3 jul. 2015

LAS GERMANÍAS DE VALENCIA (y III)

Carlos, informado del cariz que tomaba la situación, se alarmó. El pueblo comenzó a desmadrarse. Achacando la aparición de la peste a un castigo de Dios por los pecados que se cometían, un fraile de la orden de San Francisco provocó tumultos que terminaron con la muerte en la hoguera de cuatro sodomitas. La justicia intervino en el proceso, pero llegó un momento en que el pueblo mismo se tomó la justicia por su mano y dio muerte a alguno más. Temiedo que empeorase la situación, la Corona dio marcha atrás; poco antes de la partida de Carlos hacia Alemania se nombro virrey de Valencia a un miembro de la alta nobleza, don Diego Hurtado de Mendoza, marqués de Mélito, veterano de las guerras de Italia, donde luchó a las órdenes del Gran Capitán. Los nobles creían que con el nuevo virrey se acabarían las revueltas; pero el pueblo logró por la fuerza que se modificase el sistema de elección de jurados, obligando a aceptar el que dos de ellos fuesen elegidos de entre los menestrales y los artistas. El virrey les conminó a someterse a las disposiciones vigentes, pero el pueblo se negó, declarándose en rebeldía. Las demás ciudades de la región acabaron por imitar a Valencia. Por todas partes comenzaron a crearse juntas militares de los Trece: Játiva, Elche, Alzira, Orihuela... Los motines aumentaron. El virrey se vio obligado a dejar Valencia y refugiarse en Alzira. La Junta de Valencia se apoderó de las rentas reales, al mismo tiempo que declaró su adhesión al emperador. Pero llegó un momento en que el populacho era más fuerte que sus propios dirigentes. Juan Lorenzo, representante de la moderación, murió al poco de tener noticia de los crímenes que se estaban cometiendo en nombre de las Germanías.
En julio de 1521, las tropas del virrey se enfrentaron en Gandía a las milicias agermanadas. Bajo las bandera reales militaban, no obstante, muchos traidores. Al llegar el momento decisivo, la artillería real y muchos de los castellanos que iban con el rey se pasaron al enemigo. Las Germanías, dirigidas por Vicente Peris, derrotaron al marqués de Mélito en Gandía. Casi todo el sur del reino de Valencia cayó en sus manos. En seguida se reorganizaron para lanzar un segundo ataque contra la región norte, donde los caballeros habían armado a los moriscos y se habían adueñado de Castellón de la Plana. Al mismo tiempo, el conflicto comenzó a extenderse a las islas Baleares, donde los agermanados constituyeron una junta de los Trece en Palma de Mallorca.
En estas circunstancias surgió la división en el seno de las Germanías, fomentada por parte de los ciudadanos que, alarmados por la violencia de los hechos, ofrecieron su apoyo a un hermano del virrey para que dominase la situación. La acción conjunta de las tropas de la nobleza, de las que se enviaron desde Castilla al virrey y de las que controlaba su hermano en Valencia misma dieron a traste con la rebelión de las Germanías. Sólo resistieron algunos focos, entre ellos Alzira, donde Vicente Peris dominaba la situación. Su atrevimiento le llevó a entrar en Valencia; pero las tropas reales pusieron fuego a su casa y Peris murió en el tumulto. En Játiva resistió un misterioso individuo, llamado "El Encubierto", que decía ser el príncipe don Juan, primogénito de los Reyes Católicos. Las autoridades pusieron precio a su cabeza y el Encubierto fue asesinado por dos cazadores de recompensas. Cuando Carlos volvió de Alemania, la guerra de las Germanías a había terminado. El virrey, contra todo lo que se esperaba, se mostró sumamente generoso con los culpables; pero Carlos, aconsejado por la nobleza del reino, decidió un cambio completo de actitud. La desobediencia mostrada al virrey al comienzo de los tumultos la sintió el monarca como una ofensa personal. En consecuencia, nombró nuevos virreyes en las personas de doña Germana de Foix y de su nuevo esposo, el marqués de Brandemburgo, a quien se nombró capitán general del reino. La represión fue implacable. La persecución afectó a cuantos habían formado parte de las juntas de los Trece y también a los principales cabecillas populares. Mas de 800 fueron los ejecutados, muchos de ellos por descuartizamiento. Las multas fueron también numerosísimas y afectaron a las principales ciudades agermanadas, a los gremios y a algunos personajes complicados, como mosén Monfort, que debió pagar 12.000 ducados para evitar que lo descuartizasen. Las pérdidas humanas fueron enormes. La peste se llevó por delante no menos de 20.000 personas. En la guerra, entre moriscos y cristianos perecieron cerca de 12.000 más.

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