2 dic. 2013

LA REVOLUCIÓN DE 1868 Y DON AMADEO DE SABOYA

Los iniciadores de la revolución de 1868 habían formado un plan que tal vez no tenía más alcance que obtener la abdicación de la reina Isabel II en su hijo el príncipe Alfonso, que, por entonces era menor de edad y quedaría bajo la regencia de su tío el duque de Montpensier (buena pieza), quien, según parece, había tomado parte en los trabajos preparatorios del alzamiento nacional que derroco a la reina.
Pero los sucesos desbordaron ampliamente estos fines. Los generales vencedores en el Puente de Alcolea entraron triunfantes en Madrid e inmediatamente constituyeron un gobierno provisional del que formaba parte el brigadier Topete, el poeta López Ayala, el ingeniero Mateo Sagasta, el abogado Luis Zorrilla y otros prestigiosos próceres nacionales.
Este gobierno reunió Cortes Constituyentes que estuvieron integradas por las más ilustres figuras de aquel tiempo como el progresista Olózaga, el alfonsino Cánovas del Castillo, el carlista Aparisi y Guijarro, el gran orador Emilio Castelar, los obispos Cuesta y Monescillo y el canónigo Manterola, que defendieron brillantemente la posición de la Iglesia.
Aquella memorable asamblea nombró regente de la nación al duque de la Torre, quedando en la presidencia del consejo de ministros el general Prim. Inmediatamente se formó la Constitución democrática de 1869.
La encabezaba el título referente a los "Derechos individuales" o inherentes a la personalidad humana, que consagran la libertad en todas sus manifestaciones. Y por consecuencia se estableció la de Enseñanza y la de cultos, autorizándose también el matrimonio civil y otras innovaciones concordantes con aquellos principios, como el Registro Civil.
Surgió entonces el problema de la elección de nuevo monarca.  Varios fueron los candidatos.  Por gin  se proclamó rey de España a don Amadeo de Saboya, duque de Aosta (noviembre de 1870), no sin que el partido republicano, ya con gran vitalidad, promoviera graves trastornos en varias ciudades.
Los reyes fueron objeto de un criminal atentado, cuyos autores, apostados en la calle del Arenal, en Madrid, dispararon sobre el carruaje en que iba don Amadeo con su esposa, doña María Victoria, quienes salieron milagrosamente ilesos.
Amadeo I (1871-1873) era un joven italiano de veintitrés años, culto, inteligente, homosexual y simpático, pro nunca popular entre los españoles por su condición de extranjero.  Tampoco pudo lograr a pesar de sus buenos deseos la pacificación de España.
Pero el general Prim, que había sido el más decidido defensor de la candidatura de Amadeo de Saboya, fue asesinado por unos desconocidos, y con esta muerte perdió el nuevo monarca su más firme sostén.
El martes 27 de diciembre de 1870, terminada la sesión de Cortes, el general Prim se acercó a un grupo de diputados con los que conversó.  Al despedirse preguntó al más significativo federal de los que formaban el grupo:
-¿Por qué no viene usted a Cartagena a recibir a nuestro rey?
El diputado contestó:
-Ya se le dispensará aquí un buen recibimiento, mi general.
-Procedan juiciosamente, porque yo tendré la mano dura.
-Mi general -respondió otro-, a cada puerco le llega su San Martín.
Al día siguiente por la noche , al regresar del Congreso don Juan Prim, fue detenido su carruaje en la calle del Turco, hoy Marqués de Cubas, por hombres armados, que a quemarropa dispararon sobre el héroe de la guerra de África, hiriéndole mortalmente.  Los autores del atentado nunca fueron descubiertos.
Tras el asesinato de Prim el nuevo monarca, aunque apoyado por un grupo de la antigua democracia que reconoció por jefe a don Nicolás María Rivero, comprendió en seguida que era imposible afianzar en sus sienes la corona.
Y así era, ya que contra Amadeo I agitaban sus opuestas banderas republicanos, carlistas y alfonsinos.  Mientras tanto ardía en Cuba la guerra separatista, cuyo primer grito se dio en la Yara en 1868, a poco de estallar la revolución en la Península.
Por si todo fuera poco, los elementos que apoyaban el nuevo orden de cosas en España se habían dividido, constituyendo agrupaciones contrarias bajo la respectiva dirección de Mateo Sagasta y de Ruiz Zorrilla.
Por aquel entonces el ministro de la Guerra, don Fernando Fernández de Córdoba tomó la desacertada medida de disolver el pundonoroso cuerpo de Artillería.  Y como conjuntamente a esto se produjera la indisciplina de algunas tropas y arreciara la alarmante pujanza del carismo, el caballeroso don Amadeo I se vio obligado a renunciar a la corona de España el 11 de febrero de 1873.
A continuación fue proclamada la I República de España, pero la nueva forma de gobierno se vio desde el primer día combatida, no sólo por las armas de los carlistas y las conspiraciones de los alfonsinos, sino también por las escisiones de los mismos republicanos, que consumieron sus fuerzas en derribar a sus propios gobiernos.
En efecto, en poco menos de un año que duró el régimen republicano se sucedieron cuatro presidentes: Figueras fue sustituido por Pi i Margall y éste por Salmerón, que poco después dimitía, siendo nombrado el gran orador, don Emilio Castelar, presidente del poder ejecutivo.
Castelar adoptó medidas salvadoras para conjurar  los peligros que corría la nación, tales como reorganizar el cuerpo de Artillería, establecer el servicio militar obligatorio y sin redención en metálico, etcétera.  Pero fue derrotado en el Parlamento y en la sesión del 3 de enero de 1874 presentó su dimisión.

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