28 may. 2015

LA MUERTE DE FELIPE EL HERMOSO

En Castilla quedaba Felipe dueño del poder. Los temores que ya se habían manifestado en vida de Isabel la Católica comenzaron a hacerse realidad. Felipe quiso que Juana fuese recluida y apartada completamente del gobierno. A punto estuvo de conseguirlo de no haber sido porque el almirante de Castilla se negó a poner su firma en la circular dirigida a la nobleza, hasta no haber comprobado personalmente el estado de la reina. Dos veces se entrevistó con ella y Juana dio tales muestras de buen sentido que el almirante no sólo se negó a firmar, sino que además advirtió a Felipe de los disturbios que provocaría su inhabilitación. Juana, temerosa de que la secuestrasen, se negó entrar, durante su viaje, en las fortalezas rurales, donde más podía temerse semejante maniobra. Ocasión hubo en que pasó la noche al sereno sobre su caballo, antes que entrar a pernoctar en las aldeas.
Inmediatamente comenzaron las represalias contra los que se habían destacado por su fidelidad a los Reyes Católicos. Los dirigentes del partido aritocrático y los flamencos que acompañaban a Felipe pasadon a poseer las más importantes plazas fuertes del reino, violando con el mayor descaro las más estrictas disposiciones del testamento de Isabel.
Algunos intentaron resistir, como los marqueses de Moya, castellanos de Segovia, pero tuvieron que ceder ante la fuerza. Parecía que todo iba a volver al penoso estado en que quedó Castilla a la muerte de Enrique IV, con el agravante de que en esta ocasión muchos de los desmadrados señores eran extranjeros. La opinión pública reaccionó con cierto vigor ante el giro que tomaban los acontecimientos, hasta el punto de que en algunos lugares surgieron descontentos dispuestos a luchar para librar a Juana del cautiverio en que creían que la habían puesto los extranjeros y para librar también al país de quienes no parecían traer otra intención que la de rastrillar sus rentas. El encono subió de punto a causa de un incidente que tuvo como protagonista al inquisidor de Córdoba, Diego Rodríguez Lucero.
Lucero, que con más justicia debió llamarse "Tenebrero", como escribió Pedro Mártir, fue un curioso personaje a quien los apologistas de la Inquisición no dudan en tachar de exaltado, fanático y cruel, y a quienes otros autores presentan como "la encarnación del mal" (Lea) y "verdadero homicida" (Suárez Fernández). Llevó éste su odio contra los conversos a impensables excesos, que lo revelan como un auténtico sádico. Falseó testimonios, torturó y quemó sin piedad ni freno a gentes inocentes. Su atrevimiento le llevó a procesar, incluso, a aquel buen varón que era fray Hernando de Talavera, arzobispo de Granada, por el hecho de que llevaba en sus venas unas gotas de sangre judía. Las denuncias contra Lucero llovieron sobre la corte; los motines se sucedieron acá y allá. Pero cuando el rey intervino y ordenó la destitución y procesamiento de Lucero, se interpretó aquel gesto de autoridad, justo por otra parte, como un ataque de los extranjeros a una intitución tan popular en el país como era la Inquisición.
El partido popular, cuyo influjo en aquel movimiento de protesta no es fácil excluir, se ganaba así la adhesión de aquellos sectores que, por su aversión al criptojudaísmo, simpatizaban con la Inquisición. En consecuencia hay que aceptar el hecho de que la facción nobiliaria y el partido flamenco, con el rey al frente, no poseían suficiente autoridad moral.
No sabemos hasta dónde se habría llegado en esta escalada nacionalista, pues un acontecimiento imprevisto lo cambió todo de la noche a la mañana.
Corría el mes de septiembre de 1506. Los reyes habían acudido a Burgos a presidir las fiestas organizadas por don Juan Manuel, con motivo de su toma de posesión del castillo de la ciudad. Los reyes se aposentaron en la conocida Casa del Cordón. Durante algunos días el rey se ejercitó en la caza, la equitación, el juego de pelota y otros deportes. Comió y bebió desmesuradamente, a la usanza flamenca, y se engolfó en aventuras galantes (todo hay que decirlo ya de paso). Un día, después de haberse acalorado tras una partida de frontón, bebió destempladamente agua fría. Los médicos creyeron que había cogido un simple enfriamiento del que se repondría en pocos días. Pero la fiebre no remitió, y el 25 de noviembre Felipe el Hermoso pasó a mejor vida, cuando sólo contaba con 28 años de edad.
Según la costumbre flamenca, se le practicó la autopsia. Sus vísceras, puestas en un ánfora de barro, fueron depositadas en la Cartuja de Miraflores (Burgos); su corazón fue enviado a Flandes, y el resto del cuerpo fue embalsamado. Los físicos y galenos que lo examinaron no pudieron apreciar signo de envenenamiento. Sin embargo, la voz se propaló y se culpó a Fernando de haber tenido parte en la muerte de su yerno. Motivos no le faltaban, aparte de que él resultaba más que favorecido por su desaparición. Pero es éste un punto sobre el que no se pueden hacer más que suposiciones más o menos discutibles. De todos modos, Fernando no necesitaba el veneno para conseguir sus fines antes o después.
Cuando la muerte de Felipe el Hermoso hizo que todos los ojos se volvieran de nuevo hacia Fernando, ya hacía algún tiempo que el aragonés se había embarcado rumbo a Nápoles para poner en orden los asuntos de aquel reino y consolidar su amenazada autoridad en sus posesiones en Italia.

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