14 abr. 2015

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA (I)

Tres naves formaban la expedición. El almirante embarcó en la nao, construida en algún astillero del norte, por lo que se la conocía con el nombre de la Gallega y también con el de Marigalante, si bien su nombre oficial era el de Santa María. Como maestre iba el propietario del barco, Juan de la Cosa, experto cartógrafo. La Pinta, que era la nave capitana porque era la más veloz de las tres, era una carabela. Parece que sus propietarios, Gómez Rascón y Cristóbal Quintero, se resistían a cederla. Cuando no les quedó otro remedio también ellos se embarcaron, aunque a regañadientes. En ella iba de capitán Martón Alonso Pinzón. La Niña, a pesar de ser carabela, tenía aparejo latino, es decir, de velas triangulares, y no tenía cofa. Sus propietarios eran los Niños. Su capitán, Vicente Yáñez Pinzón, y su maestre, Juan Niño. El resto de los embarcados complataban el número de 105 hombres procedentes de distintas regiones de España. Llevaban un cirujano, el maestre Juan Sánchez; un médico, el maestre Alonso, y un boticario, el maestre Diego. En representación de los reyes se embarcaronn el escribano Rodrigo de Escobedo, el veedor Rodrigo Sánchez de Segovia y el repostero de estrados Pedro Gutiérrez. Un primo de Beatriz Enríquez de Arana, llamado Diego de Arana, iba en calidad de alguacil. También iba un tonelero, un sastre y un intérprete, el converso Luis de Torres, experto en caldeo, hebreo y árabe, pues el almirante estaba seguro de que sus servicios les serían necesarios para entrevistarse con el famoso Khan.
La nao iba artillada con cuatro lombardas. Las carabelas, con lombardas pequeñas y falconetes. Además llevaban muchas armas portátiles, blancas y de fuego, con municiones suficientes para estas últimas.
A los tres días de navegación, el timón de la Pinta se verió. Hubo quien pensó que se trataba de una artimaña de los propietarios, empeñados en boicotear la expedición. Pero lo arreglaron provisionalmente y así pudieron llegar al puerto de Gando, en Las Palmas de Gran Canaria. Arrglaron el timón, cambiaron las velas latinas de la Niña por otras rectangulares, más aptas para la navegación oceánica, e hicieron acopio de todas las provisiones necesarias. El 6 de septiembre reemprendieron el viaje hacia el oeste, perseguidos de cerca por unas naves portuguesas que pretendían estorbar la empresa.
Durante los treinta y siete días que siguieron, los incidentes se sucedieron, tal y como los narró Colón en su Diario de a bordo. El almirante se percató de que se había quedado corto en sus cálculos y que la distancia, según habían dictaminado los expertos de la comisión real, era mayor de lo previsto. Sin embargo, para evitar que cundiera el desaliento entre la marinería no divulgó sus observaciones. Pero conforme pasaban los días era más difícil sosegar a los impacientes. El 15 de septiembre vieron caer al mar lo que posiblemente era un bólido o un meteorito. Después de ese día, la temperatura se hizo deliciosa, el mar permanecía en calma y el viento soplaba constantemente de popa.
La inquietud subió de punto al llegar a un lugar donde el mar estaba cubierto de hierbas y algas marinas. Era el Mar de los Sargazos, enorme área de 4 millones de kilómetros cuadrados donde la corriente del golfo remansa las plantas marinas que arrastra. Al principio creyeron que quedarían apresados en aquella trampa vegetal, pero se tranquilizaron al ver que el viento, que no cesaba de soplar, empujaba fácilmente las naves a través de las algas.
Entonces les atemorizó, precisamente, la constancia del viento, pues pensaban que nunca podrían regresar si éste soplaba siempre del nordeste. Como sabemos, se trataba de los vientos alisios, producidos por el movimiento de rotación terrestre, que en el hemisferio norte soplan continuamente de nordeste a sudeste. Así pues la acción conjunta de estos vientos y de la corriente del golfo empujaban inexorablemente hacia el oeste a las naves de Colón.
Estas circunstancias provocaron el descontento de la tripulación. Las versiones que poseemos del incidente son varias y de ellas no podemos deducir haste qué extremo llegaron las protestas. No parece que la gente de Colón provocara un verdadero motín, pues sabían que semejante conducta contra el representante de los reyes podía acarrearles un serio castigo. El hecho es que los ánimos se calmaron cuando el 22 de septiembre se levantó un viento contrario, con lo que las esperanzas de volver se restablecieron. Colón, además, pensando que no tardarían en hallar tierra, recordó que los reyes habían prometido una pensión vitalicia de diez mil maravedis al primero que avistase tierra, y él mismo prometió, como premio personal, un jubón de terciopelo. Al parecer, también los Pinzones estaban dispuestos a calmar los ánimos, pero de forma mucho más expeditiva:

"Señor -contaría años después un testigo de la conversación qeu mantuvo Martín Alonso Pinzón con el almirante- ahorque a media docena de ellos y échelos a la amr, y si no se atreve, yo y mis hermanos lo haremos; que armada que salió con mandato de tan altos príncipes, no ha de volver atrás sin buenas nuevas".

Día tras día aumentaban los indicios de que se acercaban a tierra. Cada nave pujaba por ser la primera en dar la señal del descubrimiento. La noche del 11 de octubre el almirante vio una luz en la lejanía y llamó a los otros, que también la vieron. A ls dos de la madrugada del día 12 de octubre, viernes, Francisco Rodríguez Bermejo, conocido también como Rodrigo de Triana, dio el tan esperado grito de "tierra a la vista". Su barco, la Pinta, que navegaba adelantado por ser el más velero, disparó el cañonazo convenido. A unas dos leguas de distancia se veía "una cabeza blanca de arena"

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