10 sept. 2013

LA SUBLEVACIÓN EN LOS PAÍSES BAJOS

Felipe II nunca fue popular en los Países Bajos, pues aunque, siguiendo los consejos de su padre, intentase atraerse a los nobles, su natural frío y circunspecto y su sobriedad contrastaban notablemente con las costumbres de los nobles flamencos, que veían en la conducta del rey una reprobación muda de sus excesos.
Además, en los cuatro años que el rey permaneció en Flandes, siempre aparecía rodeado de extranjeros y no respetó sus costumbres, anulando el poder de los Estados Generales o Cortes de aquel país, donde se conocía y se hizo popular la sublevación de las Comunidades de Castilla.
Pero, principalmente, lo que contribuyó a aumentar la tensión entre los Países Bajos y Felipe II fue el propósito de arrancar en sus estados la semilla del protestantismo, esparcido durante el reinado anterior.
Para ello creó un tribunal semejante al de la Inquisición para reprimir la extensión de la herejía.  Por si fuera poco, nombró al cardenal Granvela, natural de Besanzón, capital del Franco Condado, que entonces pertenecía a España, para presidir el Consejo de Regencia del país.
La regencia se la encomendó Felipe II a su hermana, la princesa Margarita de Parma.  Ésta era hija natural de Carlos I y de una dama flamenca, llamada Margarita Van Gheenst.
Este descontento fue la causa de una sublevación de aquellos territorios apoyada por los protestantes alemanes e Inglaterra.
Dio comienzo todo con la formación de una Liga, titulada "Compromiso de Breda", a cuyo frente se pusieron los condes de Egmont y Horn y Guillermo de Nassau, príncipe de Orange.  El conde de Egmont, nacido en 1522, sirvió siempre a Carlos V y a Felipe II, en África, en Metz, en San Quintín y Gravelinas.  Sobre su muerte Goethe escribió un dram.  El conde de Horn, nacido y muerto en la misma fecha que el conde de Egmonr, también había servido a Felipe II y a su padre.
Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, a quien por su carácter reservado se le llamó "el Taciturno", nació en el año 1533, y al igual que todos los nobles flamencos, tomó parte a favor de España en sus guerras con Francia.  Fue el fundador de la República de Holanda y, puesta a precio su cabeza, fue asesinado por Baltasar Gerard.
Los tres sublevados, en vista de que el rey guardaba obstinado silencio sobre el respetuoso mensaje que le habían dirigido, exponiéndoles las quejas y deseos del país, se presentaron en abierta rebelión.
Inmediatamente, la gobernadora, que poco antes les había propuesto medidas de conciliación, les hizo frente con las armas.
Felipe II no se precipitaba jamás en la resolución de sus negocios principales, ya que la experiencia le había enseñado que muchas veces la mano del tiempo desataba por sí sola el nudo de las mayores dificultades.
De esta forma, solía decir:
-El tiempo y yo contra otros dos.
Sin embargo, en esta ocasión desdeñó la actitud de los flamencos, calificándolos de "pordioseros", nombre que ellos adoptaron más tarde convirtiéndolo en título de honor.
Así, en 1566, dieron comienzo las famosas guerras de Flandes.
Entonces el rey de España, que prefería perder sus Estados a reinar sobre los herejes, por lo cual se le llamó "El Caballero de la Fe", resolvió emplear el hierro y el fuego para terminar con la insurrección de los territorios flamencos.
Y para resolver el problema envió a los Países Bajos de gobernador y con facultades omnívodas al severo Duque de Alba, el cual creó el Tribunal de Tumultos o de la Sangre.  A los pocos días hizo decapitar a todos los que habían tomado parte en los anteriores desórdenes, sin exceptuar a los condes de Egmont y Horn, a pesar de que ya se habían separado del movimiento.
18.000 personas cayeron bajo el hacha de unos verdugos que trabajaron a destajo.  Otras 30.000 emigraron.
Por aquellos días, el duque de Alba escribía al rey:
"El día de la Ceniza se ha preso cerca de 500; a todos éstos he mandado ajusticiar.  PAra después de Pascua temo que pasarán de 800 cabezas."
Los levantados en armas le arrojaban el guante al duque de Alba, y él se lo devolvía teñido en sangre de los que simpatizaban con el movimiento.  El general español dejó tal memoria en Flandes que las mujeres de aquel país, para atemorizar o callar a los niños, les decían  "¡que viene el duque de Alba!"
Mientras tanto, Guillermo el Taciturno, como se llamaba al príncipe de Orange, se había refugiado en Alemania, reclutando allí un ejército.  Se erigió en Statouder o caudillo de los insurgentes, y la guerra se hizo con encarnizamiento y ferocidad por ambas partes siendo en ella auxiliados los protestantes por Isabel de Inglaterra, siempre enemiga de Felipe II, el esforzado paladín del Catolicismo a ultranza.

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