7 mar. 2013

LA GUARDIA DE LOS MONTEROS DE ESPINOSA

A Garci Fernández sucedió Sancho García (995-1022), que concurrió a la batalla de Calatañazor y creó la guardia de los monteros de Espinosa.
La instituyó en el año 1013, concediendo a su mayordomo Sancho Peláez, natural de la villa de Espinosa, que él y los demás vecinos de dicho pueblo guardasen de noche la persona del conde.
Esta institución la conservaron después los reyes de astilla, fijándose en 12 el número de estos guardias, y sus horas de servicio desde las ocho de la noche a igual hora de la mañana siguiente, teniendo por esto grandes privilegios y honores, que fueron definitivamente confirmados luego por Felipe II.
Las gracias y mercedes otorgadas por Sancho García a su mayordomo fueron en recompensa de haber este fiel escudero salvado la vida al conde, a quien, según la leyenda, trataba de dar muerte su propia madre, doña Sancha, instigada por Almanzor, de quien se había ciegamente enamorado dicha señora, cuando el caudillo musulmán, amigo entonces del Rey de Castilla, fue su huésped en Burgos.
Consistía el complot en envenenar a Don Sancho durante la celebración de un festín. A este ilustre conde, popularizado por Zorrilla en su hermoso drama "Sancho García", se le denomina "Sancho el de los buenos fueros", porque dio a los nobles mas nobleza, y a los bajos amenguóles la servidumbre".
Su hijo García o Garci-Sánchez (1022-1028) fue asesinado por los velas en León, cuando iba a casarse con una hermana de Bermudo III, como ya se dijo.  A su muerte heredó el condado su hermana doña Elvira o doña Mayor, casada con Sancho III de Navarra, quien lo transmitió ya con el título de reino a su hijo Fernando.
El primer acto político de Fernando I (1037-1065) fue reunir el Concilio de Coyanza (hoy Valencia de don Juan), donde confirmó los buenos fueros otorgados por sus predecesores.
Luego se vio obligado a sostener una guerra contra su hermano mayor, García de Navarra, que pretendía reunir bajo su cetro los Estados de su padre.  Pero habiendo rechazado las negociaciones de paz que se entablaron, y en las que intervino como amigable componedor Santo Domingo de Silos, se dio la batalla de Atapuerca (Burgos), pereciendo en ella el temerario rey navarro.
La tradición afirma que el monarca navarro murió a manos de un esposo ofendido, llamado Sancho Fortuna.
Por estas fechas, los monjes españoles ejercieron una misión verdaderamente humanitaria y civilizadora, ya mediando entre los príncipes cristianos, para evitar discordias y dirimir conflictos, como en el caso de Fernando I con su hermano García y con su cuñado, el rey de León.
También la ejercían libertando con la influencia de sus plegarias y la de sus nombres a los cautivos cristianos, como Santo Domingo de la Calzada; ya haciendo puentes y caminos, como San Juan de Ortega; ya desbrozando tierras y creando en sus conventos granjas agrícolas bajo la divisa de "Cruce et aratro"; ya, en fin, cultivando las letras y las artes de la paz en una edad de guerra.
Fernando I fue un rey valeroso y magnánimo.  No quiso apoderarse del reino de Navarra, y prosiguió con toda la fuerza de sus armas la Reconquista por la antigua Lusitania y por el centro peninsular, haciendo tributario al rey moro de Toledo, y llegando en sus correrías hasta el reino de Valencia.
El rey de Toledo era Alimenón o Alamamúm, quien, utilizando la buena amistad en que quedó con el rey de Castilla, Fernando I, envió a la corte de este reino a una hija suya para que tomara, por indicación e los médicos, unas aguas salutíferas que había cerca de Burgos.
Aquella hermosa joven no volvió más a tierra de moros, pues se hizo cristiana, escogiendo para su vivienda un cerro inmediato a los baños, donde luego se erigió una ermita en la que fue enclaustrada.  Hoy se venera en los altares a la hija de Almamúm con el nombre de Santa Casilda, la cual, aunque educada en el islam, reveló desde muy niña sentimientos cristianos, pues bajaba secretamente a los calabozos donde gemían los cautivos cristianos de su padre, para llevarles consuelo y alimento.  Obviamente, estamos ante otra leyenda.

En una de las correrías que Fernando I hizo por Andalucía, obtuvo del rey moro de Sevilla que le entregase los restos de San Isidoro, los cuales fueron llevados a León y se veneran desde entonces en la iglesia puesta bajo la advocación de dicho santo.  A la misma iglesia regaló Fernando I un precioso crucifijo de marfil, que hoy se conserva en el Museo Arqueológico Nacional, y presenta a Cristo sujeto al santo madero, no por tres, sino por cuatro clavos.

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