19 dic. 2015

LA BATALLA DE LEPANTO

La flota coaligada se había dividido en cuatro escuadrones. El centro, bajo el mando directo de don Juan. El ala izquierda, bajo el almirante veneciano Barbarigo. La derecha, bajo Andrea Doria. En retaguardia, el escuadrón comandado por donn Álvaro de Bazán, dispuesto a intervenir en aquellos lugares donde flaqueara la resistencia. Las galeazas artilladas se enviaron por delante, para rompera la acometida turca con su formidable potencia de fuego. Los turcos avanzaron primero formando una gran media luna, pero luego adoptaron una disposición similar a la de la escuadra enemiga. Su intención era rebasar la escuadra cristiana por los flancos y atacarla por la retaguardia.
Comenzada la batalla, Doria, para impedir que los turcos le envolviesen, desplazó su escuadra hacia el extremo derecho, alargando y debilitando excesivamente su línea y dejando una brecha entre su formación y el escuadrón central, hueco que no tardó en defender la escuadra de reserva del marqués de Santa Cruz. Los venecianos, en el lado izquierdo, a pesar de haber perdido a su jefe Barbarigo, se defendieron valientemente contra fuerzas superiores. Bien es verdad que, antes de entrar en acción, don Juan de Austria, desconfiando de los venecianos, había instalado en sus barcos un fuerte contingente de soldados españoles.
En el área central, el escuadrón de don Juan se dirigió contra el centro de la formación enemiga. Su galera, con 300 veteranos españoles, buscó directamente el buque insignia turco, donde se encontraba Al Pachá con 400 jenízaros. Éstos eran tropas escogidas, especialmente entrenadas por los turcos. Las formaban con los niños que arrebataban a los cristianos que les estaban sometidos, y desde la infancia los educaban en el mahometanismo y los preparaban cuidadosamente para lanzarlos, una vez crecidos, contra los correligionarios de sus padres. Las demás galera, cristianas y turcas, se fueron enzarzando en duelos semejantes, de modo que la batalla, en este lugar, pronto se convirtió en una serie de feroces combates entre pequeños grupos de infantería, donde menudearon las acciones heroicas, como la de una mujer que iba en la flota cristiana, la cual manejó con tal arte el arcabuz, que mereció ser premiada con una plaza de soldado en el tercio de Lope de Figueroa; o como la de Miguel de Cervantes, el cual, hallándose enfermo en la galera Marquesa, de la escuadrilla de Barbarigo, pidió a su comandante que le destinase al puesto de mayor peligro, donde luchó valerosamente antes de recibir una herida en el pecho y otra en el brazo izquierdo, que le quedó inútil para siempre.
La alta ocasión de Lepanto se convirtió a las cinco horas de encarnizada lucha en una victoria para la cristiandad. Después de varios furiosos ataques y contraataques entre soldados de los tercios y los jenízaros, una bala de arcabuz hirió a Al Pachá. Un soldado acudió con un hacha y le cortó la cabeza. El grito de "¡Victoria!" se propagó por entre el fragor de la batalla. Lepanto se convirtió, en realidad, en la tumba del poderío naval turco. De toda su flota sólo pudieron salvarse treinta y cinco barcos. Ante la proximidad de la noche y la amenaza de una tormenta, la escuadra cristiana se retiró a un puerto cercano.
En Lepanto fue quebrantado el mito de invencible que aureolaba a la escuadra turca. La cristiandad se libraba, tras aquella victoria, de un complejo de inferioridad que se había ido agravando conforme se acumulaban las derrotas. En adelante, los turcos no se atrevieron a intrernarse en el Mediterráneo occidental. Esta inactividad de su escuadra también contribuyó a su decadencia, pues sus buques pronto empezaron a pudrirse en sus puertos. Al mismo tiempo, un nuevo enemigo se había levantado contra los turcos: los persas. En adelante, ni siquiera cuando los ingleses y los holandeses requirieron su colaboración para hacer la guerra a Felipe II en el Mediterráneo, se atrevieron los turcos a intervenir.
De todas formas, también los aliados tenían sus problemas. Las divisiones entre éstos se agravaron por momentos. Venecia seguía empeñada en mantener sus intereses en Oriente; España, en el norte de África. El Papa era el único que hablaba de los intereses de la cristiandad. Todavía en 1572 se organizó una nueva expedición, que devolvió a España el reino de Túnez; pero volvió a perderse al año siguiente. El Papa murió en 1572. Felipe, acto seguido, se apartó de la Liga. Toda la ristiandad complicada en la cruzada lo tachó de traidor; mas el monarca de España se defendió alegando la inminencia de una ruptura con Francia, donde aquel mismo año, coo se recordará, había tenido lugar la matanza de San Bartolomé. También los Países Bajos estaban revueltos. En marzo de 1573, Venecia, convencida de que España se estaba aprovechando de su colaboración, abandonó la Liga y entabló negociaciones con los turcos. En realidad, Felipe II actuava moviro por razones de supremo realismo: el Mediterráneo había dejado de ser el campo de fricción de los intereses políticos y económicos de las grandes potencias de la época. El eje de los mismos se había desplazado hacia el Atlántico. El Mediterráneo se convertía en un campo neutral, sobre todo desde que lso turcos habían iniciado su decadencia. En adelante, la gran batalla por la hegemonía mundial no volvería a librarse en el Mediterráneo, sino en el océano Atlántico, y en ella se enfrentaría España con su rival, Inglaterra. Lepanto había significado también el punto final en la larga historia de las cruzadas.