11 mar. 2013

EL JURAMENTO DE SANTA GADEA

Sancho II no tuvo hijos. Al morir asesinado, sin pérdida de tiempo, doña Urraca envió a Toledo la sensacional nueva, y Alfonso abandonó seguidamente la corte  de Al-Mamún.  Sus antiguos súbditos le aclamaron en León; pero habiendo marchado luego a Burgos, para que se le proclamase también rey de Castilla, sospechando los nobles que había sido instigador de la muerte de su hermano, le exigieron que jurase no haber tomado parte en ella, como así lo hizo, según la tradición, en manos del Cid como representante del sentir de Castilla y en la pequeña iglesia de Santa Gadea o Santa Águeda.
Algo antes de esta ceremonia se había ya verificado un juicio de Dios o duelo entre el valiente castellano Diego Ordóñez y los cinco hijos del leonés Arias Gonzalo en representación de Zamora; pero la cuestión quedó indecisa.
El Silense, que es contemporáneo, no hace mención de la jura de Santa Gadea, antes por el contrario, da a entender que los castellanos no opusieron dificultad alguna para el reconocimiento de Alfonso VI.  Sin embargo, ¿por qué era tan tirante la posición del Cid respecto a Alfonso VI?  Sencillamente porque le había combatido en Llantada y Carrión, había combatido a su hermana Urraca y a sus amigos cercados en Zamora, y por fin había osado pedirle juramento en Santa Gadea.  No le sorprendió, pues, nada que el rey Alfonso VI (1072-1109) le quitase el cargo de alférez y nombrara a don Pedro Ansúrez para que ocupara en la corte el puesto de confianza que antes había ocupado él con don Sancho II.
El monarca, astutamente, no rompió de momento con el héroe castellano.  En 1074 concertó el matrimonio de Rodrigo con doña Jimena, sobrina de Alfonso VI.  E incluso existe un documento de 1075 en el que llamaba al Cid vasallo fidelísimo.
Cabe pensar que todo esto lo realizaba Alfonso VI por ganarse a Castilla y no para demostrar que estimaba a don Rodrigo.  Luego sería torpe, ingrato e incomprensivo.  El rey Alfonso VI jamás llegaría a comprender la grandeza y fidelidad del Cid.
entretanto, Don García, refugiado en Sevilla desde que su hermano Sancho le arrebatara la corona de Galicia, quiso al morir éste volver a posesionarse de ella; pro su hermano Alfonso le encerró en una prisión, donde acabó sus días.
Inmediatamente se decidió Alfonso VI a emprender la conquista de Toledo.  Y a pesar de que la situación de esta ciudad la hacía inexpugnable en aquellos tiempos de arma blanca, el nuevo rey de Castilla, que conocía aquella plaza por haber residido en ella largo tiempo acogido a la generosidad del monarca musulmán, arrasó los castillos avanzados que la defendían y devastó sus campos para privarla de víveres, rindiéndola así por hambre.
Hay una leyenda que cuenta a este respecto que estando un día Alfonso VI con el rey de Toledo en el castillo de Brihuega, oyó, fingiéndose dormido, la plática que un caudillo moro tenía con el monarca, explicándole cómo y por dónde podía tomarse más fácilmente la ciudad del Tajo.  Y que el musulmán, para asegurarse de que el príncipe cristiano estaba dormido, hizo verter plomo derretido sobre su mano, que le quedó horadada.  De aquí el sobrenombre de Alfonso VI "el de la mano horadada".  Pero dice el padre Mariana que le llamaron así en realidad por su franqueza y libertad extraordinarias.  Los romances populares afirman:

"El rey don Alfonso el Bravo
aquel que, con gran denuedo,
al foradar de la mano
tuvo siempre el brazo quedo."

Aún existe dicho castillo, que lleva el nombre de Piedra Bermeja, y desde cuyas ventanas vio la hermosa Elima, hija de Al Mamún y de una esclava cristiana, la imagen de la Virgen alzándose entre divinos resplandores sobre la roca que sirve de base al castillo.
Refiérese también que en un de los asaltos dados al castillo de Madrid, distinguióse un soldado cristiano, llamado Álvarez, que escaló el muro con auxilio de su daga, metiéndola en las junturas de los sillares.  Tanto los cristianos como los moros, testigos de esta hazaña, dijeron que aquel soldado de Alfonso VI más bien parecía gato que hombre.  Por lo cual comenzaron a llamarle Álvarez Gato.  Y como éste fue uno de los primeros mayorazgos de Madrid, se designó con el nombre de "Gatos" a todos los naturales de la entonces humilde villa, que luego habría de ser Corte y capital de España.
Podrá comprobar el lector que no faltan leyendas románticas para engrandecer y decorar determinados episodios de la Reconquista.

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