22 jul. 2013

HERNÁN CORTÉS CONQUISTA MÉXICO

Hasta la isla de Cuba, centro en aquel tiempo del que partían las expediciones para la exploración y conquista del continente americano, llegó la noticia de la existencia de un Imperio en el actual territorio de México, regido pro emperadores que atesoraban grandes riquezas.
Los primitivos habitantes de la zona, cuya capital era la misma de hoy, eran los Aztecas, hombres de carácter sencillo y melancólico, pero amantes de la guerra, que tuvieron una civilización bastante adelantada, como lo acreditan sus grandes construcciones, principalmente los teocalis o altísimas pirámides y su literatura, rica en manifestaciones poéticas.
Su religión era sabeísta y estaba manchada con sacrificios de víctimas humanas que el pueblo hacía a sus ídolos de los cuales se conservan muchos en el Museo Nacional de México.
Para conquistar el dilatado y rico imperio azteca, determinó Velázquez, gobernador de Cuba, enviar una expedición acaudillada por un joven capitán llamado Hernán Cortés.  Aunque, arrepentido luego de esta elección, quiso dejarla sin efecto; mas ya el previsor adalid había partido de la isla.
Hernán Cortés (1485-1547) era natural de Medellín (Extremadura). Hijo de padres acomodados, había comenzado a estudiar en Salamanca cuando, llevado de su deseo de correr aventuras, se embarcó para el Nuevo Mundo, donde pronto se dinstinguió por su bravura e inteligencia.
El audaz conquistador marchó sobre México en 1519 con una flotilla de once naves. Y para conquistar el poderoso imperio azteca contaba con unos seiscientos hombres, con algunas armas de fuego, más ruidosas que eficaces y diecisiete caballos.
Sin embargo consiguió realizar la empresa encomendada, que fue poco menos que milagrosa e inverosímil y tuvo mucho apoyo en las no pocas luchas internas de los propios aztecas y en la espectacularidad de los recién llegados.
Cortés desembarcó primero en la isla de Cozumel y ya en tierra firme tomó la ciudad de Tabasco, después de derrotar con su pequeña hueste a una gran muchedumbre de indios, que después de vencidos se hicieron amigos del conquistador.  Estos indígenas ofrecieron a Cortés, entre otros regalos, veinte doncellas, una de las cuales, cristianizada como Marina, fue muy útil a Cortés por su conocimiento de la lengua y costumbres de los indios.
Avanzó el conquistador por el litoral mexicano, donde fundó Veracruz. Mas cuando se disponía a internarse, estalló entre sus tropas una insurrección que fue prontamente sofocada.  Tuvo noticia de la conspiración por uno de los comprometidos en ella, todos los cuales habían jurado dar muerte a Cortés, firmándolo en un papel que guardaba Antonio de Villafaña, jefe de los conjurados. Entonces el valeroso y prudente conquistador, sorprendiendo a Villafaña, le hizo ejecutar en el acto, extendiendo la voz de que, al prenderle, se había tragado el papel.
De esta suerte, los que  en él habían estampado sus firmas quedaron persuadidos de que Cortés ignoraba su delito, y éste no tuvo que privarse de hombres que le eran muy necesarios.  Para evitar nuevos actos de indisciplina, el animoso conquistador tomó la resolución de quemar o echar a pique todos sus barcos, diciéndole a los soldados:
-Si no queréis morir, tendréis que seguirme.
Así lo hicieron todos, fascinados de algún modo por la conducta y valor de su jefe.  Después, penetrando en el interior del país, derrotaron a los indios de Tlaxcala que constituían un Estado independiente, y por fin dieron vista a la gran ciudad de México.
Su emperador, llamado Moctezuma, no atreviéndose a resistir, salió al encuentro de los inesperados expedicionarios. Luego instaló a Cortés como príncipe en la capital del Imperio azteca, y se declaró súbdito del monarca español.
Pero todavía tuvo que vencer Hernán Cortés terribles peligros. Habiendo salido de la ciudad para ir al encuentro de un emisario de Velázquez llamado Pánfilo de Narváez, que llevaba 1.500 hombres con orden de apresar al extremeño y llevárselo a Cuba, los mexicanos levantaron una insurrección contra la guarnición española, comandada por otro intrépido extremeño: Pedro de Alvarado, uno de los más leales lugartenientes de Cortés.
La lucha fue terrible costando la vida al emperador Moctezuma. Pero Cortés llegó a tiempo de tomar parte en el combate, pues retornaba victorioso, llevando engrosadas sus filas con la hueste de Narváez, que había fraternizado con la del audaz conquistador.  Sin embargo, los heroicos españoles que pudieron salir de la plaza, dieron el nombre de Noche Triste a la que fue testigo de tantas proezas y catástrofes, contándose entre aquéllas el célebre Salto de Alvarado para salvar un ancho canal del lago que bañaba la ciudad.
Mas no habían terminado las dificultades aún. En el valle de Otumba esperaban a los españoles 40.000 guerreros indios, que fueron derrotados a fuerza de valor y pericia.  Gran parte de la gloria de aquella memorable jornada corresponde al valeroso Sandoval, uno de los capitanes de Cortés más esclarecido por sus hazañas. Su lanza era tan certera y terrible que los indios la suponían dotada de un poder mágico que lo hacía invencible.
Con el triunfo se animó Cortés a volver contra la capital de México, que fue tomada por asalto, siendo hecho prisionero, y luego quemado vivo, Guatimocín.
Con la conquista de la ciudad quedó sometido todo el Imperio Azteca. Pero parece ser que el rey de España no dio a Cortés la recompensa a que le hacían acreedor sus merecimientos. Pronto le destituyó del mando. Y el que dio a su Patria la tierra del oro, acabó su vida oscuramente.  Se cuenta que un día, no obteniendo audiencia del emperador Carlos V, Hernán Cortés se abalanzó al estribo de su coche.
-¿Quién sois? -preguntó el propio emperador.
Y el extremeño contestó altivo y amargo:
-Soy un hombre que os ha ganado más tierras que os legaron vuestros padres y abuelos.

1 comentario:

Geppetto dijo...

Los indios nunca entendieron los lios, las reyertas sangrientas y las escaramuzas que se traian entre ellos los Teules.
Y al fin los indios conquistados fueron mucho mas leales con Cortes de lo que fueron sus paisanos y su Rey
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