17 jul. 2013

CARLOS V FRENTE AL PROTESTANTISMO

Mientras la lucha proseguía contra Francia, Carlos V sostenía otras guerras en Alemania contra los protestantes, a los que derrotó, tras contemporizar primero con ellos algún tiempo, en la batalla de Möhlberg, ganada por el ínclito duque de Alba el día 24 de abril de 1547.
Fue fama muy extendida entonces entre católicos que en la citada batalla se repitió el prodigio de pararse el sol obrado por Dios a ruego de Josué en Jericó. Y habiéndole preguntado en cierta ocasión el rey de Francia al duque de Alba sobre el fundamento de tan divulgado episodio, le contestó:
-Aquel día estuve yo tan ocupado en las cosas de la tierra que no tuve tiempo de mirar al cielo.
Para librar la batalla de Möhlberg los españoles tuvieron que vadear el Elba, haciendo prodigios de valor. Y el emperador Carlos V, que también se batió en la batalla, dio cuenta de la victoriosa jornada parodiando a César: "Llegué, vi y Dios ha vencido".
A fuer de monarca español, Carlos V se erigió en paladín de la fe católica y resolvió ahogar en su origen el cisma protestante. En la dieta de Worms, Martín Lutero, pálido, macilento y descompuesto el semblante por la fiebre que padecía, se presentó ante el emperador don Carlos, quien al verle, dirigiéndose al cortesano que estaba a su lado le comentó en voz baja:
-Nunca ese hombre me haría a mí hereje.
Tiempo después, visitando Carlos V el sepulcro de Lutero, se dice que el duque de Alba y algunos otros magnates aconsejaban al emperador que hiciera desenterrar y reducir a cenizas su cadáver; a lo cual respondió el monarca: 
-Dejadle reposar; ya ha encontrado su juez. Yo hago la guerra a los vivos, no a los muertos.
Cuando ya parecía perdida la causa del protestantismo y esta herejía estaba ya condenada por el Concilio de Trento (1545-1563-1564), la traición de Mauricio de Sajonia, príncipe alemán que militaba en las filas del emperador, puso a éste en la necesidad de suscribir el tratado de Passau, confirmado luego por la Paz de Augsburgo (1555), en virtud de la cual se reconoció a los protestantes la libertad de conciencia y los mismos derechos políticos que a los católicos.
Justo es reconocer que en las tareas del Concilio de Trento brillaron más que ningunos otros los teólogos españoles, sobresaliendo Laínez, Soto y Salmerón, y distinguiéndose por su carácter independiente y austero.

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