5 jun. 2015

LA REGENCIA DEL GRAN CARDENAL (y IV)

La diligencia de Cisneros no descuidó ocasión de servir a Carlos, su nuevo señor, con el mayor celo y fidelidad. Saneó la Hacienda pública, logrando que en el corto tiempo que duró su regencia se duplicasen los ingresos de la Corona. Se esforzó por controlar la administración, en especial la de justicia. Cisneros, hombre formado en las ciencias jurídicas, sabía que nada daña tanto la justicia como los procedimientos lentos y la falta de independencia en los tribunales. Su experiencia como funcionario de la Curia Romana le hacía apreciar también las ventajas de una organización financiera centralizada, por lo que se esforzó en conseguir de Carlos las licencias necesarias para centralizar los servicios de tesorería. Carlos, sin embargo, no supo apreciar los servicios del regente ni corresponder a ellos como el viejo cardenal se merecía.
Envió Carlos a Castilla embajadores y representantes suyos, quienes desde el primer momento trataron inútilmente de socavar la autoridad de Cisneros, vendieron al mejor postor los codiciados sitiales del Consejo del Reino, no disimularon su rapacidad y cometieron, en fin, tantas inmoralidades, que de no haber sido por el tacto del mismísimo Cisneros la guerra de las Comunidades habría estallado bastante antes de la venida de Carlos a España.
La desconsideración de Carlos no sólo afectó al regente, sino a su misma madre y a las Cortes del reino. Manifestó Carlos su deseo de ser proclamado rey de España, a pesar de que aún vivía su madre Juana. Las quejas de los castellanos y los aragoneses llegaron hasta Flandes, pero Carlos no las escuchó, sino que respondió haciendo órdenes de sus deseos.
Semejante proceder era ilegal, por otra parte, pues Carlos no podía tomar una decisión tal de modo unilateral, prescindiendo por completo de las Cortes de sus reinos. En Castilla, Cisneros convocó al Consejo del Reino a una reunión en que se manifestaron las más contradictorias opiniones. Entonces el regente cortó por lo sano. Les comunicó que no habían sido llamados a deliberar, sino a aceptar lo que ya estaba decidido. En consecuencia, ordenó que se alzaran pendones por el rey don Carlos, proclamación que se realizó solemnemente, por primera vez, en Madrid, donde el corregidor Pedro Correa protagonizó una ceremonia ritual en la que los pendones, inclinados a tierra en señal de haber muerto el anterior soberano, eran alzados solemnemente mientras se gritaba a los cuatro vientos: "Real, Real, Real por el rey Carlos nuestro Señor".
De todas formas, Carlos tuvo la delicadeza de hacer escribir el nombre de su madre junto al suyo, como reina, en los documentos de su reinado...


Apenas se supo que había zarpado de Flandes la flota que conducía a Carlos, el cardenal regente se puso en camino para salir a su encuentro. La travesía, que se había demorado por causa de los temporales reinantes, no fue del todo apacible. Aunque el objetivo era Santander, le fue imposible a la escuadra llegar a tal puerto. Al final las naves fonderon en Tazones (Asturias). Se cuenta que las gentes de la costa, alarmadas al avistar la flota, se lanzaron al monte armadas con cuchillos y horcas, temiendo que se tratase de una invasión enemiga.

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