15 ene. 2016

FELIPE II Y LA LUCHA POR EL ATLÁNTICO (VII)

A pesar de su coherencia, el plan de Felipe presentaba algunos puntos vulnerables. El mando de la expedición era doble, lo cual exigía un perfecto entendimiento entre el almirante (Santa Cruz) y el general (Farnesio). Las distancias y las posibles desavenencias entre ambos constituían un serio peligro para la coordinación de las operaciones, sobre todo teniendo en cuenta que Felipe estaría a mucha distancia del campo de batalla. Por otra parte, los españoles no tenían en las costas de los Países Bajos ningún puerto adecuado para servir de fondeadero a los galeones españoles, por lo que no sería posible escoltar a las tropas de Farnesio ni asegurar la cobertura necesaria al ejército invasor. Finalmente, los barcos que se estaban preparando para dominar el mar no eran los más adecuados para conseguirlo. Mientras que su enemiga, la flota inglesa, estaba integrada principalmente por barcos veloces, muy veleros, con una artillería de largo alcance, las naves españolas eran lentas y pesadas, según exigía la función que desempeñaban en el transporte atlántico; su diseño respondía a unas técnicas de guerra ya superadas, consistentes en facilitar la lucha cuerpo a cuerpo de los guerreros que llevaban dentro, no en destruir barcos enteros. Pensadas para chocar y abordar a las escuadras enemigas, su artillería era de corto alcance, inferior desde luego al de las baterías inglesas. En realidad, las innovaciones que habían dado su poderío a los ejércitos españoles no se aplicaron a la escuadra. Frente a unos barcos psadamente armados como caballeros medievales, se iban a enfrentar otros ligeros como las tropas de infantería que habían arrojado de los campos de batalla a las antiguas "lanzas".
No obstante esto, los responsables de las operaciones bélicas contra Inglaterra no albergaban ninguna duda sobre el éxito de su empresa. Las enormes reservas con que contaba Felipe Ii, la plata que llegaba ahora en cantidades jamás soñadas, la tradición de ininterrumpidas victoris militares de los ejércitos españoles... todo ello contrinuía a acrecentar el optimismo y, desgraciadamente, a cegar incluso a los más realistas, como Farnesio, para no percatarse de la inferioridad que tarba, en parte, sus proyectos.
En 1587, María Estuardo es ejecutada en Inglaterra. La acción ya no se podía diferir. Aquella muerte significaba la eliminación de las aspiraciones francesas al trono inglés, que habrían sido posibles en caso de que maría hubiese sustituido a Isabel. Felipe ya tenía las manos libres para pedir para sí o para su hija aquela corona, exigencia que no sería difícil apoyar con argumentos genealógicos, máxime cuando su principal oponente, el hijo de María Estuardo (Jacobo VI de Escocia), era protestante. El papa Sixto V había prometido a Felipe un millón de ducados. Francia no ofrecía peligro, inmovilizada como estaba con sus propios conflictos internos, que Felipe II cuidó de exacerbar e aquella crucial ocasión. Los Países Bajos, sin embargo, no estaban lo suficientemente tranquilos como para garantizar el éxito del plan. Farnesio, deseando hacerse con un puerto, ocupó el de Sluys e hizo construir canales entre Nieuport y Sluys para que las barcazas con los soldados pudiesen pasar desde el Escalda hasta Dunkerque, evitando los peligros a que se expondrían si intentaban salir por el estuario del Escalda, pasando ante los nidos rebeldes de Flussinga. Aun así, Sluys no tenía calado suficiente para permitir fondear a los grandes galeones. La única solución era apoderarse de Flussinga. Pero el timpo pasaba, los gastos aumentaban y no se veía el momento en que la armada se haría a la mar.
A primeros de febrero de 1588 muere en Lisboa el marqués de Santa Cruz. Felipe II perdía en él a uno de los dos jefes de aquella empresa y a uno de los mejores marinos que había dado lustre a su reinado. Se imponía buscar un sustituto que por lo menos fuese capaz de continuar la obra de don Álvaro. No faltaban expertos marinos entre los colaboradores de Felipe, pero éste fue a poner sus ojos en don Alonso de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, que hasta entonces había sido, a efectos prácticos, poco menos que un virrey de Andalucía y había demostrado gran laboriosidad e inteligencia en la administración civil, militar y naval. Sin embargo, como él mismo confesó, no era el hombre más adecuado para dirigir aquella empresa. Pidió que se le retirase el nombramiento, alegando su propensión al mareo y su inexperiencia en asuntos bélicos. Pero Felipe insistió, considerando que solamente un noble de su categoría podría dar unidad con su prestigio a todos los participantes.
El duque de Medina-Sidonia demostró que era buen conocedor de su oficio. Reunió en torno a sí un magnífico grupo de colaboradores, con los que integró un consejo de guerra. En él figuraban Recalde, Oquendo, Pedro de Valdés, todos ellos comandantes de escuadras. Con éstos y otros trató de completar lo que había dejado en el aire la muerte del marqués de Santa Cruz.