6 dic. 2014

LAS VÍSPERAS SICILIANAS (II)

Un acontecimiento, la muerte de Nicolás II y la elección del francés Martín IV, modificó estas circunstancias favorables para Pedro III, echándole a la cuestión siciliana sus primeros tintes dramáticos. También atizaban el fuego el rey Felipe III y Carlos de Salerno, heredero del duque de Anjou, apoyando a Jaime de Mallorca contra su hermano aragonés.
Los preparativos se aceleraron y Pedro III fingio que la armada se iba a dirigir contra Túnez, para lo cual solicitó al Papa los privilegios de cruzada. Naturalmente, le fueron denegados por el receloso Pontífice, que apoyaba descaradamente la causa argevina. Cuando iban a hacerse a la vela, sin que nadie más que el rey conociera el verdadero sentido de la expedición, llegó la noticia de que el 31 de marzo de 1282 había tenido lugar en Sicilia una rebelión antifrancesa, seguida de la masacre de un gran número de súbditos y partidarios de Carlos de Anjou.
Bajo la dirección de Pedro Marquet se había concentrado una potente flota de más de cien buques. Había una expectación internacional acerca del verdadero fin al que se destinaba. Nadie obtuvo una sola palabra del rey aragonés. El 6 de junio de 1282 se hizo a la mar desde el puerto de Portfagós. Se ha dicho que, previendo la excomunión papal y la concesión de sus reinos a otro monarca, Pedro III había hecho donacón de ellos a su hijo Alfonso antes de partir. Pero esa donación sólo tuvo lugar posteriormente. Entonces únicamente hizo testamento en la forma acostumbrada. Para dar mayores visos de veracidad a la apariencia de cruzada africana, la flota, cuyos capitanes habían partido con instrucciones secretas convenientemente selladas, fue encaminada de Baleares a Túnez, deteniéndose en Bujía y Bona y haciendo algunas cabalgadas hacia el interior. Seguramente tampoco era ajeno a la intención del rey aragonés el deseo de conseguir una base africana cerca de Constantina.
Desde el norte de África, la armada puso al fin rumbo a Sicilia. Tras la matanza de las Vísperas, una comisión de sicilianos había acudido a ofrecer a Pedro III la corona. Éste desembarcó en Trápani, encaminándose por tierra hacia Palermo, donde fue coronado y jurado por el rey de Sicilia. De allí marchó a Messina, que estaba sitiada por Carlos de Anjou, al que obligó a retirarse. La flota argevina sufrió en Nicotera una fuerte derrota que permitió a Pedro III establecer posiciones en Reggio y Seminarca. Comenzaba una fase de luchas que supondría la incorporación a la Corona de Aragón de esta isla y las de Malta, Gozzo y Gerba. Tras la batalla de Malta en 1283, la derrota de los franceses en Sicilia animó a los habitantes de Calabria y Puglia, en la península italiana, que se levantaron en armas y llamaron en su auxilio al rey de Aragón. Tanto el Papa como Carlos de Anjou intentaron contenerlo, poniendo en juego todos sus recursos. El primero lo excomulgó el 2 de noviembre de 1282. El rey de Nápoles procuró apartarlo del campo de batalla apelando a sus sentimientos caballerescor, para lo cual le envió su desafío, acusándolo de traidor y desleal y retándolo para que defendira su honor sobre el palenque.
La inopinada y corajuda reacción del monarca aragonés iba a dar lugar a uno de los episodios novelescos más sorprendentes de la Edad Media. Aceptó el reto y se convino que éste se celebraría en campo neutral, para lo cual se designó la ciudad de Burdeos, que estaba bajo soberanía inglesa. En ella debían comparecer ambos reyes, acompañados de cien caballeros cada uno, el día primero de junio de 1283. Mientras se realizaban los preparativos, Pedro III hacía pasar a Sicilia a su esposa Constanza, a la que puso al frente del gobierno del reino, para el que señaló como sucesor a su segundo hijo, Jaime, otorgándo diversos cargos importantes a los príncipes colaboradores. Roger de Lauria venía desempeñando ya de almirante. Entretanto, la celebración del duelo en Burdeos se complicaba. Eduardo I, presionado por el Papa y a fin de evitar el enfrentamiento de los dos reyes, traspasó a Francia la potestad sobre Burdeos, de forma que ésta dejaba de ser una plaza neutral. Tampoco Navarra concedía los salvocondutos necesarios para cruzar por su tierra. El rey de Francia, Felipe III, tomó posiciones cerca de aquella ciudad con su ejército, mientras Carlos de Anjou se paseaba por ella alegre y desafiante. Era una trampa segura para apoderarse de Pedro III, si tenía la osadía de acercarse a Burdeos. De no hacerlo, como todos opinaban, su honor quedaría en entredicho.
