de contener sus funciones dentro de unos límites definidos. En una palabra, trataron de institucionalizar su figura. Así, mientras algunos escritores de las primeras décadas del siglo XVII condenan la figura del valido, como lo hace, por ejemplo, Bermúdez de Pedraza, otros tratarán, andando el tiempo, de orientar a los validos para que su gestión sea lo más aceptable posible. El más lúcido de ellos, Saavedra Fajardo, mostraba así su preocupación por reducir la posición del valido a límites aceptables. El valimiento, para él, "no es solamente una concesión: es una carga; no es un favor: es una delegación de trabajo". Para Saavedra el valimiento era un cargo sin nombre y era mucho mejor considerarlo como una institución pública que permitir que se convirtiera en simple poder personal. Otros menos perspicaces dedicaron su esfuerzo a definir las cualidades que debían adornar al valido. Uno de ellos, Martín Rizo, se contentaba con exigir que el valido fuese rico, noble y prudente. Otros discutieron si debía ser único o era preferible que hubiese varios. En realidad, los españoles, habituados a un rey como Felipe II, que además de reinar sabía gobernar, tuvieron dificultades en adaptarse a un réimen en que el rey reinaba, mientras el valido gobernaba.
La ascensión de los validos supuso la simultánea pérdida de importancia de los secretarios reales. En adelante, quedaron reducidos a simples burócratas. A los secretarios, como escribió el mencionado Bermúdez de Pedraza, "les quedó el nombre y la pluma, privados de la acción principal de negociar y resolver a boca con Su Majestad las cosas más graves".
Pero aún había otro factor que influyó en la aparición del valido: el creciente interés de la clase aristocrática por participar en las tareas políticas. Como en tantas otras ocasiones se ha apuntado, la aristocracia peninsular había sido apartada del gobierno desde los tiempos de los Reyes Católicos, de modo que tanto bajo Carlos V como bajo Felipe II no habían tenido poder decisorio en la orientación de la política de la Corona. Su poder económico, sin embargo, no sólo no se había restringido, sino que había ido en aumento. Las mismas dificultades económicas por las que habían atravesado los mencionados soberanos habían dado ocasión a la nobleza a enriquecerse más y más por diversos caminos. La venta de cargos, la compra de tierras a los campesinos arruinados, las múltiples maniobras de que en otros lugares se ha hecho mención, acrecentaron más y más las riquezas de la aristocracia. Paralelamente a este aumento de su poder económico, aparece en los albores del siglo XVII la disposición de la aristocracia a hacer frente a las directas responsabilidades del gobierno, cuando la realeza, por apatía, le dejó la puerta abierta.
La aparición del valido marca la victoria de la aristocracia en su intento de monopolizar la corona. El valido se convierte en la cumbre de un sistema en el que la aristocracia que se agrupa en torno a él domina sobre el resto de la población, donde las clases medias tienen cada vez menos importancia, una sociedad donde los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. A la sombra del valido prolifera un amplio grupo de clientes, protegidos y paniaguados. Cuantos desean prosperar en España acuden al valido en demanda de lo que no pueden conseguir directamente del rey. El valido les atiende, para ganarse el apoyo de un sector que, a su vez, impedirá su caída y permitirá su permanencia en el valimiento. Los clientes se convierten en validos del valido, en favoritos del favorito, y así detrás de cada valido se arracimaron cuantos intentan hacerse valer en el favor del rey. La misma realeza llega a convertirse en un nuevo espectador de lo que en torno suyo realizan sus validos. En tiempos de Felipe II, el favor real, dispensado simultáneamente a varios personajes, había permitido al rey mantenerse independiente, mientras sus ministros luchaban entre sí por predominar. A partir de Felipe III, y bajo los reinados de sus sucesores, los reyes se convierten en las víctimas de sus validos y, últimamente, en juguetes de las facciones aristocráticas que luchaban por alcanzar el valimiento. Los aristócratas, en efecto, abandonan sus retiros campestres, en los que les había recluido la política de los primeros Austrias, y asaltan la corte, aglomerándose en torno al rey para disputarse su benevolencia. Las diversas facciones lchann por desbancar al favorito de turno e instalar a su propio candidato en el corazón del monarca y en el centro de la dirección de la monarquía. Como observó fray Antonio de Guevara, éste sería el máximo interés político de los cortesanos de su época:

"Veo que la mayoría de los cortesanos juran, blasfeman, murmuran y gruñen sobre los males y los malvados de la corte. Pero estoy seguro de que su descontento no procede de los vicios que practican, sino del simple hecho de que sus rivales prosperan en el favor del rey y ellos no"