1 jul. 2013

EL DURO CARÁCTER DE ISABEL LA CATÓLICA

Nadie duda de la fortaleza de carácter de la reina Católica.  Cuando don Ramón Núñez de Guzmán, llevando salvoconducto de Isabel, fue agredido a bastonazos al cruzar Valladolid, la soberana, no dudando que la agresión había partido de parte del hijo de don Fadrique, montó a caballo sin importarle la lluvia ni la tormenta, se dirigió a Simancas, donde residía el almirante don Fadrique y en la oscuridad de la noche, aldabonazos del castillo mediante, increpó al señor del lugar:
-Almirante, dadme luego a don Fadrique, vuestro hijo, para hacer justicia del porqué quebrantó mi seguro.
-Señora -contestó el almirante-, no está aquí y no sé dónde se halla.
A lo que replicó Isabel:
-Puesto que no podéis entregarme a vuestro hijo, entregadme esta fortaleza de Simancas y la de Ríoseco.
Don Fadrique padre entregó las llaves de las mencionadas fortalezas. La reina, después de una minuciosa búsqueda por el castillo, volvió a Valladolid soportando nuevamente la tormenta. Al día siguiente se encontraba enferma y no pudo levantarse de la cama. Y al ser preguntada por el médico qué síntomas advertía de su malestar, respondió:
-Mi cuerpo sufre de los golpes que el otro día don Fadrique dio a mi salvoconducto.

Al morir el cardenal Mendoza quedó vacante el arzobispado de Toledo. El rey don Fernando consideró resuelto el caso a favor de su hijo don Alfonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza. Y lo manifestó a la reina, por pura fórmula, esperando hallar una respuesta conforme con sus deseos.
-Si tú tienes tu candidato, yo tengo el mío -expuso doña Isabel-. Mejor dicho, no es mío, sino un recomendado del propio cardenal Mendoza.
-¿Y quién es el designado? -quiso saber don Fernando.
-Francisco Jiménez de Cisneros, mi confesor. Él desempeñará el arzobispado mejor que nadie. Además, los cargos no son propiedad nuestra, aunque esté en nuestra mano conferirlos. La responsabilidad que nos cabe es enorme, y no podemos dejarnos llevar de intereses familiares, que deben ceder siempre ante el bien general.
El rey nada comentó, convencido (o resignado) por el elevado razonamiento de su mujer. La reina había pedido secretamente las bulas pontificias a favor de Cisneros, sin decirle ni una palabra a su esposo. Cuando llegaron los documentos, Isabel llamó a su confesor para entregárselos.
-Reverendo padre: estas bulas envían de Roma para vos.
Cisneros leyó la dirección del pergamino enrollado: "A nuestro venerable hermano fray Francisco Jiménez de Cisneros, electo arzobispo de Toledo". Palideció y, devolviendo los documentos a la reina, exclamó rotundo:
-Señora, estas bulas no se dirigen a mí.
Y salió de la cámara regia sin ceremonia alguna.
Preciso fue que el Papa insistiera, en una nueva bula, mandándole con toda su autoridad que aceptase el cargo. Obedeciéndole, y para no incurrir en rebeldía, Cisneros fue consagrado en Tarazona de Aragón arzobispo de Toledo.

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