9 ene. 2014

LA EMANCIPACIÓN DE GADIR

El esplendor de Tiro arrancó al profeta Ezequiel esta viva descripción, entre cuyas líneas podemos leer claramente cuáles eran las bases económicas de su grandeza: "Tiro, tú has dicho: "Yo soy de perfecta belleza". En el corazón de los mares están tus confines; quienes te edificaron hicieron perfecta tu hermosura; con cipreses de Senir te construyeron todas tus planchas; un cedro cogieron del Líbano para alzar en ti el mástil; de encinas de Basán hicieron tus remos; tu cubierta fabricaron de marfil de las islas Kittim; lino finísimo recamado, procedente de Egipto, era tu vela, para servirte de enseña; tu toldo era púrpura y violeta y escarlata de las islas de Elisá. Los habitantes de Sidón y Arvad eran tus remeros; los más expertos que había en tí, oh Tiro, eran tus timoneles; los ancianos de Biblos y sus peritos trabajaban en tí como carpinteros navales. Todas las naves del mar y sus marineros hallábanse en tí para cambiar tus mercaderías... Tarsis comerciaba con trigo por la abundancia de toda tu riqueza: plata, hierro, estaño y plomo daban por tus mercancías... Y así te hiciste enormemente rica y opulenta en el corazón de los mares".Sin embargo, apenas comenzado el siglo IX a. de C. aparece sobre las crestas del Líbano la amenaza de los asirios, unos pueblos afincados al norte de Mesopotamia que ya antaño habían formado poderosos reinos que cayeron en el olvido. En el 883 resurgen, no obstante, por obra y gracia de Absurnarsipal, y desde los primeros momentos, el terror invade el Oriente con la noticia de su crueldad. Su refinada crueldad y la habilidad con que hicieron del terror un arma propagandística y disuasoria fue realmente sorprendente para la época. Perforaban o cortaban los labios de sus enemigos, así como las narices, las orejas, los dedos, los órganos viriles y otras partes. Desfiguraban los rostros de los rehenes con asfalto derretido y arrancaban la piel en vivo. Para ahuyentar de sus fronteras a ladrones y enemigos, las sembraban depostes en los que ensartaban por la garganta o empalaban a cuantos habían intentado violarlas. Las poblaciones vencidas eran ejecutadas en masa o deportadas a los lugares más alejados e inhóspitos. Una poderosísima máquina bélica, muy superior a todo lo imaginado hasta entonces, apisonaba incontenible un pueblo tras otro.
Al principio los fenicios, hábiles en el arte de plegarse ante los poderosos, compraron su autonomía a cambio de tributos, cada vez más onerosos. Pero en el siglo VIII el cerco se estrechó demasiado, parte de Fenicia se convirtió en una provincia asiria y Tiro acabó perdiendo sus posesiones insulares y peninsulares.
Suponemos que en las embarcaciones comerciales llegarían noticias de la metrópoli a las colonias allí establecidas y que, cuando de repente las naves fenicias dejaron de llegar, los habitantes de Gadir y de las otras colonias, ya estaban hechas a la idea, máxime cuando a ellas no les afectaba el avance asirio sino que además se encontraban en pleno apogeo.
Dio así comienzo una etapa comercial autárquica muy provechosa y, junto con la exportación de metales a Oriente, que en adelante organizó ya por su propia cuenta, crearon en las costas peninsulares florecientes industrias, entre las que destacaron la de la púrpura y, en especial la del salazón del pescado. Las materias primas las proporcionaban los tartessios, de los que pronto hablaremos, y no les fue difícil independizarse por completo manteniendo su propia cohesión en virtud a su pasado común, mientras con Asardón (681-669) y Asurbanipal (669-626) los asirios invadieron y conquistaron Egipto y las ciudades fenicias fueron rindiéndose una tras otra mientras se incorporaban al nuevo e imparable Imperio.


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