17 ene. 2016

LA ARMADA INVENCIBLE (y II)

La flota recibió órdenes, entonces, de internarse en el mar del Norte, decisión a la que inútilmente trataron de oponerse algunos jefes, como Oquendo y Leiva. En realidad, aquella era una orden de retirada, pero por el más difícil de los rumbos. Ante la imposibilidad de volver a España repasando el canal de la Mancha, los restos de la flota española se vieron obligados a navegar hacia el norte, dando la vuelta a Gran Bretaña y descendiendo hacia el sur por el occidente de Irlanda. Aquel desastrado periplo se cumplió entre horrísonas tempestades, que acabaron de destrozar la desgraciada expedición. Muchos barcos se perdieron entre las islas Orcadas y las Shetland, en las Hébridas occidentales, en las islas de los Gigantes, en la costa de Donegal y en la bahía de Sligo. Los náufragos que lograron llegar a las costas inglesas fueron acuchillados o ahorcados sin excepción. El resto, unos 10.000 hombres, en 66 buques, fueron llegando como pudieron a los puertos del norte de España. Aquella "felicísima armada", a la que irónicamente han seguido llamando los españoles "la Invencible", había quedado deshecha.
Esta catástrofe fue una de las más graves que registra la Historia. Las pérdidas materiales y de vidas humanas fueron cuantiosas, pero las más graves consecuencias fueron las que afectaron a los espíritus. Los españoles que habían emprendido aquella expedición convencidos de que hacían la obra de Dios, se sintieron estremecidos ante la noticia de que Dios les había abandonado, o lo que es lo mismo, de que "la Invencible" había sido vencida. Los protestantes, por su parte (y no sólo los ingleses) comprobaron con satisfacción que Dios estaba, en realidad, de su parte. Unos y otros atribuyeron el desenlace del encuentro bélico a la decisión divina, que acutó por medio de sus tormentas. En realidad, la batalla la ganaron los barcos más ligeros y os cañones de más largo alcance. Las tormentas vinieron después de adentrarse la flota española por el mar del Norte. No obstante esto, todos vieron en ello, como venimos diciendo, la intervención divina. Aunque no hubiese pronunciado nunca Felipe II la frase que se le atribuye: "Yo envié mis naves a luchar con los hombres, no contra los vientos y las olas de Dios", sus términos evidencian el sentimiento que embargó a los españoles después de este desastre. Dios los había abandonado. ¿Por qué? Por los pecados, que, como escribiría a Felipe II su embajador Mendoza, eran tantos y tan grandes, que ningún castigo que Dios inflija puede ser inmerecido. La derrota de la armada cerraba tristemente una época iniciada en Lepanto, durante la cual la nación española se había sentido llena de ideales mesiánicos y se había reconocido a sí misma como el instrumento de que Dios se valía para reinstaurar su reino en el mundo. Tal vez sea el único campo (el religioso) en que se pueda decir que la derrota de la armada fue un hecho decisivo, pues al mismo tiempo que sembró la duda en las conciencias españolas sobre la justicia de la misión que como nación se había atribuído, llenó de confianza a las naciones protestantes y les hizo mirar el futuro con renovada ilusión.
En los demás campos, bien poco es lo que decidió aquel acontecimiento. La derrota de la armada española no significó el final de la escuadra española sino su comienzo, pues a partir de aquel momento, el rey comenzó la preparación de una nueva flota con barcos mejores y más modernos; se eligieron diseños y modelos más uniformes, se comenzaron a fabricar cañones de largo alcance (culebrinas y semiculebrinas), los astilleros españoles trabajaron febrilmente, y poco después el tonelaje de la flota española había superado con mucho el que tenía antes del desastre de "la Invencible".

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