25 mar. 2015

LA CONQUISTA DE GRANADA (I)

Cuando los Reyes Católicos se aprestan a comenzar las operaciones militares contra el Estado nazarí, las técnicas de combate de que se dispone se asemejan bastante a las utilizadas dos siglos atrás. La unidad básica de combate es la lanza, constituída por un hombre pesadamente armado y acompañado por un grupo de tres a cinco hombres. La lanza castellana sólo la integra un hombre, a lo sumo acompañado por un paje. El jinete castellano, a diferencia del hombre de armas, va ligeramente equipado; su forma de combatir semeja bastante a la de los granadinos.
La infantería se agrupa en milicias, derivación de las concejiles. Es el instrumento imprescindible para operaciones auxiliares y talas. La utilización por ellas de armas de fuego portátiles constituirá una auténtica revolución en las técnicas militares. La artillería había sido ya empleada en el cerco de Algeciras por Alfonso XI y frente a Antequera por el infante don Fernando. Bajo los Reyes Católicos se perfeccionará, dado que constituía un elemento imprescindible para abatir ciudades amuralladas. La utilización profusa de lombardas irá acompañada de la introducción de técnicos extranjeros, quienes contribuirán a perfeccionar su eficacia.
La heterogeneidad de las fuerzas castellanas en la frontera era notoria. Se puede decir que la artillería era la única arma dependiente de forma íntegra de la Corona. A las fuerzas tradicionales de los municipios o de los nobles se fueron uniendo otras que los monarcas reclutaron a través de la Hermandad. Sobre este abigarrado conjunto, con grandes resabios medievales, los Reyes Católicos y sus más directos colaboradores militares irán creando las primeras células de un ejército permanente, dependiente directamente de la Corona.
Una vez movilizadas las fuerzas necesarias, se procede a la distribución en batallas para el momento de las marchas, y en reales o campamentos a la hora de poner cerco a una plaza fuerte. El alarde o revista periódica tambiérn era un elemento imprescindible, más aún tratándose de una larga campaña, en la que las deserciones podían ser numerosas.
La financiación de las operaciones militares siempre es costosa, más aún tratándose no de operaciones aisladas sino de una guerra abierta.
Los subsidios más importantes habían de ser otorgados por las Cortes. Dado que éstas apenas se reúnen durante los once años de campaña, son las Juntas de Hermandad quienes arbitran los subsidios. El clero aporta también su esfuerzo económico a la guerra desde el momento en que el pontificado da a las operaciones militares la categoría de Cruzada. Los empréstitos o juros y el botín del territorio conquistado son dos bazas importantes a la hora de financiar la campaña.
Hay que tener en cuenta, por último, que la circunstancia de que las operaciones militares se alargasen durante más de dos lustros constituyó un factor muy negativo en la economía castellana. Desde 1487 las fuerzas en pie de guerra son demasiado numerosas como para que la agricultura no se resienta por la falta de brazos y, consiguientemente, los precios no experimenten una sensible alza. El problema del pago de las soldadas -no siempre a cargo de los monarcas- y el del desabastecimiento de las fuerzas empeñadas en la guerra -a veces muy deficiente- fueron signos a través de los cuales se mostraron las múltiples deficiencias de un sistema militar aún en transformación.

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