6 dic. 2012

LEYENDAS SOBRE TARTESSOS Y LLEGADA DE LOS FENICIOS

Al sur de España,  a ciento veinte kilómetros al noroeste de Gibraltar, un río desemboca en el Atlántico. Los árabes lo llamarían Wad al-Kebir, es decir, "el gran río". De ahí deriva el nombre de Guadalquivir; los antiguos lo denominaban Betis.
Cerca de las Marismas que hay al sur de Sevilla, sobre una isla del río, se elevaba hace unos 2500 años una ciudad rica y floreciente que, se presupone verosímilmente, fue fundada en la época neolítica.  Mucho se ha especulado con que esta ciudad fuese la legendaria Tartessos.
Los barcos que venían del Mediterráneo cruzaban en un día la distancia que separaba las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), donde se encontraba Gadir, de la antedicha ciudad.  Gadir -actual Cádiz- fue fundada por los fenicios sobre una isla, y a menudo fue asociada, rival e incluso enemiga de Tartessos.
Entre Gadir y Tartessos había unas treinta millas marinas, distancia que correspondía a uno o dos días de navegación suplementaria.  Tartessos estaba situada en el fin del mundo, tal como se lo imaginaban los antiguos, y ningún barco del Mediterráneo hubiera corrido el riesgo de adentrarse en las aguas desconocidas del Atlántico (si bien hay indicios que señalan que tales hazañas se realizaron en más de una ocasión).
Se ha asegurado sin demasiado fundamento que Tartéside fue fundada en 1150 a.C., aproximadamente, por navegantes de la antigua ciudad de Tursa, la patria original de los etruscos.  Parece ser -siguiendo este razonamiento, genuino pero improbado- que Tartessos fue una colonia de los tarsos, y, por tanto, su origen sería etrusco.  Uno de los reyes más conocidos fue Argantonio, cuyo nombre provendría de "Arcnti".  En Andalucía existen aún hoy infinidad de lugares cuyos nombres podrían poseer raíces etruscas.
Sobre los reyes de Tartéside (Tarchich) se leen abundantes relatos en el Antiguo Testamento; asimismo se menciona los barcos de esta ciudad y su puerto, uno de los más importantes de entonces.
Los marinos griegos iban a Tartessos con frecuencia.  Heródoto, el padre de la Historia, escribe sobre estos viajes en estos términos: "Los focenses fueron los primeros que emprendieron largos periplos marítimos.  Surcaron el mar Adriático y descubrieron Tirsenia, Iberia y Tartessos...".
No obstante ser muchos los datos que se poseen, los arqueólogos e investigadores de hoy en día todavía se hacen muchas preguntas sin ponerse de acuerdo.  ¿Fue Tartessos la legendaria Atlántida mencionada por Platón? ¿Estuvo, en realidad, la ciudad de Tartessos situada en la desembocadura del Guadalquivir? ¿Fue Tartéside lo que hoy conocemos como Sevilla?
Lo que sí se sabe es que, en cierto momento, la ciudad empezó a declinar.  Desde la ruina del poderío de Tiro, los cartagineses, temibles competidores comerciales de los ricos y prósperos tartesios, intentaron arruinar su comercio, hasta que acabaron por destruir la rica y legendaria ciudad.  Se desconoce la fecha exacta de su desaparición.  Probablemente sería en los albores del siglo V a.C. cuando Tartessos, tercera ciudad comercial del universo antiguo, sucumbió víctima del bloqueo establecido por los cartagineses y venida por un adversario que poseía una superioridad militar aplastante.  Lo cierto es que poco después de ser borrada de los mapas comerciales, un velo de silencio envolvió el recuerdo de Tartessos.
Al parecer, hacia el año 1000 a. C., los fencios, después de haber logrado un gran esplendor, aprovechándose de la decadencia de Egipto, pusieron sus naves rumbo al occidente mediterráneo y arribaron a la Península Ibérica.  En ella fundaron la floreciente colonia de Gadir y construyeron en ella un templo dedicado a Melkart (Hércules).  Para facilitar su comercio, los fenicios fundaron factorías o "colonias" en las costas de los países que frecuentaban.  En España, además de Gadir, fundaron Sexi (Almuñécar), Malaka (Málaga), Abdera (Adra), Carteia (Algeciras), Ebesus (Ibiza), etc...
Algunas de estas colonias, principalmente Gadir, se encontraron enfrentadas comercialmente con Tartessos, como ya hemos dicho, cuyo comercio se aprovechaba de la decadencia de Tiro, capital de los fenicios en Oriente.  Los fenicios, en sus viajes, comerciaban con los más diversos productos, cambiando a los indígenas de las tierras que visitaban las riquezas naturales de los mismos por mercancías manufacturadas propias.
La plata, el cobre y la púrpura de España, el estaño de las islas Casitérides, los mármoles, la cerámica, el cobre de Grecia, los tapices de Mesopotamia, los perfumes de Arabia, todo era comprado, transportado y vendido por los fenicios, que, además, traficaban con esclavos.
Durante algún tiempo los fenicios comerciaron activamente con los pueblos hispánicos del interior y éstos, sin duda, supieron aprovecharse de las enseñanzas de aquéllos en los cultivos, en la técnica metalúrgica y en la artesanía en general.  Es posible, además, que los primeros pueblos hispánicos aprendieran de los fenicios la escritura.
Téngase en cuenta que los fenicios realizaron el papel de transmisores de la cultura del Próximo Oriente por el extenso ámbito del Mediterráneo.  Verdad es que las colonias fueron explotadas para su provecho, y que muchas veces los indígenas fueron explotados o vendidos como esclavos.  Pero también es cierto que su legado resultó trascendental a este lado del Mediterráneo.  Posiblemente la aportación más decisiva que los fenicios hicieron a la Humanidad sea el alfabeto, compuesto de veintidós signos y que lo propagaron a Chipre, Grecia, Italia y España.

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