9 feb. 2016

EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES (II)

La irrupción del conde-duque en el valimiento fue saludada entusiásticamente por el pueblo. Una nueva generacion comaba las riendas del poder, una generación joven, llena de promesas. El rey no tenía más que dieciséis años y el valido andaba por los treinta y cinco. En el desierto panorama de la conciencia española estallaba repentinamente un chispazo de entusiasmo; se proclamaban a voz en grito las más radicales reformas; una nueva frontera parecía ofrecerse a los españoles al son de la trompeta oficial. Baste como muestra de la acogida que merecieron los comienzos de aquel gobierno las palabras que escribió un caballero de la corte a un amigo suyo:
"Gloriosa corre la feicidad en el gobierno desta dichosa Monarquía; siglo de oro es para España el reinado del rey, nuestro señor, Felipe IV, prometiendo tan felices principios prósperos fines. Guárdonesle Dios sin límite para que perpetuamente la prudencia, la paz y justicia se den las manos".
Olivares comenzó con una trepidante campaña contra la corrupción y el nepotismo que habían mancillado el reinado anterior. Los duques de Lerma y de Uceda fueron procesados. El de Lerma, a quien se acusó de haberse apropiado indebidamente de una fortuna valorada en 44 millones de ducados, fue desterrado y multado. El cardenalato le libró de mayor castigo. El de Uceda, desterrado primero, fue apresado, procesado, vuelto a desterrar y encerrdo de nuevo en Alcalá de Henares, donde murió en 1624. El duque de Osuna también fue encarcelado, así como sus criados y amigos, entre ellos Quevedo, que fue a dar con sus huesos en las mazmorras del monaserio de San Marcos en León. Otros muchos funcionarios y paniaguados del anterior régimen corrieron una suerte parecida; pero sobre todos los castigos aplicados, ninguno fue tan duro como el infligido a a don Rodrigo Calderón. El conde-duque, deseando hacer un escarmiento definitivo que le acreditase como hombre duro y pretendiendo también atraerse las voluntades de cuantos odiaban al antiguo régimen, ordenó procesar al valido de Lerma. El 21 de octubre de 1621, después de un juicio sumarísimo, en el que Calderón fue acusado hasta del crimen de hechicería, la pena capital se cumplió. Pero contra lo que esperaba conseguir Olivares, aquella ejecución, más que un triunfo propio, fue su primera derrota. El pueblo, que antes había pedido a gritos la cabeza de don Rodrigo, ahora, al verle reducido a la mayor ruina, le compadeció, le admiró y sintió respeto por aquel hombre en quien Olivares pensaba encontrar el chivo expiatorio. La dignidad con que murió don Rodrigo pasó al Refranero, en aquellos días, con esta forma: "Andas más honrado que don Rodrigo en la horca"; y en los nuestros, con esta otra: "tener más orgullo que don Rodrigo en la horca".
Para evitar que en el futuro se repitiesen casos de corrupción parecidos a los que se venían castigando, Olivares inspiró una ordenanza real por la que se mandaba a los ministros, corregidores y funcionarios de justicia presentar en el plazo de diez días un inventario de sus bienes, que permitiera contrastar después cualquier cohecho o soborno en que pudieran incurrir.
La fiebre de reformas subía días tras día. Olivares creó juntas y más juntas comisiones y subcomisiones, destinadas en principio a ejecutar las reformas y, en realidad, a confundir más y más el ya enmarañado laberinto de la administración Una Junta de Censura se encargó de proponer las reformas necesarias para hacer efectivo el programa de gobierno que Olivares presentó al rey el 28 de noviembre de 1621 y que se difundió ampliamente por todo el país, despertando las más doradas ilusiones. La junta de armadas se especializó en cuestiones relativas a la marina; la junta de presidios, en la defensa de las fronteras del Imperio español; las juntas de medios se encargaron de allegar recursos para hacer frente a las innumerables dificultades financieras; la junta de media anata, la junta del papel sellado y la junta de donativos atendieron los ingresos extraordinarios. Y, con ellas, otras muchas cuya enumeración no serviría más que para hacer participar al lector de la confusión que cayó sobe el país. Se tomaron enérgicas medidas para educir el personal de la administración, de las secretarías, del servicio de palacio...; se supimieron los gajes abusivos que llevaban consigo muchos de los cargos existentes; se revisaron las donaciones hechas por la Corona a los nobles en tiempos de Felipe III, en orden a hacer revertir a ésta los bienes que había enajenado; los "capítulos de reforma" comprendían una serie de leyes contra el lujo, una de las peores plagas de la época; se cerraron las casas de prostitución, ya que los pecados contra el sexto mandamiento eran los más extendidos y escandalosos y la causa, según se creía, de que Dios estiviera dejando de su mano a los españoles. Todas aquellas medidas y otras muchísimas tuvieron un éxito resonante a corto plazo. Como escribía el conde de Roca, "se levantaban por la mañana las gentes con hambre de orden nuevo". Algo parecido vemos en las palabras de un testigo presencial de lo ocurrido en aquellas alucinantes jornadas:
"Estrépito de cerrojos y cadenas, tropel de alguaciles, estoques y alabardas, cercando casas de próceres y ministros o llevándolos por las calles públicas en mitad del día, alternaron con las fiestas y vítores de un pueblo que saludaba el sol de un nuevo reinado". (Fernández Navarrete).
En realidad, todo aquello quedó pronto en papel mojado. Pero al conde-duque le bastaba con haber reunido en torno suyo a los españoles , con saberse dotado del poder de convocatoria suficiente para llevar a cabo sus proyectos de política exterior.

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