Pero el rey de Aragón se dio maña para no caer ni en lo uno ni en lo otro. Desde Tarazona, disfrazado de mercader y acompañado tan sólo de tres caballeros, uno aragonés, otro catalán y el tercero siciliano, atravesó las montañas pirenaicas, guiado por un comerciante de caballos. Llegó a Burdeos y avisó al senescal de la ciudad, Juan de Agnilly, de que venía dispuesto a llevar a cabo el combate. Pero el senescal hubo de confesarle que no estaba en condiciones de garantizarle la neutralidad del campo, a causa de la ocupación francesa de la ciudad. El rey entonces levantó acta de su comparecencia y regresó con ella al galope por Fuenterrabía y Navarra a sus reinos, antes de poder ser alcanzado. Esta gesta, que pudo haberle costado muy cara, contribuyó a aureolar su figura, aumentando su prestigio en Occidente, e incluso la propia confianza del rey en sí mismo.
Cuando Pedro III llegó a Aragón desde Burdeos, se encontró con que el papa Martín IV le había depuesto de sus reinos y se dedicaba a ofrecerlos a otro hijo del rey de Francia, Carlos de Valois, quien los aceptó y fue investido un año más tarde. El Papa le imponía las mismas condiciones de vasallaje y el pago del mismo censo anual que Pedro II había prometido en 1204. Quería significar con ello que disponía del reino en virtud de la soberanía que le otorgaba el hecho de ser Aragón un estado feudatario de la Santa Sede. Estas medidas de Martín IV, que teóricamente suponían la destitución de Pedro III y el inmediato abandono por sus súbditos, no tuvieron más efecto inmediato que la presencia de tropas francesas en la frontera aragonesa y el aliento prestado a la nobleza y a las ciudades, cuya reacción contra el autoritarismo del rey venía ya gestándose desde su subida al trono. Ésta no obedece tanto a motivos espirituales -la excomunión del monarca, el entredicho del reino- cuanto al afán de defender sus libertades y privilegios. Más mella hacía en los aragoneses la presencia de los franceses, en colaboración con los navarros, en su territorio. Aunque estaban habituados a la guerra, era la primera vez que ésta llamaba a las puertas de sus casas. Además, les venía por una causa hacia la que el reino había mostrado el más absoluto desinterés y de la que no esperaban obtener ventaja alguna. Gran parte de los aragoneses que habían embarcado en Barcelona, regresaron a su tierra cuando Pedro III aceptó la propuesta de los sicilianos que le ofrecieron la Corona.
Cuando el rey se presentó ahora ante ellos en demanda de auxilios los aragoneses vieron llegado el momento de presentar sus reclamaciones. Las Cortes fueron convocadas en Tarazona el 10 de diciembre de 1283. A fin de defender mejor sus intereses, se creó una unión, la Unión Aragonesa, en la que formaron los nobles, las ciudades y villas. Allí estaban los hermanos bastardos del monarca y los más afamados de entre los ricoshombres aragoneses: Jimeno de Urrea el Viejo, Pedro Cornetl, A. de Alagón, Lope Ferrench de Luna, Ato de Foces, Sancho de Antillón, Gombal de Benavente... También estaban los representantes de todas las diudades y villas importantes del reino aragonés, desde Zaragoza a Calatayud, pasando por Alcañiz. Todos ellos tenían reclamaciones que hacerle al rey y toos las hicieron, primero en una lista general, que contenía puntos comunes a todos los nobles y vecinos de las ciudades y villas. Luego éstas presentaron las suyas propias. Aunque la Unión estaba encabezada y dirigida por la nobleza, no se podía dar una mayor participación de todo el reino, representando en la única forma que entonces podía estarlo. No puede considerarse, por tanto, como un último esfuerzo de la feudalidad, sino como un intento de todos por mantener su autonomía frente al autoritarismo monárquico. Por más que dentro de de esa autonomía iban muchos privilegios feudales, ninguna de las posturas del rey y de los súbditos satisfacían plenamete a la sensibilidad política del europeo actual. Mas no ppuede negarse que de ese enfrentamiento obtuvieron los aragoneses libertades y garantías constitucionales sólo superadas en la Edad Contemporánea.

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