20 nov. 2015

LA REFORMA CALVINISTA (III)

Una de las víctimas del rigor de Calvino fue el aragonés Miguel Servet, hijo de un jurista español. Desde muy joven había dado brillantes muestras de su erudición y cultura. Después de haber viajado por Italia y Alemania, fue a París a estudiar medicina y astronomía y a enseñar matemáticas y ciencias. Allí tuvo ocasión de conocer a Calvino. Hombre de universales preocupaciones, Servet fijó también su atención en la teología, ciencia que trató de reelaborar desde sus principios. Entre sus teorías, la quemás revuelo produjo fue aquella en la que negaba que hubiese tres personas en Dios. Para él sólo había una persona: el Padre. El Hijo no era más que el nombre que se le aplicaba en cuanto que se había manifestado a los hombres. Tanto los protestantes como los católicos se le echaron encima. Servet, perseguido por la Inquisición católica, huyó a Italia; pero antes se atrevió a pasar por Ginebra, y asistió de incógnito a un sermón predicado por Calvino. Los espías del reformador lo descubrieron, lo encarcelaron y lo pusieron a disposición de las autoridades. Se le condenó a ser quemado con leña verde, para que su suplicio fuese más largo. Calvino, que veía minada su posición por numerosos y activos adversarios, se apuntó un tanto decisivo con la ejecución de Servet, a quien se consideraba el más peligroso de los herejes. El mismo Melanchton aprobó su muerte, escribiendo a Calvino por entonces: "Has hecho muy bien quemando a ese blasfemo". Tras la condena de Servet, fueron condenados a muerte u obligados a huir todos los enemigos que Calvino tenía en Ginebra.
La ciudad se convirtió en un centro de cultura y de difusión de la Reforma. En 1559, Calvino organizó una Academia que, expertamente dirigida por Teodoro Beza, pronto se convirtió en una verdadera facultad teológica calvinista. De ahí salieron una tras otra numerosas promociones de predicadores, que difundieron las ideas calvinistas or toda Europa. El éxito de las nuevas doctrinas fue enorme, especialmente en los Países Bajos y en Francia. Más delante se extenderían también a Inglaterra y Escocia, ligeramente modificdas, para pasar, andando el tiempo, al continente americano. Alemania, Polonia, Hungría y otros territorios del centro y oriente de Europa abrazarían también esta doctrina, a la que, para distinguirla de la Iglesia luterana, se le dio el nombre de Iglesia Reformada.

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